La Novia Negociada para el magnate (Multimillonarios Turcos nº 4) Capítulo 60
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Capítulo 60

La puerta de la habitación se abre y comienzo a llorar cuando veo que es Qasim.

Nuestras miradas se encuentran y, en un segundo, todo el miedo, el dolor y la angustia que sentí cuando pensé que moriría atropellada desaparecen.

Él acaba con la distancia que nos separa y me estrecha entre sus brazos.

Escucho unos pasos que se alejan y supongo que es mi suegra, que nos deja a solas.

Sin embargo, apenas lo noto. En realidad, en este momento podríamos estar en un estadio repleto de gente y, para mí, solo existiría él. Su calor, su aroma y sus enormes brazos rodeándome.

—Tuve tanto miedo, Qasim. Nunca te dije que te amo y no te estoy pidiendo que me respondas lo mismo, pero necesito hacerte entender lo loca que estoy por ti.

—Seni seviyorum —murmura contra mi boca.

—Yo también te amo, marido. Y, antes que nada, quiero pedirte perdón por lo que mi familia le hizo a la tuya.

—Shhh. No hables de eso. El pasado no tiene nada que ver con nosotros dos, Kadri. Sana âşığım, ve bu asla değişmeyecek[21].

—Dilo otra vez. Júrame que el rencor quedó atrás. No quiero las tierras ni la mina, nos quiero a nosotros dos. En el momento en que pensé que moriría, fue tu rostro el que vi.

Me besa y siento su desesperación en la forma en que su boca se apodera de la mía. Creo que comprendo la razón. La muerte sería una separación para siempre.

La venganza, el rencor, la rabia y el odio son cosas que pueden superarse. La muerte es un punto final.

—Tú eres mi hogar, Kadri. Mi esposa y mi único amor. Voy a protegerte. Nunca volveré a permitir que te hagan daño.

—Seni seviyorum[22], Qasim.

Las lágrimas comienzan a caer como el agua de una cascada. No consigo detenerlas porque es un llanto de alegría por seguir viva, porque el dolor haya quedado atrás y porque el futuro, después de todo el miedo, finalmente parezca una promesa de felicidad.

—No quiero volver a verte en una habitación de hospital, Kadri, a menos que sea para dar a luz a nuestros herederos. Daría mi vida por la tuya con tal de no verte lastimada.

—No digas eso. Ninguno de los dos va a morir.

Se inclina y apoya la frente contra la mía.

—No pretendo morir, mujer. Viviré a tu lado y envejeceremos juntos, pero antes atraparé a quien intentó apartarte de mí, a quien se atrevió a atentar contra tu vida.

—Te amo.

—¿En qué estás pensando, Kadri? —pregunta, quizá porque nota que de pronto me he puesto triste.

—A veces creo que soy inmortal. Ya escapé de la muerte tres veces y todas ellas dejaron cicatrices que nadie puede ver, pero que son más dolorosas que las heridas visibles.

Perdí a toda mi familia. Tal vez sea una especie de amuleto que trae mala suerte.

No quiero que te ocurra nada, Qasim. ¿Será ese mi destino?

¿Perder a todos los que amo y ser la única que continúa con vida?

Me aprieta con fuerza entre sus brazos.

—No me ocurrirá nada y tú no eres un amuleto de mala suerte. Lo que sucedió con tus padres fue una desgracia del destino, Kadri. En cuanto al incendio y al intento de atropello, yo me ocuparé de eso, ángel. Lo atraparé y lo mataré.

—¿Matarlo? ¿Saben quién es el responsable? —pregunto, asustada.

—No pienses en eso.

—Dime que no fue ese enfermo de Ilgaz.

—Sí, fue él, pero no tiene dónde esconderse. Lo encontraré.

Esta vez soy yo quien lo toma del cuello de la camisa y lo atrae hacia mí para besarlo, porque necesito esa conexión que solo él puede darme. Olvidándome de dónde estamos, hago que se recueste sobre mí, aunque todavía me duele el cuerpo.

Qasim es el primero en recordar que hace apenas unas horas sobreviví a un atropello.

—Kadri, tú eres mi perdición.

—Quiero ir a casa y que me hagas el amor durante toda la noche.

—Hoy no podrás salir, mi amor. Los médicos dijeron que tendrás que permanecer en observación —explica mientras vuelve a acomodarme sobre las almohadas.

Cuando endereza nuevamente el cuerpo, noto que su respiración es agitada. Él también está afectado por los ardientes besos que acabamos de darnos.

—Hablé con tu madre —digo, tratando de cambiar el foco de la conversación, porque creo que haber escapado de la muerte una vez más ha hecho que lo desee con desesperación—. Me contó todo acerca del pasado de nuestras familias. Zehra y yo estamos bien ahora.

—Mi madre te amará, Kadri, y también amará a nuestros hijos. Tiene un buen corazón, independientemente de la guerra entre nuestros antepasados.

—¿Nuestros hijos? ¿Entonces estaremos juntos para siempre?

—Siempre lo estuvimos, esposa. Quiero casarme contigo otra vez, pero esta vez ofreciéndote todo lo que mereces.

Las lágrimas de alegría regresan.

—Ya estamos casados.

—No. Celebraremos el matrimonio según la fe musulmana.

—Pero tú eres ateo.

—Tú no. Tampoco son ateos ni mi madre ni tu abuelo.

—Sí, mi abuelo era muy religioso.

—Es muy religioso.

—¿Por qué hablaste de mi abuelo en presente?

—Espera aquí —me pide con voz seria.

—¿Por qué?

Se inclina, me besa la frente y susurra:

—Confía en mí, Kadri.

Sale de la habitación y siento que mi corazón comienza a latir con fuerza. No logro creer que pueda ser verdad, pero Qasim no es cruel conmigo. Él sabe lo que debo de estar pensando.

Pasan poco menos de dos minutos y regresa, pero no está solo.

Hay alguien a su lado.

La piel tiene una leve quemadura en uno de los lados del rostro y su cuerpo está más delgado, pero es él.

Mi Dede.

No sé si estoy en condiciones de levantarme de la cama, pero eso es precisamente lo que hago. Prácticamente salto al suelo y corro hacia los brazos de quien ha sido mi mundo desde que era una niña.

—¡Abuelo!

—¡Mi querida! —Me besa y permanecemos abrazados durante mucho tiempo.

—No puedo creer que estés vivo.

—Tenemos mucho de qué hablar, Kadri.

—Sí, tienen mucho de qué hablar. Pero ninguno de los dos puede permanecer de pie. Estuvo en coma hasta hace tres semanas, esposa.

—¿En coma?

—Sí. Él te lo contará todo.

Qasim me toma en brazos y vuelve a colocarme en la cama. Después ayuda a mi abuelo a sentarse en la silla que antes ocupaba mi suegra.

Mi marido me sostiene el rostro entre las manos.

—Los dejaré a solas, pero ¿me llamarás si no te sientes bien?

—Sí. No te preocupes.

Sale de la habitación y extiendo la mano hacia mi abuelo, entrelazando nuestros dedos cuando él la toma.

—En mi corazón sabía que no podías estar muerto. Por eso nunca quise celebrar un funeral simbólico.

—Jamás fue mi intención engañarte, hija mía. Voy a contártelo todo.

Durante un largo rato, lo escucho relatar cada detalle.

La mafia buscándolo para comprarle las tierras.

Cómo, cuando vio la casa en llamas, pensó que ellos habían provocado el incendio y, para evitar que yo me culpara por haber ido sola al cuarto de pánico y haberme salvado, mintió diciendo que él mismo había iniciado el fuego.

El amor que siempre he sentido por él es todavía mayor ahora. Mi abuelo prefirió que yo lo odiara antes que permitir que me culpara por no haber conseguido llevarlo conmigo.

—Te amo, Dede.

—Yo también te amo, querida.

—Cuéntame cómo escapaste.

Entonces me explica que los hombres del príncipe Irfan fueron quienes lo salvaron y que el primo de Qasim cuidó de él durante todos esos meses, hasta que despertó del coma. También me cuenta que sus hombres me buscaron durante la noche del incendio, pero no consiguieron rescatarme.

Me dice que Irfan prefirió que todos creyeran que estaba muerto, porque esa era una forma de protegerlo hasta que pudiera encontrar a los responsables del incendio.

—Qasim cree que fue mi exnovio, Ilgaz. Lamento mucho no haberte hablado nunca de él.

—No pienses más en eso. Y sí, probablemente fue tu exnovio quien incendió la casa. Pero hablaremos de eso otro día. Lo cierto es que, cuando desperté hace tres semanas, me desesperé hasta que Irfan me contó que estabas bien y que te habías casado con Qasim.

—Sí, nos amamos, abuelo. Ahora conozco toda la historia de nuestra familia.

—No toda la historia, pero estoy agotado, querida. ¿Te molesta si cierro los ojos durante un momento?

—No. Ve a descansar a nuestro apartamento.

Presiono el timbre y Qasim aparece enseguida.

—¿Qué ocurre, Kadri? ¿Te sientes mal?

—No, amor, pero mi abuelo está agotado. Necesita dormir y que una enfermera lo cuide.

—No te preocupes. Mi madre ya está ocupándose de eso.

—¿Tu madre? Pero ella nos odia —dice mi abuelo.

—Procuremos no utilizar la palabra odio, Dede. Zehra y yo estamos empezando a entendernos. Creo que todos tenemos heridas que debemos sanar. Acepta su ayuda, hazlo por mí.

—Está bien, querida.

Unos treinta minutos después, llevaron a mi abuelo a nuestro apartamento para que descansara. Cuando vino a despedirse de mí, Zehra me prometió que se ocuparía de que estuviera bien.

—¿Y qué hay del aneurisma? —le pregunto a Qasim cuando se acomoda conmigo en la cama del hospital como puede, intentando hacer caber su enorme cuerpo en el diminuto lecho.

—Irfan me dijo que los médicos que lo atendieron durante todos estos meses aseguraron que no ha aumentado de tamaño.

Tengo pensado buscar a un especialista en Estados Unidos para averiguar si se puede hacer algo.

Irfan me habló de un griego, Athanasios Pappakouris, considerado el mejor neurocirujano del mundo.

—Te amo, Qasim. Sé que tu resentimiento todavía no ha desaparecido por completo y, aún así, estás haciendo todo esto por mí.

—¿Todavía no has comprendido que eres el centro de mi mundo, Kadri? Verte feliz es lo que más deseo. Te amo, esposa.