Capítulo 57
Recostada sobre las almohadas, la escucho narrar el inicio de todo.
Cuando un antepasado mío, muy rico, ofreció una sociedad al tatarabuelo de Qasim, que acababa de descubrir una mina de zultanita en las tierras que había adquirido por un precio irrisorio, en Anatolia.
Sin embargo, el tatarabuelo de mi esposo no tenía recursos para iniciar la extracción de la piedra preciosa. Era un hombre pobre, pero trabajador, con visión de futuro.
Zehra me dice que todo lo que está contando fue transmitido a su familia de generación en generación.
Lo que no dice, pero yo intuyo, es que con eso se fue cultivando el rencor, porque, aunque esto recién empieza, estoy segura de que no terminará bien.
Y, tal como imaginaba, enseguida comienza la parte más oscura de esta historia.
—Las tierras de Anatolia y la mina eran la oportunidad del tatarabuelo de Qasim, mi bisabuelo, de salir adelante.
Literalmente, la gallina de los huevos de oro.
Él confió en tu antepasado, Kadri, porque era un hombre de buena fe, pero menos de un año después de iniciada la sociedad, cuando la riqueza aún no había llegado -porque, aunque ya habían extraído varias piedras valiosas, al principio todo se destinaba a pagar la inversión hecha por tu familia-, fue expulsado de las tierras que había descubierto, sin nada, junto a su esposa y sus dos hijos pequeños.
Siento el estómago revolverse al imaginar la escena. No es de extrañar que nos odien tanto.
—¿Cómo es posible? ¡Él era legalmente el dueño! O al menos, uno de los dueños.
—Las autoridades locales estaban compradas por tu familia. Hacían lo que querían. Falsificaron un documento de compra-venta y mi bisabuelo fue expulsado bajo amenaza de ser encarcelado.
—¿Encarcelado? No entiendo nada.
—¿Sabes sobre la promesa que Qasim le hizo a su bisabuela en el lecho de muerte?
—No, nunca hablamos del pasado de nuestros antepasados.
—Mi abuela, que vendría a ser la bisabuela de mi hijo, adoraba a Qasim. Era su bisnieto favorito. También era muy rencorosa porque creció escuchando a su padre decir cuánto odiaba a tu familia.
En mi mente aparece la imagen del antepasado de Qasim, un hombre orgulloso, despojado de algo que le pertenecía por derecho, obligado a marcharse con su esposa y dos niños. Cualquiera en su lugar guardaría rencor.
—Continúe, por favor.
—En su lecho de muerte, la abuela Azize hizo que mi hijo prometiera que recuperaría la mina para nuestra familia, y él se lo juró. Sin embargo, aún era muy pequeño y ella no le contó toda la historia.
—¿Qué puede ser peor que engañar a un socio y quitarle sus tierras?
—Acusaron al tatarabuelo de mi hijo, el padre de Azize, de intentar violar a la esposa de su socio, una pariente tuya.
Se me hiela el corazón.
—Y no era verdad.
—No. Mi bisabuelo era un hombre honorable. Jamás haría algo así. Además, era devoto a su esposa.
—¿Había pruebas?
—Sí, una prueba de voz. La acusación surgió porque la esposa del socio fue encontrada semidesnuda en un establo. Sin tener explicaciones que dar -y aquí supongo que estaba engañando a su marido-, afirmó que mi bisabuelo había intentado violarla.
Me siento profundamente avergonzada.
Esa mujer contó una mentira que destruyó vidas.
Aun así, por lealtad a mi familia, me veo obligada a preguntar:
—¿Cómo puede estar tan segura de que no era verdad?
—Mi bisabuelo estaba en casa con su esposa y sus hijos esa tarde, pero nadie les creyó.
Falsificaron el documento de compra-venta y, cuando dijo que acudiría no a la policía local sino a la de la capital, lo amenazaron con una denuncia penal.
No tenía la menor oportunidad. Ya en ese entonces, tu familia era poderosa.
Se marcharon porque, si mi bisabuelo era encarcelado, su esposa y sus hijos quedarían desamparados.
Temo hacer la siguiente pregunta y aun así la hago:
—¿Qué fue de ellos?
—Mi bisabuela murió tiempo después. Él rehizo su vida y su fortuna, creo que más motivado que nunca, pero jamás buscó venganza porque temía que tus parientes reactivaran la acusación de violación y sus hijos quedaran solos, sin ambos padres.
Se volvió a casar, pero mi bisabuela fue el amor de su vida.
El dolor por su pérdida, la injusticia que sufrió y el odio hacia tu familia lo acompañaron hasta la tumba.
Me cubro el rostro, llorando. No dudo ni un segundo de lo que Zehra está contando.
—¿Cree que mi abuelo sabía todo esto?
—De la historia, sí. Sobre si era o no una falsa acusación de violación, además del robo de nuestra mina, no lo sé. Tal vez no. Antes pensaba que sí, porque odié durante mucho tiempo tu apellido. Consideraba que todos los descendientes del hombre que nos traicionó estaban tan contaminados como él.
—Sospechaba que era una historia dura, pero jamás imaginé algo así.
Zehra también está llorando y noto cuánto afectó esto a su familia.
—Qasim solo descubrió lo de la falsa acusación de violación cuando ya era adulto, a través de una carta que su bisabuela le dejó.
A partir de ese momento, intentó comprar la mina de vuelta, pero tu abuelo se negaba, hasta que apareció con la propuesta de que ustedes se casaran, a la cual mis otros hijos y yo nos opusimos, por razones obvias.
—No entiendo cómo mi abuelo pensó que algo así podría funcionar. Hay demasiado odio acumulado durante años.
Ella me dedica una sonrisa triste.
—Al final, tenía razón. Ustedes están enamorados.
—¿Qasim también lo está?
—Mi hijo tiene a su familia como su pilar, Kadri. Y aun así, desafió a todos cuando decidió quedarse contigo. Sí, te ama, aunque quizá aún no lo haya dicho con palabras. Mis hijos no saben manejar muy bien sus sentimientos, pero cuando se enamoran, es para siempre.
Extiendo la mano, sintiéndome conectada a su dolor, pero en lugar de aceptarla, Zehra se levanta y me abraza.
—Perdóname. Dame la oportunidad de empezar de nuevo y ser una madre para ti como lo soy para mis otras nueras.
—La perdono, y también le pido perdón por lo que mi familia le hizo a la suya. Les devolveré la mina en cuanto salga de aquí.
Ella se aparta para mirarme.
—No te preocupes por eso, Kadri. Son solo tierras, bienes, piedras preciosas. Lo más importante es que, con el amor que sienten, tú y Qasim rompieron el ciclo de odio.