Capítulo 31
Hace dos días despertó por primera vez, pero cada vez que recupera la conciencia se pone tan alterada que vuelven a sedarla.
No he salido de Estambul desde que Kadri fue rescatada del incendio y solo dejo el hospital cuando tengo alguna reunión. El resto del tiempo trabajo en un escritorio que mandé instalar en su habitación.
Regreso a casa únicamente para dormir y, al día siguiente, vuelvo a estar aquí.
Todo el tiempo hay guardaespaldas en el pasillo, listos para impedir que cualquiera se acerque, por si el responsable del incendio decide terminar lo que empezó.
Kadri no ha vuelto a despertar mientras he estado aquí y, por más que acepte que, en su estado de inconsciencia, esté recuperándose de todo lo que vivió, me siento impaciente por traerla de vuelta, por hacer cualquier cosa que pueda ayudarla a volver a ser quien era antes.
¿Y volverá a ser la de antes? No tengo respuestas para eso. No sé qué ocurrió aquella noche ni qué fue lo que vio para salir corriendo hacia la habitación del pánico.
Miro la hora en el reloj de mi muñeca mientras camino por los pasillos del hospital.
Son las cinco de la tarde y acabo de regresar de una reunión.
A esta hora el lugar está casi vacío; en este pasillo solo escucho el sonido apagado de los pasos de unos pocos enfermeros.
Doblo en una esquina preguntándome si esta vez la encontraré despierta.
Todavía recuerdo su cuerpo temblando contra el mío mientras revivía la noche del incendio; aún puedo escuchar los gritos de terror que escapaban de su garganta mientras luchaba contra una pesadilla.
En su mente, Kadri seguía atrapada en la habitación del pánico, y alguien va a pagar por su dolor.
Por fin llego al ala donde está internada y veo a un muchacho en lo que parece ser una discusión con uno de mis guardaespaldas. Al parecer, intenta entrar a la habitación de Kadri y mis hombres se lo impiden.
—¿Quién diablos eres y adónde crees que vas? —Mi voz suena cortante.
Él se gira y me mira de frente. Sus ojos me evalúan durante un instante antes de responder:
—Vine a ver a Kadri. Soy su novio.
Mi mandíbula se tensa y la sangre me hierve.
Así que este es su maldito exnovio.
El hombre del que ella dijo estar enamorada.
¿El mismo con el que pensaba encontrarse después de almorzar conmigo aquel día, en la oficina?
No. Kadri dijo eso para provocarme, porque enseguida admitió que había terminado con él.
Él endereza los hombros, intentando demostrar seguridad, pero percibo su nerviosismo.
—Me llamo Ilgaz Sungur —dice cuando nota que no respondo.
Doy un paso hacia él, invadiendo su espacio personal. Intenta sostenerme la mirada, pero no lo consigue y termina apartando la vista.
—Eres el exnovio de Kadri. Ella terminó contigo, así que voy a preguntarte otra vez: ¿qué demonios estás haciendo aquí?
—Quiero verla. Saber cómo está. Estuve fuera de la ciudad, pero me enteré del incendio. Mi hermana y Kadri estudiaron en el internado. Y en cuanto a nuestra ruptura, solo fue una pelea, no un final definitivo. Seguimos juntos y...
Lo agarro del cuello de la camisa y, al hacerlo, la corbata se le aprieta alrededor del cuello.
—Kadri es mi prometida. Y grábate bien ese pronombre posesivo: mi. Nos casaremos muy pronto.
—¿Prometida? —Su voz sale envuelta en un soplo de incredulidad.
—Sí. Mi futura esposa. Vuelve a acercarte a ella y te haré pedazos.
Su rostro se pone pálido y, cuando lo suelto, se lleva ambas manos al cuello mientras tose.
Ni siquiera lo apreté con tanta fuerza. Cobarde de mierda.
—Ella no pudo haberse comprometido tan rápido y...
Avanzo hacia él y retrocede.
—Lárgate, imbécil. No vuelvas a aparecer por aquí. Kadri no es tuya. Ella me pertenece. No quieras tenerme como enemigo, muchacho.
Espero que me enfrente. Llevo demasiada tensión acumulada durante estos últimos días y me encantaría molerlo a golpes, pero el hijo de puta me da la espalda y se marcha casi corriendo.
Kadri
Sé que él está en la habitación conmigo.
Cada vez que Qasim entra, siento su presencia.
Nunca hace ruido y yo finjo estar dormida porque así es más fácil que enfrentar la realidad.
Todavía no me siento preparada para lidiar con lo que ocurrió, con el hecho de que ahora estoy completamente sola.
Sin embargo, hoy escucho voces del otro lado de la puerta, como si dos personas estuvieran discutiendo, y la curiosidad termina venciendo al miedo.
Mis manos aprietan el borde de la sábana y, cuando la puerta se abre, tengo los ojos abiertos.
Qasim no dice nada, solo se acerca hasta mí.
Me doy cuenta de que ya no hay frialdad en su mirada. Me observa como si esperara que me derrumbara delante de él.
No lo quiero aquí conmigo. Qasim no es mi familia y ni siquiera le agrado. Soy una obligación.
—No tienes que estar aquí. —Lo siento tan cercano que ya lo comienzo a tutear.
Mi voz suena ronca después de tantos días sin hablar.
—Yo no hago nada porque “tenga que hacerlo”. Solo hago lo que quiero.
—¿Y quieres quedarte en un hospital cuidando de tu obligación? ¿No tienes a algún empleado encargado de eso?
Quiero hacerlo enojar, obligarlo a mostrarme su verdadero rostro, pero permanece impasible.
—¿Cómo te sientes?
—Sola. —Desvío la mirada de sus ojos—. ¿Dónde está mi abuelo?
Quiero escuchar la respuesta y, al mismo tiempo, no quiero hacerlo. Necesito que Qasim me mienta, que me diga que todo fue solo una pesadilla.
—Tu abuelo se fue, Kadri.
Sus palabras caen sobre mí como un golpe seco y brutal.
La garganta me arde por las ganas de llorar, pero no lo hago. Qasim odia a mi familia y probablemente esté feliz por la muerte de mi abuelo.
Ya no me queda nadie. Mis padres, mi abuela y ahora mi abuelo. Todos se fueron.
Giro el rostro hacia la pared y cierro los ojos, tentada a hundirme otra vez en la oscuridad.
—¿Quieres que llame a una psicóloga?
Lo miro de nuevo. Parece inseguro.
—Estoy bien.
—No lo estás, Kadri. Ningún ser humano en tu lugar lo estaría.
—Déjame sola. Tú no te preocupas por mí.
Lo que digo parece irritarlo. ¿Por qué?
—Tenemos que hablar. Tu exnovio estuvo aquí. No quiero que vuelva a acercarse a ti.
—¿Qué? ¿Ilgaz vino al hospital?
—Se presentó como tu novio. Vino para saber cómo estabas.
—¿Y qué le dijiste?
—La verdad: que eres mi prometida y que nos casaremos muy pronto.
Lo escucho, completamente atónita, mientras me explica que mi abuelo dejó un documento en el que me obliga a aceptar la tutela de Qasim.
¡Una mujer de diecinueve años con un tutor!
Entonces vuelvo a lo que dijo antes.
—¿Le dijiste a Ilgaz que vamos a casarnos? Todavía falta un año —argumento, recordando la promesa que le hice a mi abuelo la noche del incendio.
—No, te equivocas. Nos casaremos en cuanto te den el alta. No seré tu tutor. Seré tu esposo.
—Qasim...
—No intentes discutir. No vas a hacerme cambiar de idea.
Qasim
El silencio entre nosotros es tenso.
Me doy cuenta de lo conmocionada que está.
—¿Casarnos dentro de unos días?
—¿Escuchaste algo de lo que te dije antes?
No sé qué me llevó a ser tan bruto. Tal vez sea porque todavía tengo unas ganas locas de romperle la cara al hijo de puta que se hizo llamar su novio.
¿Esto que siento son celos? Porque, si lo son, no tengo tiempo para esa mierda.
—¿Puedes repetirlo?
—Tendremos que casarnos. Tu abuelo dejó un documento según el cual yo debía convertirme en tu tutor legal si a él le ocurría algo antes de la fecha de la boda, cuando tú cumplirías veinte años.
Si no aceptas eso, no tendrás acceso a tu propio dinero ni al control de ninguna de tus finanzas. Dependerás de mí incluso para comer.
—Entonces, ¿no tengo elección? ¿Acepto un tutor o acepto un marido?
—No tiene sentido que seamos tutor y tutelada durante un año. El matrimonio ya era un hecho. Lo único que haremos será adelantarlo. Tendrás tu propio departamento, pero estará en el mismo edificio que el mío.
—Claro. Eso suena exactamente a libertad.
Ignoro su sarcasmo.
—Nos casaremos por civil dentro de un máximo de dos semanas. Mi encargado de relaciones públicas hará el anuncio al mundo inmediatamente después.
Ella permanece en silencio durante largos segundos.
Entonces, de repente, hace una pregunta que no esperaba.
—¿Tu familia irá a la boda?
Vacilo, no porque no sepa la respuesta, sino porque no quiero herirla.
Mis hermanos la aceptarán porque decidí adelantar nuestra unión, pero ninguno de ellos desea verme casado con una Zengin Okan. Mucho menos mi madre.
—Todavía no lo he pensado —digo una verdad a medias.
Ella estudia mi rostro y parece dolida.
Maldita sea, ¿por qué todo tiene que ser tan complicado?
—Si quieres, puedo invitarlos —ofrezco, aun sabiendo que, si asisten, será en contra de su voluntad.
—No hace falta —responde con orgullo—. No necesito la lástima de nadie.
La admiro porque, incluso destrozada, se niega a asumir el papel de víctima.
—No quiero que vuelvas a ver a tu ex —digo cuando ya no parece dispuesta a seguir hablando.
—¿Por qué no?
Porque lo mataré si vuelve a acercarse a ti.
—Porque, si los ven juntos, despertará sospechas en la prensa de que nuestro matrimonio no es real.
Ella se encoge de hombros.
—No me importa. De todos modos, ya había decidido no volver a verlo nunca más. Y con respecto al matrimonio, acepto. Fíjalo para cuando quieras. Solo deseo que esto termine de una vez.