Capítulo 27
Su sabor se infiltró en mí. Kadri es tan dulce que dudo que algún día pueda besar a otra mujer sin sentir que le falta algo. Es como descubrir un frasco de miel mezclado con alguna sustancia adictiva, que hace imposible dejar de devorarla.
Es ardiente y tiene un sabor prohibido.
Mi lengua se desliza sobre la suya, imponiendo el ritmo, tomando el control.
Ese beso debía ser una batalla que estaba decidido a ganar, pero ahora todas mis certezas están completamente revueltas.
Ella no lucha contra mí; se entrega.
Cada gemido ahogado y cada respiración entrecortada que escapa de sus labios hacen que mi deseo alcance el cielo.
Las uñas de Kadri me arañan. No sé si lo hace con la intención de volverme loco o de provocarme, pero jamás retrocedo ante un desafío.
Mi mano aprieta su nuca, sujetándola con firmeza, y ese contacto brusco parece excitarla todavía más, porque Kadri vuelve a rozar su cuerpo contra el mío.
Es suave, delicada como un hada, pero la forma en que responde a mis besos y a mis caricias es salvaje, puro fuego.
La atraigo con más fuerza hacia mí y Kadri parece querer todavía más.
Nunca he tenido sexo en la oficina, pero, si ella no fuera quien es, la llevaría al departamento contiguo, porque no recuerdo haber perdido el control de esta manera por una mujer.
La quiero desnuda, completamente a merced de mi hambre. Quiero quitarle una a una cada prenda de su cuerpo y sentir su piel bajo mi lengua.
Entre un beso y otro, enlazados, voraces, Kadri gime y se amolda a mí, pequeña y perfecta, como si hubiera sido hecha para mis manos.
Mi boca abandona la suya apenas el tiempo suficiente para morderle suavemente el labio inferior, tirando de él con delicadeza, succionándolo hasta sentir cómo tiembla de deseo, antes de volver a besarla y perderme otra vez en el cálido y húmedo roce de nuestras lenguas entrelazadas.
Quería darle una lección.
Demostrarle que no era más que una muchacha atrevida que juega con fuego sin tener idea de las consecuencias, pero, en el instante en que la besé, la lava que estalló entre nosotros hizo imposible detenernos.
Ya no queda autocontrol ni cálculo alguno, solo la necesidad voraz de hacerla mía.
Mi boca devora la suya en un beso lascivo. Mi lengua y mis dientes quieren cada vez más.
La aprieto contra mí, sintiendo cómo cada maldita curva sensual de su cuerpo encaja con el mío, como si hubiera sido creada a la medida de mi placer.
Es perfecta, tanto por su deslumbrante belleza como por ser una explosión de sensualidad con rostro de ángel, pero con el hambre y el fuego de una pequeña diabla.
—Pídeme que me detenga. Mi autocontrol pende de un hilo, Kadri —murmuro contra sus labios.
Ella no me suelta de inmediato, pero percibo que hace un esfuerzo sobrehumano hasta que finalmente consigue apartarse de mí, y yo la dejo ir.
Kadri se apoya contra la puerta y me mira fijamente.
Cada respiración parece costarle un enorme esfuerzo, como si estuviera librando una batalla dentro de sí.
—No iba a acostarme con usted. Solo fue un beso.
Al mismo tiempo que dice eso, se toca los labios hinchados con sus delicados dedos, mientras sus ojos, empañados por el deseo, permanecen fijos en mí.
—No sabes nada sobre este mundo, Kadri. Por mucho que desprecie a tu familia, no quiero hacerte daño a propósito.
Si te queda un poco de juicio, vete mientras todavía puedes.
Ya te lo dije antes: no conoces tu propio cuerpo.
Puede que, en este instante, tu mente te esté convenciendo de que habrías resistido, pero créeme, ni siquiera intenté seducirte de verdad.
—¿Por qué está siendo tan deliberadamente cruel?
—No lo estoy siendo. Te doy mi palabra de que esta es mi mejor versión. Nuestro matrimonio nunca será real. No me mires como si fuera un príncipe. Lo único que busco es venganza y la conseguiré cuando les arrebate la mina.
Kadri
No recuerdo cómo salí del edificio donde están sus oficinas. Lo único que sé es que, apenas Qasim terminó de hablar, abrí la puerta y me fui sin despedirme.
Cuando llegué a la planta baja, un guardaespaldas me estaba esperando. Se presentó como empleado del señor Yavuz Aydin y me pidió que lo siguiera, pues me acompañaría hasta el automóvil.
Subí al vehículo de manera automática y, durante todo el trayecto, mi mente estuvo invadida por imágenes de lo que acababa de suceder, por el recuerdo de aquel beso.
Qasim tiene razón. No soy rival para la experiencia que él tiene.
Tomo el celular con las manos temblorosas poco antes de llegar a la casa de mi abuelo, ubicada en las afueras de Estambul.
“No quiero volver a verlo. Si este matrimonio sigue adelante, mantengamos las condiciones que acordó con mi abuelo desde el principio”.
Envío el mensaje, satisfecha por haber tenido la última palabra, por recuperar el control de mí misma.
Hasta que la pantalla se ilumina menos de dos minutos después.
Qasim: “No tengo intención de verte más allá de lo necesario. Recuerda mis palabras y mantén tu corazón íntegro. Eres un medio para que yo recupere lo que pertenece a mi familia. Nada más que eso”.
Quiero decir que lo odio, pero ¿de qué serviría si no es verdad?
Tengo el orgullo herido porque Qasim no me ve como un ser humano y no le importan mis sentimientos. Así que, si para él no soy más que una cláusula dentro del contrato de una guerra de poder, demostrarle que logró herirme solo hará que parezca más débil.
Poco después llego a casa y dibujo una sonrisa en mi rostro para no preocupar a mi abuelo.
Está en la biblioteca, con un álbum sobre el regazo lleno de fotografías de mis padres y de mi abuela, y parece encontrarse bien.
—¿Cómo estuvo tu encuentro con Qasim?
—Fue bueno. Le pidió al chef de su restaurante de tres estrellas Michelin que preparara nuestra comida. El guía Michelin acertó al premiarlo, abuelo. Ese hombre es un dios en la cocina.
Él sonríe, aunque todavía percibo un dejo de preocupación en su mirada.
—¿No discutieron?
—¿Por qué habríamos de discutir? Somos dos seres humanos civilizados.
—Porque eso fue lo que hicieron nuestras dos familias durante toda la vida.
—¿No vas a contarme qué fue lo que pasó?
—Hoy no. Ven aquí. —Da unas palmaditas sobre el asiento del sofá, a su lado—. Estoy melancólico y quiero que veas estas fotografías conmigo.
Dejo mi bolso sobre un sillón, le doy un beso en la mejilla y me siento a su lado.
—Mi plan favorito: ver a nuestra familia reunida.