La Novia Negociada para el magnate (Multimillonarios Turcos nº 4) Capítulo 26
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Capítulo 26

—El deseo no es amor —le espeto casi con un gruñido al mismo tiempo que me pongo de pie.

Ahora estoy completamente segura de que no existe la menor posibilidad de llegar a un acuerdo con Qasim. Es detestable.

—Todavía no hemos terminado —dice mientras imita mi movimiento, pero lo ignoro por completo.

Me dirijo hacia la oficina principal, donde dejé mi bolso, y estoy a punto de llegar a la puerta cuando alguien me sujeta del brazo.

—Suélteme. Fui una tonta al creer que podría tener una conversación civilizada con usted. Intenté ser razonable, llegar a un acuerdo para que estuviéramos casados solo un año, pero es imposible apelar al sentido común con alguien tan cínico como usted.

Él me obliga a girar para que lo mire de frente, y el aire parece escaparse de mis pulmones en grandes bocanadas porque ya no parece haber suficiente oxígeno dentro de la habitación.

—Estás enojada porque te enfrentaste a la verdad. Si estuvieras enamorada de tu “novio”, no renunciarías a él. Puedes engañarte todo lo que quieras, pero lo que sientes no es amor.

—¿Por qué está tan molesto? ¿Qué le importa si lo amo o no?

Hace un momento me propuso que, mientras estemos casados, seamos discretos con nuestros amantes, Qasim.

Usted no sabe nada sobre el amor. Solo conoce el sexo, el deseo.

Nunca ha sentido algo real. No sabría reconocer el amor verdadero ni aunque lo atropellara.

—Sé que, si amara a alguien, jamás me casaría con otra persona por conveniencia.

—Usted no es capaz de amar. Tiene un bloque de hielo en lugar de corazón, así que no se burle de mí porque yo espero mucho más de una relación que simplemente quedarme desnuda con un hombre.

—Si no te gusta estar desnuda con tu hombre, entonces te estarás casando con tu mejor amigo.

—Tal vez eso sea exactamente lo que quiero.

—No te conoces a ti misma, Kadri. Hay pasión dentro de ti.

En este mismo instante puedo sentir cómo tu piel arde bajo mis dedos.

Quieres que te bese. Tu mente de niña buena, junto con la educación que recibiste, te dice que está mal dejar salir esa pasión, pero yo sé que bastaría con tocarte para que te convirtieras en fuego entre mis manos.

¿Cómo es posible que solo nos hayamos encontrado dos veces y que, en ambas ocasiones, actuemos como si fuéramos enemigos? No voy a ser capaz de seguir casada con él ni siquiera una semana sin tener ganas de matarlo.

—Póngame a prueba. Verá que no siento absolutamente nada por usted.

Es insoportable. Arrogante. Controlador. Presuntuoso.

Decido demostrarle que no conseguirá nada de mí, que soy inmune a su poder de seducción.

—Niña tonta. No sabes lo que me estás pidiendo.

Doy un paso hacia adelante, hasta que nuestros cuerpos quedan casi pegados.

—Póngame a prueba. Así los dos comprobaremos que yo no soy el tipo de mujer que se deja llevar por el deseo.

Mi corazón late con fuerza. Sé que estoy demasiado cerca de la jaula de la fiera, pero me niego a retroceder.

Comprendo que estoy en problemas cuando sus labios se curvan en una sonrisa.

—Eres deliciosamente imprudente, Kadri. Tendría que estar muerto para rechazar tu invitación.

—No fue una...

No logro decir nada más porque mi cuerpo es atraído contra la muralla de acero que es el suyo.

—Kadri...

—Usted me es indiferente —lo desafío.

—No. Ni siquiera te he besado y ya estás rendida. No te conoces a ti misma, mi prometida. Tu cuerpo me desea.

Su mano se desliza hasta mi nuca y el contacto es tan posesivo que siento que las rodillas me flaquean. Tengo que aferrarme a sus antebrazos para no caer cuando sus dedos se enredan entre los mechones de cabello junto a mi cuello.

Todo mi cuerpo se estremece, como si una tormenta poderosa lo hubiera sacudido.

La fuerza que emana de él.

Su absoluto dominio.

El calor que parece irradiar de su piel.

Reacciono a su dominio, pero no de la forma en que debería hacerlo, luchando contra él y odiándolo.

Estoy ansiosa por recibir su beso porque quiero demostrarme a mí misma que no es capaz de hacerme sentir nada.

Y entonces, cuando siento el calor de los labios de Qasim acercándose a los míos, sé que cometí un error. Ni siquiera en ese momento soy capaz de empujarlo o de pedirle que se detenga antes de que sea demasiado tarde.

La guerra entre nuestras familias, las agresiones verbales que nos hemos lanzado mutuamente, la rabia que ese hombre despierta en mí, todo queda suspendido, como si la tensión entre nosotros hubiera detenido el mundo que nos rodea.

Mi respiración falla y mi corazón late con un ritmo equivocado, completamente descompasado.

La inminencia del beso es como el anuncio de la llegada de un huracán, violento y aterrador, pero, cuando por fin su boca encuentra la mía, la furia con la que me miraba apenas unos segundos antes (esa que vibraba en todo su ser) se transforma en un deseo palpitante.

Es un hambre mutua y tan intensa que el choque de nuestros labios parece sobresaltarnos a los dos.

Durante unos segundos nos separamos, con los ojos clavados el uno en el otro, pero enseguida los suyos exigen mi rendición, haciéndome comprender que Qasim no estaba lanzando una amenaza vacía cuando me dijo que yo no tenía la menor idea de lo que le estaba pidiendo al desafiarlo a que me besara.

El calor de su boca me invade y su otra mano se abre sobre mi espalda. Sus dedos se deslizan hasta la altura de mis glúteos, donde aprieta mi carne con fuerza, dejándome claro que nada en él (desde su cuerpo hasta su temperamento, desde sus labios hasta sus manos) tiene la menor suavidad.

Su sabor, la manera en que me besa, como si quisiera convertirse en un experto en mí, como si conociera el movimiento exacto de su lengua para hacerme temblar por completo, me deja mareada de deseo.

Qasim es adictivo y termino entregándome a lo que me exige. Quiero que se adueñe de cada parte de mí.

Sus labios exploran los míos, dominándome, invadiéndome, haciéndome desear cada vez más.

Mi piel está ardiendo. Anhelo que me quite la ropa y me recorra por completo con esa boca que es puro pecado y, cuando profundiza el beso, volviéndolo todavía más salvaje, más brusco, como si estuviera furioso por desearme, ya no soy capaz de controlar mi propia hambre.

Me pongo de puntillas y rozo mi cuerpo contra el suyo, permitiéndole tomar todo lo que quiera, porque, en este momento, ya no recuerdo que existe un contrato ni que algo hizo que nuestras familias se convirtieran en enemigas en el pasado.

Solo existe el ahora y el fuego que nos consume a los dos.