La Novia Negociada para el magnate (Multimillonarios Turcos nº 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

Él no tiene tiempo de responder porque mi abuelo regresa al comedor y, palabra de scout (cosa que nunca fui, dicho sea de paso), interpreto eso como una intervención divina.

No tengo manera de justificar cómo pude decirle a ese desconocido, con quien me estoy viendo por primera vez y con quien tendré que casarme en un futuro cercano, no solo que estoy enamorada de otro, sino también que pienso tener “amigos” durante nuestro matrimonio ficticio y, como si fuera poco, meterme en su vida sexual preguntándole si piensa convertirse en un célibe para guardar las apariencias.

—Discúlpenme, era mi médico. Quería asegurarse de que me encontraba bien —dice mi abuelo, aparentemente sin darse cuenta del horrible ambiente que reina en el comedor.

—No hay problema. Me gustaría pedirles permiso. Tengo un poco de dolor de cabeza y quiero acostarme temprano. —Aunque me dirijo a los dos, no miro en dirección a Qasim.

—¿Es algo de lo que deba preocuparme? —pregunta el abuelo con inquietud.

—No. Creo que comí demasiados dulces mientras cocinaba hoy.

¡Ay, no! Eso sonó como si tuviera dolor de estómago. ¿Puede esta noche volverse todavía más humillante?

—Puedes ir a descansar, querida. Estoy seguro de que a Qasim no le molestará.

Me atrevo a mirar a mi futuro marido, el mismo hombre que se autoproclamó mi enemigo, y noto que su rostro ha recuperado aquella irritante expresión impasible de antes.

Solo me hace un leve gesto con la cabeza, como un rey dirigiéndose a un sirviente, y eso hace que la sangre me hierva de rabia.

—Buenas noches a los dos —digo. Me acerco a mi abuelo y le doy un beso en la mejilla—. ¿Me despertarás si no te sientes bien?

—No te preocupes por mí, Kadri. Descansa.

Egoístamente, no espero otra oportunidad y casi salgo corriendo del comedor.

Una hora después, escucho dos golpes en la puerta de mi habitación.

No me cambié de ropa ni me quité el maquillaje. Solo me deshice de las sandalias y sigo en la misma posición, acostada sobre la cama, mirando el techo y pensando en mi aterrador futuro, que no es más que un enorme signo de interrogación.

—Todavía estás despierta. ¿Te sientes mejor? —pregunta mi abuelo después de que le digo que pase.

Sabía que solo podía ser él. Nadie más vendría a mi habitación a esta hora.

Me incorporo y me recuesto contra las almohadas, intentando con todas mis fuerzas que no note lo triste que me siento.

—No me sentía mal, solo estaba cansada.

Él suspira y se sienta en la cama.

—Tú y Qasim no se llevaron bien.

—Tú me dijiste que sería un matrimonio por conveniencia. Él y yo no tenemos por qué ser amigos.

—Pero tampoco tienen que convertir la vida del otro en un infierno.

—¿Por qué nuestras familias se llevan tan mal, abuelo?

Noto que su expresión cambia de inmediato.

—¿Qasim sacó ese tema?

—Solo por encima, pero me dijo que, si quería saber más, debía preguntártelo. Por favor, ayúdame a entender.

—Es una guerra que se ha prolongado durante generaciones, hija mía.

—¿Una guerra? ¿Es tan grave?

—Sí, mucho. Tiene que ver con las tierras de Anatolia. Para ser más exactos, con la mina de zultanita que se encuentra allí.

—Cuéntame.

—No hoy, Kadri. Pero puedo adelantarte que uno de nuestros antepasados era socio del tatarabuelo de Qasim.

—¿Su tatarabuelo? ¡Entonces es un conflicto muy antiguo!

—Demasiado.

—¿Y por qué elegiste precisamente a alguien de una familia rival, que muy probablemente nos odia, para ser el hombre con el que voy a casarme?

—Como ya te dije, al principio mi deseo era protegerte.

Y sigue siéndolo, no me malinterpretes, porque no creo que todavía estés preparada para valerte por ti misma, Kadri, y la culpa es mía por haberte sobreprotegido.

Pero ahora, con esos enemigos inesperados rodeándome, verdaderos monstruos que no dudarían en acabar con nuestras vidas para conseguir lo que quieren, nuestra alianza con Qasim es fundamental.

—Una alianza con un enemigo. Porque eso es él, abuelo: un enemigo que no siente el menor afecto por nosotros.

—Un enemigo honorable siempre será una mejor elección que un falso amigo. Nunca lo olvides, Kadri. Tu matrimonio con Qasim será por conveniencia y es muy probable que no recibas ni una gota de simpatía ni de él ni de sus familiares, pero estarás protegida, y eso, para mí, vale oro, querida.

—No me gusta que hables de esa manera, abuelo. Es como si ya te estuvieras despidiendo de mí. Como si ya dieras todo por terminado.

—En este caso no tiene que ver con la enfermedad, querida. Los hombres de los que te hablé me han estado amenazando. Por eso necesito que entiendas, Kadri, que Qasim es nuestra única salida.

—¿No deberías hablar con él sobre eso? Tal vez sepa qué hacer.

Hace una especie de mueca y creo saber qué es lo que le molesta.

Mi abuelo es un hombre orgulloso y, si desde el principio hizo una alianza con el enemigo, fue porque no tenía otra salida.

Aquello era un intercambio. Qasim recibiría la mina si “cuidaba” de mí en caso de que a él le ocurriera algo y ya no estuviera aquí para cumplir el papel del miembro mayor de la familia.

Pero pedirle protección ahora significaría que, aun estando vivo, necesita que alguien cuide de nosotros.

El corazón me sangra de tristeza por mi abuelo y, al mismo tiempo, le pido a Dios en silencio que nos conceda un poco más de tiempo juntos.

Me levanto de la cama y lo abrazo.

—Olvida lo que dije. Todo saldrá bien. Tengo fe en eso, abuelo.