La Novia Negociada para el magnate (Multimillonarios Turcos nº 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

Quiero tragarme lo que acabo de decir y, para controlar la vergüenza que siento, me meto en la boca un pedazo de pudín tan grande que el caramelo se desliza por mi mentón.

Un agujero que se abriera bajo mis pies sería más que bienvenido en este momento.

Muy elegante, Kadri.

—Eres solo una niña pequeña.

Su voz es fría, letal, y me hace sentir como si tuviera cinco años.

—¿Qué?

—No sabes comportarte. Intentas “luchar” contra el compromiso que tu abuelo asumió presentándote ante mí vestida como una estudiante de preparatoria y con el cabello lleno de azúcar, ¿y todavía tienes la ingenuidad de creer que dirigirás un restaurante con estrellas Michelin?

Con ese comportamiento infantil, no sobrevivirías ni tres meses en el mercado, Kadri.

Las personas del mundo real no son como tu abuelo, que aplaude todas las tonterías que haces.

La vergüenza me hace temblar porque sé que gran parte de lo que está diciendo es cierto.

Excepto lo de que mi abuelo me aplaude.

Jamás renunciaré a mi sueño.

—Usted no sabe nada sobre mí, señor. Para alguien que ya casi es un anciano —lo provoco, aunque sé que solo tiene treinta y un años—, quizá yo le parezca una niña, pero sé muy bien lo que quiero y seré la dueña de un restaurante con estrellas Michelin.

Y no de cualquiera, sino de uno con tres estrellas.

Si le preocupa la competencia, no crea que va a hacerme desistir solo por intentar desanimarme.

Ni un arqueo de cejas ni un destello en sus ojos metálicos me da la menor pista de lo que está pensando o sintiendo.

¿Será capaz de sentir algo?

Parece que en las venas le corre hielo.

—No tengo el menor interés en tu futuro. El acuerdo que hice con tu abuelo consiste en mantenerte con vida y alejada de los problemas hasta que nos divorciemos.

—Usted es un bruto, señor.

—No. Yo soy el enemigo, niña. Y, aun así, tu abuelo decidió entregarte a mí. Pregúntale sobre nuestros antepasados. Tal vez entonces comprendas que deberías darme las gracias de rodillas por haberte aceptado como parte de la negociación.

—Yo no soy un objeto para que me entreguen.

—¿No? Desde mi punto de vista, eres uno de sus bienes.

—¿Y qué pasa con lo que yo quiero? ¿No le da vergüenza aceptar un trato como este?

—Yo quiero la mina. Tú eres un medio para alcanzar ese fin. Nadie te obligó a casarte, Kadri. Hasta donde sé, aceptaste este acuerdo. ¿O me equivoco?

Tengo la respuesta en la punta de la lengua.

Quiero decirle que no tuve alternativa. ¿Cómo podría llevarle la contra a mi abuelo enfermo, sabiendo además que no solo se trata de su preocupación por mi futuro, sino de una amenaza muy real en la que, muy probablemente, nuestras vidas estén en peligro por culpa de los hombres de los que él me habló?

—Lo acepté, pero...

—¿Qué?

Sacudo la cabeza. No puedo decirle que mi abuelo está siendo presionado por hombres peligrosos. Mi lealtad está con él y, si Qasim renuncia al trato que hicieron, a ese contrato indecente, eso podría provocarle una preocupación fatal para su salud.

—Nada. Él dijo que, cuando nos casemos... tendré que vivir en el mismo edificio que usted. —Cambio de tema.

No puedo dejar de pensar que, si mi abuelo está planeando algo así, es porque sabe que no le queda mucho tiempo de vida.

Miro el resto del postre que quedó en mi plato, deseando poder marcharme.

Como él mismo dijo, a Qasim no le importamos ni mi abuelo ni yo. Es un hombre ambicioso y sin corazón, dispuesto a destruir mi vida con tal de alcanzar su objetivo.

—Acepté esa condición para tranquilizar a tu abuelo, pero, aparte de ese detalle y de unas cuantas apariciones públicas, no tendremos ningún contacto, siempre y cuando te comportes y no me obligues a encadenarte al borde de la cama.

Siento que toda la sangre abandona mi cuerpo y creo que debo haber palidecido, porque él añade:

—Lo dije en sentido figurado, Kadri. No tengo fetiches con jóvenes recién salidas del internado.

—Usted es un grosero. Tiene apariencia de noble, pero es un hombre de las cavernas.

Y, para que lo sepa, a mí tampoco me interesan los ancianos.

Voy a casarme con usted porque no hay nada más importante en mi vida que mi abuelo, pero estoy enamorada de otro.

Iba a contárselo cuando regresara definitivamente a casa, pero apenas llegué descubrí que estaba enfermo y...

—¿Qué quieres decir con que estás enamorada de otro? Pasaste prácticamente toda tu vida en un internado.

—Eso no significa que no haya conocido chicos.

¿Es idea mía o el músculo de su mandíbula acaba de tensarse? ¿Está enojado conmigo? ¿Por qué? No dije eso para provocarlo. Solo quería darle un golpe a su ego, para que entendiera que, aunque me parezca muy atractivo, algo que es innegable, no voy a caer rendida a sus pies.

—¿Quién es?

—¿Y eso qué importa? De todos modos tendré que terminar con él. Pienso verlo y...

—No.

—¿No qué?

—Antes no sabías que ya estabas comprometida de manera implícita. Ahora sí lo sabes. Termina con él por teléfono.

—No voy a ser grosera con el hombre al que amo terminando con él por teléfono.

Tampoco soy una tramposa, así que lo único que me queda es poner fin a nuestra relación.

Él jamás aceptaría seguir conmigo sabiendo que estoy a punto de casarme con otro.

Y, respecto a su ataque de machismo, usted mismo dijo que no vamos a convivir, que ni siquiera me verá, salvo en unas pocas apariciones públicas.

Siendo así, ¿de verdad cree que pasaré cinco años de matrimonio sin salir siquiera a conversar con un amigo? ¿Eso es lo que pretende?

—Yo no tengo amigas.

—Llámelas como quiera. Me refiero a convertirse en un célibe hasta nuestro divorcio por guardar las apariencias, señor Qasim. Dígame una cosa: ¿piensa no tocar a ninguna mujer desde ahora hasta el día del divorcio?