Capítulo 14
Mantener vivo mi rencor hacia los Zengin Okan desde el día en que mi bisabuela me contó que ellos habían despojado a su padre de todo y destruido su vida hizo que olvidara que, por poca que sea, todavía existe humanidad en los descendientes de ese clan.
Al igual que mi familia, ellos comen, duermen y sangran si se cortan.
Tienen una casa a la que llaman hogar, donde celebran fechas especiales con almuerzos y reuniones familiares.
Al estacionar frente a la residencia de Doruk, me impresiona lo preparada que parece para albergar a una familia cuando, en realidad, sé que el anciano vive aquí completamente solo desde hace más de una década.
¿Por qué sigue conservándola si Kadri pasó todos estos años en un internado? Un apartamento sería mucho más práctico.
Bajo del automóvil y veo que la puerta principal se abre y aparece el dueño de la casa.
Hasta la persona menos observadora puede darse cuenta de que la salud de Doruk no anda bien, aunque él intente mantener una postura erguida.
—Qasim.
—Doruk.
Como en las otras ocasiones en que nos encontramos, ninguno de los dos intenta fingir cordialidad. No hay apretón de manos.
—¿Por qué nunca se mudó? —pregunto aquello que no ha dejado de rondarme la cabeza.
—Porque Kadri ya había perdido demasiado. Esta casa es el único vínculo que conserva con lo que alguna vez fuimos.
—¿Cómo murieron sus padres?
—¿Nunca te ha interesado investigar eso?
Me encojo de hombros.
—Mi único interés en todo lo relacionado con su familia son las tierras de Anatolia donde se encuentra la mina.
Sus labios se convierten en una fina línea, dejando ver su disgusto.
—Kadri es una inocente.
En una familia de ladrones.
Sí, estoy de acuerdo con eso. Kadri es demasiado joven y quizá todavía conserve un alma pura.
—No puedo quedarme mucho tiempo —le digo.
—Es una cena, Qasim. Las comidas deben hacerse con calma.
Suena igual que mi madre y jamás imaginé que un Zengin Okan pudiera comportarse como el jefe de una familia.
—Me quedaré el tiempo suficiente para cenar.
—¿Es mucho pedir que no la asustes?
No es mi intención, aunque tampoco tengo el menor deseo de conocerla. Pero no pienso seguir alimentando la burbuja en la que la criaron.
Doruk quiere que cuide de su nieta para ayudarla a crecer, no para seguir tratándola como a una princesa de cuento de hadas.
—Si quería un príncipe para su niña, debió haber elegido a otro candidato para casarse con Kadri, Doruk.
Kadri
—Perdón por entrometerme, señorita, pero ¿no debería arreglarse para la cena? Creo que el invitado de su abuelo acaba de llegar.
—Mmm... Solo voy a lavarme las manos —digo, como si no fuera gran cosa que mi “prometido” fuera a verme por primera vez con azúcar del almíbar del kazandibi[12] hasta en el cabello.
La mujer me mira horrorizada, pero no dice nada.
Suspiro, sabiendo que ya no podré seguir aplazando este encuentro.
A propósito llevo puestos unos jeans, una blusa blanca y zapatillas deportivas. No me maquillé en absoluto y el cabello, todavía parcialmente cubierto de azúcar, cae suelto sobre mis hombros.
—¿Estás segura de que no me necesitas en la cocina?
—No la necesito. Y...
—¿Qué sucede?
—Si aparece así, avergonzará a su abuelo, señorita. Perdóneme el atrevimiento, pero esa no es la manera en que la educaron para recibir a un invitado. Sabe que su abuelo es un anfitrión ejemplar y se sentirá muy incómodo si usted entra al salón de esa manera.
Siento que toda la sangre se me sube a las mejillas. Acaban de reprenderme como si fuera una niña de seis años, y eso se debe a que me comporté como tal.
La verdad es que quería que ese tal Qasim entendiera que no me importa en lo más mínimo, solo por si ese hombre estaba pensando en convertir nuestro matrimonio ficticio en algo real.
Jamás pondrá un dedo sobre mí si ese matrimonio llega a celebrarse. Todavía tengo la esperanza de encontrar una salida antes de que llegue ese momento, una que haga feliz a mi abuelo y que también garantice que sobreviviremos a los hombres que quieren robarle sus tierras.
—Perdóneme si fui atrevida —dice la mujer, interpretando erróneamente mi silencio, y eso hace que me sienta todavía peor.
—Tienes razón —respondo, incómoda—. Voy a cambiarme de ropa. Espero que mi abuelo haya llevado al invitado a la biblioteca. Si viene a buscarme, ¿podrías decirle, por favor, que bajaré en media hora?
—No se preocupe, señorita. —Me regala una sonrisa radiante.
Me apresuro a salir de la cocina y suspiro aliviada al ver que el camino hacia la escalera está despejado.
Llego al primer escalón y, cuando levanto el pie para subir al siguiente, siento que ya no estoy sola.
Me doy la vuelta lentamente, con la esperanza de que solo sea mi abuelo y no él junto al invitado, pero, cuando me encuentro con un par de ojos grises mirándome fijamente, sé con absoluta certeza que estoy frente a mi prometido.
Una vez, cuando apenas tenía once años, mi abuelo me llevó con él a una cacería en Anatolia. Nunca más quise repetir aquella experiencia. No por la cacería en sí (me negué a verla por completo), sino porque fui testigo de cómo un lobo gris salvaje acechaba a una liebre.
La belleza de ambos animales era innegable, pero la actitud del lobo, observando a su presa como si la hipnotizara hasta lanzarse finalmente sobre ella y devorarla, me llenó de pánico y, al mismo tiempo, me hizo desear un final diferente para aquella escena, uno en el que ambos pudieran coexistir, incluso ser amigos.
En este instante me pregunto si la liebre era consciente del peligro que corría; si comprendía que la belleza del lobo y su actitud calculadora y fría reflejaban la confianza de quien sabe que su presa no tiene escapatoria.
Así es exactamente como me siento mientras el hombre que sé que se llama Qasim, el mismo con quien debo casarme dentro de aproximadamente un año, me observa como alguien que está muy por encima de mí en la cadena alimenticia.
¿Existe alguien por encima de él? Lo dudo. No logro imaginar a otro ser humano lo bastante imprudente como para enfrentarlo.
Su mirada, intensa y gris como el filo afilado de una daga, no se aparta de mi rostro.
No consigo moverme porque siento como si su presencia ocupara todo el espacio a mi alrededor, encerrándome dentro de una jaula invisible.