La Novia Negociada para el magnate (Multimillonarios Turcos nº 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

Nunca me había sentido tan nerviosa en mi vida y, debo admitirlo, también terriblemente avergonzada por tener el cabello pegajoso de azúcar frente a un hombre que es la viva imagen de la perfección y la seguridad en sí mismo.

Soy la primera en romper el contacto visual y mis ojos descienden hacia sus anchos hombros, cubiertos por un traje dos tonos más oscuro que el color de sus ojos.

La tela se adapta tan bien a su cuerpo que parece haberse moldeado de manera natural a su musculatura, sin necesidad de un sastre. Qasim es enorme, no solo porque es alto, sino porque posee esa clase de fuerza sólida, indestructible e invencible.

Desde el amplio pecho hasta los gruesos muslos que el pantalón del traje no consigue disimular, el hombre irradia una presencia tan dominante que tengo la intuición de que jamás necesita alzar la voz para que lo obedezcan.

Levanto la vista para mirarlo otra vez y ahora estudio su rostro.

Su cabello oscuro y espeso no tiene un solo mechón fuera de lugar, algo que, en mi opinión, combina perfectamente con su expresión fría.

¿Todo en él está bajo control?

Su mandíbula bien marcada y su nariz recta, un poco grande, forman un conjunto del que resulta casi imposible apartar la mirada.

Sin embargo, posee un tipo de belleza que me hace querer salir corriendo porque inspira peligro, como una fiera a la que uno se acerca imprudentemente y solo cuando ya es demasiado tarde comprende que su aparente calma es el resultado de un temperamento depredador, de una fuerza silenciosa.

Trago saliva con dificultad.

El hombre con el que estoy prometida no se parece en nada a como lo imaginaba.

Está a unos dos metros de distancia y, aun así, la forma en que me observa me mantiene inmóvil, como si su energía vital me envolviera físicamente.

—Kadri, ¿por qué sigues vestida así, niña? —dice mi abuelo, apareciendo detrás de nuestro invitado.

—Lo siento mucho, abuelo. —Aprovecho la oportunidad para mirar por encima del hombro de Qasim y escapar del campo magnético en el que me tenía atrapada—. Estaba preparando un poco más de caramelo para el kazandibi que hice de postre.

El rostro de mi abuelo se relaja al instante y siento un profundo remordimiento.

Él no merece mi actitud infantil. Sigo decepcionada porque organizó este matrimonio a mis espaldas, ya que, si ahora el motivo es una cuestión de supervivencia, cuando tomó esa decisión fue porque me consideraba incapaz de cuidar de mí misma.

Nada de eso, sin embargo, cambia el amor que siento por él.

—Si es la receta de tu abuela, entonces estás perdonada.

Odio que no estemos a solas. Siempre me emociona cuando compara mi comida con la de ella y no quiero que este hombre, para quien no soy más que un beneficio, un medio para alcanzar su verdadero objetivo, que es adueñarse de nuestra mina, presencie un intercambio de recuerdos entre mi abuelo y yo que solo debería pertenecernos a nosotros.

—Ahora regreso.

—No. Ya que estás aquí, quiero presentarte a Qasim Yavuz Aydin. Y Qasim, ella es mi nieta, Kadri.

Ninguno de los dos se mueve para estrechar la mano del otro.

Yo tampoco sonrío, porque acabo de decidir que este hombre no me agrada.

—Mucho gusto, señor Yavuz Aydin —digo con la voz de princesa con la que fui educada para hablar.

—¿Siempre recibes a tus invitados cubierta de azúcar? —replica, y su tono de voz es exactamente como él.

Fuerte y aterrador.

No habla en voz baja, pero, curiosamente, mi abuelo ya no parece prestarnos atención. Tiene la vista fija en la pantalla de su celular, como si acabara de recibir un mensaje.

—Estaba a punto de arreglarme.

—¿Tu abuelo no te dijo a qué hora llegaría?

Siento que el rostro me arde.

—Sí, y lamento muchísimo el retraso. Si me disculpa, regresaré enseguida.

Odio que mi voz suene sumisa y, si no supiera que por ahora estamos en manos de este hombre y dependemos de su protección, me encantaría decirle que, si tanto le molesta mi retraso, debería marcharse.

Sin embargo, aunque eso no empeorara el ya delicado estado de salud de mi abuelo, mi abuela, si aún viviera, se horrorizaría ante un comportamiento semejante. Le encantaba tener la casa llena, recibir invitados y tratarlos con la mayor hospitalidad.

—Baja en diez minutos.

Contengo el aliento, sin poder creer lo que acabo de oír.

—¿Qué?

—No querrás avergonzar a tu abuelo, jovencita. Una demora mayor a esta es intolerable.

Me muerdo el interior de la mejilla para no responderle de mala manera.

¿Entonces con este ogro tendré que casarme, cuando tengo a un príncipe como Ilgaz deseando una relación seria conmigo?

¿Cómo voy a sobrevivir a esta prueba? Aunque no vayamos a convivir, el hombre ha conseguido demostrarme quién es en apenas unos minutos.

—Ahora quedan nueve minutos, Kadri.

—Querida, ¿qué haces ahí parada? Ve a cambiarte.

La voz de mi abuelo me saca del trance y, sin decir una sola palabra a ninguno de los dos, salgo corriendo hacia mi habitación.

Ni siquiera entro al vestidor. Voy quitándome la ropa por el camino y, llena de rabia, me pongo el primer vestido que encuentro junto con unas sandalias de tacón medio.

¿Cómo voy a casarme con alguien, aunque sea en un matrimonio ficticio, si ese hombre ha conseguido que lo deteste sin siquiera esforzarse?

Voy al baño, me cepillo el cabello para quitar los restos de azúcar que aún tenía entre algunos mechones y me aplico rímel.

Muy bien, Kadri. Ya empezaste en desventaja comportándote como una niñita, que es exactamente lo que tu abuelo debió haberle dicho a Qasim que eras.

¿Y si intento convertir a Qasim en un aliado en lugar de enfrentarlo? Tal vez no exija casarse conmigo y acepte brindar su protección a cambio de la mina, sin que tengamos que llegar al extremo de un matrimonio por conveniencia.

Miro el celular sobre la mesa de noche cuando regreso a la habitación y noto que tengo una llamada perdida de Ilgaz.

Mi príncipe, el hombre indicado para mí.

Quizá todavía haya esperanza para nosotros y no todo esté perdido.

Lo único que necesito es hacerle entender a Qasim, el hombre con quien fui prometida, que ninguno de los dos tiene por qué sacrificarse en un matrimonio que no desea.

Él tendrá su mina; mi abuelo y yo, la protección.

Y, cuando ese nuevo acuerdo quede sellado, podré correr a los brazos de Ilgaz.