Capítulo 13
—Eso no fue lo que acordamos —le digo a Doruk por teléfono—. No tendría que verla antes de que cumpliera veinte años.
—¿Te parece razonable conocer a tu futura esposa apenas unos días antes de la boda? Kadri no reaccionó bien a mi propuesta.
¿Propuesta? Nosotros la negociamos. Pero ¿qué sentido tiene echárselo en cara con un contrato ya firmado y con un hombre que, solo por la forma en que respira al teléfono, parece estar más muerto que vivo?
—Suponiendo que acaba de decirle que su destino ya está decidido para los próximos años, ¿qué esperaba? Tiene diecinueve años y todavía no ha vivido nada. De un momento a otro descubre que va a casarse con un desconocido.
No quiero tener esta conversación con el maldito Zengin Okan. ¿Por qué me importa lo que esté sintiendo esa chiquilla si fue su propio abuelo quien la negoció?
En realidad, si él estuvo dispuesto a ponerle precio a su nieta, ella debería arrodillarse y dar gracias al cielo por ello. Conmigo, Kadri estará a salvo, ya que no tengo la menor intención de ponerle un dedo encima.
—No tuve otra opción. ¿Piensas echarte atrás? —pregunta.
—Soy un Yavuz Aydin. Mi palabra vale más que el dinero.
—Y, además, quieres la mina, por supuesto.
—¿Por qué otra razón habría hecho un trato con usted?
—Ya tuvimos esta conversación antes, Qasim. No quiero una guerra.
—¿Qué le pasa?
—Nada. Hoy me sentí mal, pero fue una falsa alarma. Después tuve una conversación muy emotiva con Kadri. Ella todavía no sabía que estoy enfermo.
—La chantajeó para que aceptara casarse.
—Llámalo como quieras. No me importa qué caminos tenga que recorrer para garantizar que mi nieta esté bien y segura. Tú eres mi última esperanza, Qasim, y por eso necesito que me asegures una vez más que, si me ocurre algo antes de que Kadri cumpla veinte años, te convertirás en su tutor legal.
—Ella no necesita un tutor legal, ya es una adulta, pero me convertiré en su tutor.
Si pudiera hacerme el favor de no morirse antes de la fecha prevista para la boda, se lo agradecería, completo en silencio.
—No tengo intención de morirme, no te preocupes —dice, como si pudiera leerme la mente—. ¿Te parece bien a las ocho de la noche, pasado mañana?
—Sí. ¿Hay alguna otra sorpresa para la que deba prepararme, además de que, faltando un año para que el contrato entre en vigor, usted ya esté incumpliendo su parte?
—Sé que no te agrado, ni yo ni mi apellido, Qasim, pero Kadri es inocente en toda esta historia. Intenta no odiarla ni herir sus sentimientos. ¿Es pedir demasiado?
—No tengo la costumbre de maltratar a las mujeres, ni siquiera a las que llevan el apellido Zengin Okan, Doruk. Mientras su nieta se comporte, todo irá bien.
Kadri
Dos días después
Cuando salí de la ducha, vi que Ilgaz me había enviado un mensaje preguntándome por qué no había contestado sus llamadas y si mi abuelo estaba bien.
Por mucho que me alegre que se preocupe por él después de que le mencioné la posible enfermedad de mi abuelo, el reproche por no haber respondido a sus llamadas me molestó.
Tal vez fue porque ya me sentía demasiado presionada por la promesa que mi abuelo me obligó a hacer: atar mi vida a la de un completo desconocido durante los próximos años.
O tal vez fue simplemente porque no me gustó su tono, incluso a través de un mensaje de texto. Lo cierto es que esperé hasta esta mañana para responderle.
“Pasé los últimos dos días hablando con mi abuelo. Lamento mucho no haberte respondido antes”.
Pulso el botón de enviar y me dispongo a bajar para pasar un rato con el abuelo, que hoy despertó de mejor ánimo, cuando suena mi teléfono.
Ilgaz llamando, aparece en la pantalla.
Suspiro.
—¿Hola?
—Kadri, ¿estás segura de que todo está bien?
No, porque voy a tener que cortar todo contacto contigo, aunque sea lo último que desee. También descubrí, al regresar de Suiza, que estoy comprometida con un hombre con el que nunca he hablado. Él “aceptó” casarse conmigo porque quiere nuestra mina de zultanita.
—Sí, todo está bien.
—Le mencioné a mi madre la posible invitación a cenar y se puso muy contenta.
No habrá ninguna cena.
Siento un dolor detrás de los ojos por las ganas de llorar.
No quiero casarme con ese tal Qasim. Creo que mi corazón ya tiene dueño.
—Tengo que colgar. Dale recuerdos a Elif de mi parte.
—Kadri, ¿qué está pasando?
—Te prometo que hablaré contigo con más calma después. Mi abuelo me está esperando ahora.
No le doy tiempo a responder. Dejo el teléfono en la cama y bajo corriendo las escaleras.
¿Y si le cuento al abuelo que creo que estoy enamorada de Ilgaz? ¿Y si él pudiera protegernos de los traficantes?
Sin embargo, hasta para mí esas ideas suenan irreales. No solo porque mi abuelo ya dio su palabra a ese tal Qasim, sino también porque ¿quién me garantiza que Ilgaz querría casarse conmigo? Él habló de noviazgo y de compromiso, no de un para siempre.
¿Y yo querría casarme con él?
No. Por más guapo y cariñoso que me parezca, y por mucho que esté casi segura de que me he enamorado, lo que realmente quiero, después de tantos años encerrada en un internado, es poder estar con mi abuelo y planificar la apertura de mi restaurante.
Pero, por ahora, no tengo derecho a elegir, porque jamás podría ser feliz ni vivir en paz sabiendo que a mi abuelo le ocurrió algo por mi culpa.