La novia intacta 31. Teresa. Diez meses después del juicio
97%

31. Teresa. Diez meses después del juicio

Àngels sube al piso del carrer de la Creu un martes por la mañana con la resolución impresa y me la deja encima de la mesa antes de quitarse el abrigo.

—Ha salido.

—¿Y?

—Confirma.

Son cuarenta y una páginas y la parte que importa está en la treinta y cuatro. Se lo hago decir a ella porque yo, después de tres años de esto, sigo sin entender del todo lo que estoy leyendo.

—El recurso de la acusación particular iba por dos sitios —dice—. Uno, que el jurado no motivó suficientemente por qué no dio por probado que usted se representara la muerte. Y dos, lo mismo con la segunda visita de su hija.

—¿Y?

—Y el tribunal dice que sí motivaron. —Se sienta—.

Teresa, esto no es un juicio otra vez. Ellos no vuelven a oír a los testigos ni a mirar a nadie a la cara.

Lo que miran es si el jurado explicó de dónde sacó lo que dijo, y si el magistrado aplicó bien la ley a los hechos que le dieron.

Y dicen que el acta del veredicto contiene una explicación suficiente: que el jurado se apoyó en que usted recibió la afirmación de que no respiraba, en que hizo una comprobación defectuosa y en que el sonido de las cero y diecinueve no permitía por sí solo concluir lo contrario.

—O sea que se acabó.

—Se acabó. La sentencia es firme. —Pasa una página—. Y por tanto también lo es la absolución de su hija por homicidio y su condena por el otro delito, que sigue suspendida.

—¿Y yo?

—Usted tiene tres años y la suspensión no cabe. El juzgado le va a requerir para que ingrese voluntariamente. Diez días.

Se queda un momento callada.

—Puedo pedir la suspensión por la petición de indulto, y no se la van a dar, y mientras la piden pasan cuatro meses. También puedo no pedir nada.

—No pida nada.

—De acuerdo.

—Àngels.

—Dígame.

—¿Cuánto le debo?

—Ya lo hablaremos.

—Es que no lo vamos a hablar nunca, y usted lleva tres años.

—Teresa, ya lo hablaremos.

Estos diez meses los he pasado casi todos aquí, en cuarenta y ocho metros, y he tenido que aprender a saber cosas por internet, que es una manera de saber horrible.

Los días uno y quince he ido al juzgado a firmar, que se hace en una ventanilla, se tarda tres minutos y hay que estar antes de las dos. He ido veinte veces. La funcionaria y yo hemos llegado a hablar del tiempo.

Sé que Varenne compró en la liquidación la marca, el dominio, el catálogo y el archivo, y que lo compró una sociedad nueva que se llama VLX Nupcial España, y que no compró ni el edificio ni una sola máquina.

Can Mirall lo compró un fondo de Barcelona que quiere hacer apartamentos y un hotel de veinte habitaciones, y hay una maqueta en su web donde el patio sigue estando y el atelier es un espacio de coworking.

Sé que abrieron el taller pequeño en un polígono de Vilablareix con diecinueve personas.

Y sé que hay un pleito, porque me lo contó Enric por teléfono en enero con una alegría rara, la alegría del que ya no tiene nada que perder.

Treinta demandantes. Las diecinueve que contrataron y once de las que se quedaron fuera.

Dicen que lo que se transmitió, en una marca de moda, es la marca, el archivo, el catálogo y el saber hacer, y que eso es una unidad económica que conserva su identidad, y que por tanto hubo sucesión y no debieron extinguirse los contratos.

La empresa dice que compró intangibles en una liquidación y que contrató de cero a quien quiso.

El juicio es en octubre del año que viene.

Entre las once que demandan desde fuera están Ivet Roca y Sandra Puig.

Marga trabaja dentro. En el pleito no está.

En julio, un domingo por la tarde, entré en la web nueva de la marca. Tiene un apartado que se llama Historia, con fotos en blanco y negro de las que hice yo escanear en dos mil catorce.

El segundo párrafo dice esto:

Casa Luján fue fundada en 1995 por las hermanas Teresa y Núria Luján Ferrán. Núria Luján obtuvo la primera financiación de la casa y dirigió su administración hasta 2013.

Con el acento y con la eñe.

Nuria y yo no hemos hablado desde aquella tarde en su comedor. Sé que declaró tres veces, que el fiscal no acusó y que el archivo de su parte se lo dieron hace catorce meses. Sé que vendió el piso de Bonastruc de Porta y que se ha ido a Roses.

La colección Intacta salió en marzo. Cuarenta y ocho unidades, dos modelos, y agotó la preventa en once días. En abril anunciaron la segunda entrega.

Ingreso el veintiséis de septiembre, a las nueve de la mañana, en el centro penitenciario Puig de les Basses, que está en Figueres, a cuarenta minutos de aquí.

Voy en taxi. Àngels quería llevarme y le dije que no.

Puedes entrar con ropa, con dinero hasta un límite, con libros sin tapa dura, con fotografías sin marco y sin nada que tenga cristal.

Llevo una bolsa de deporte que me compré para esto, porque no tenía ninguna, y dentro hay dos jerséis, cuatro camisetas, ropa interior, unas zapatillas, tres libros y una foto de mi madre en el taller de la calle Ballesteries.

En ingresos hay una mujer joven que me pide el DNI, me lee una lista de derechos y me pregunta si tengo tratamiento médico y si tengo alergias. Me pregunta si sé leer y escribir. Me pregunta si tengo hijos y de qué edad, y contesto que una, de treinta y dos, y ella lo teclea sin levantar la vista.

Después una funcionaria abre la bolsa encima de un mostrador de acero y va sacando las cosas de una en una y diciéndolas en voz alta para que las apunte la otra.

Coge uno de los jerséis, el gris, y lo levanta un momento.

—Esto es bueno —dice.

—Sí.

—¿Es lana?

—Lana y un veinte por ciento de cachemir. Tiene once años.

—Pues está nuevo.

—Es que no lo he lavado nunca en agua caliente.

Lo dobla otra vez, mal, y lo pone en el montón.

A las tres semanas me dan destino en la lavandería.

Son cuatro túneles industriales, dos secadoras de veinticinco kilos y una calandra, y trabajamos nueve mujeres en dos turnos.

Yo entro a las siete. El trabajo consiste en cargar, descargar, doblar y contar, y contar es lo importante, porque las sábanas van por módulos y si faltan tres sábanas alguien tiene un problema.

La calandra trabaja a ciento sesenta grados y planchamos con ella sábanas de algodón, que aguantan, y fundas de almohada de una mezcla que no aguanta y que sale de allí con un brillo que ya no se quita. Lo veo el primer día. No digo nada durante cinco semanas.

A la sexta se lo digo a la funcionaria del taller, que lleva veinte años aquí, y le explico que si baja veinte grados y pasa las fundas en el segundo tramo en vez de en el primero, no salen brillantes y duran el doble.

La funcionaria me mira.

—¿Y tú qué eras fuera?

—Modista.

—¿Y eso da dinero?

—A veces.

Bajó los grados. No me lo dijo, pero a la semana siguiente las fundas salían mates.

En diciembre una mujer del módulo cuatro me trajo unos pantalones para meterles el bajo.

Se los metí en el rato de la tarde, con una aguja del taller y con hilo que me dieron, y quedaron bien, y a los tres días había cinco mujeres esperando y a la semana catorce, y tuve que decir que no, y decir que no aquí dentro tiene un coste que fuera no tiene.

Ahora meto dos bajos por semana y no más, y los meto siempre a las mismas y por orden, y eso es lo que he tardado cuatro meses en aprender.

La carta de Marga llega en noviembre.

Es un folio doblado en tres, con su letra grande y las líneas cuesta arriba, dentro de un sobre con el remite escrito entero, con calle y número, que es la manera en que escriben las direcciones las personas que no escriben cartas.

Dice que ha empezado a hacer frío. Dice que en el taller nuevo son cuatro en la sala de plancha y que solo hay dos planchas de vapor y que se pelean.

Dice que la máquina que les han puesto no baja de ciento cuarenta grados en la posición dos, y que ella lo ha dicho tres veces, y que el raso doble a ciento cuarenta se aplasta y se queda con un brillo que no se va, y que ha empezado a poner un paño de algodón encima porque no le hacen caso.

Dice que las mesas son bajas y que al final del día se le carga la espalda.

Dice que se quedó las tijeras de su mesa, las de mango negro, y que las afiló en enero.

No dice nada más. No dice que lo siente, ni pregunta cómo estoy, ni menciona a Alba, ni menciona a nadie.

Al final pone: «Un abrazo, Marga.»

La contesto a los tres días. Le digo que ciento cuarenta es una barbaridad para un raso doble, que pruebe a poner el paño doblado en dos y no en cuatro, y que si el brillo ya está hecho no hay manera de quitarlo y que lo diga antes de que salga la prenda.

En el módulo hay una mujer de Palamós que se llama Fina y que lleva dos años y medio y sabe cómo funciona todo. El segundo día se sienta a mi lado en el comedor y me pregunta lo que le preguntan a todas.

—¿Y tú qué hacías fuera?

—Vestidos de novia.

Fina se queda pensando.

—¿Y eso se cobra bien?