32. Teresa. Última visita
Salgo del módulo a las once y hago cola en un pasillo con otras once mujeres. Se entrega el carné, se espera de pie veinte minutos y después una funcionaria va diciendo cabinas.
Las comunicaciones ordinarias son los martes y los sábados y hay que apuntarse el jueves anterior.
A mí me toca la seis.
Son ocho cabinas con un cristal, un taburete atornillado y un teléfono negro de pared. En la cinco hay una chica muy joven que llora desde antes de descolgar. En la siete, un hombre le está explicando a alguien cómo se hace una transferencia.
Alba está al otro lado con un abrigo claro y el pelo más corto. La última vez que nos vimos fue en un pasillo de la Audiencia, entre dos filas de gente, y no nos dijimos nada.
Antes de sentarse le da una carpeta al funcionario, que la abre, lee las tres hojas de dentro por encima y me la pasa por el paso de documentos.
Descuelgo el teléfono.
—Hola, mamá.
—Hola.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
—¿Comes?
—Se come mal, pero se come.
Y ahí se acaba lo que las dos sabemos decir, y quedan veintiocho minutos.
Miro las hojas.
Es un contrato de cesión de derechos de imagen y voz, redactado por un despacho de Barcelona, a favor de VLX Nupcial España, S.
L. U. Tiene una cláusula de garantías, un anexo con una descripción del proyecto y, en la última página, dos espacios de firma.
En el de la izquierda pone mi nombre completo y mi DNI, ya impresos.
El anexo dice que se trata de una pieza audiovisual de dieciocho minutos sobre los orígenes de la casa, con material de archivo, entrevistas y registro sonoro de época.
—Registro sonoro de época —digo.
—Sí.
—¿Cuánto sale?
—Cuarenta y un segundos.
Nos quedamos las dos calladas. En la cabina cinco la chica ha dejado de llorar y ahora habla muy deprisa, en rumano o en algo parecido.
—El aparato me lo devolvieron en febrero —digo—. Cuando quedó firme. Está en casa de Àngels, en una caja, y no lo ha tocado nadie.
—Ya lo sé.
—Entonces lo que van a poner no es eso.
—No.
—Es el tuyo.
Alba se cambia el teléfono de oreja.
—Sí.
Y ya está. Así se acaba una cosa que yo he tardado tres años en no preguntar.
—Tu tía salió once minutos —digo.
—Sí.
—Figueres. Cincuenta y ocho euros, en julio.
Alba no se mueve.
—Llevabas tres años entrando en esa cuenta —dice— y nunca me preguntaste qué era.
Se lo apunta como se apuntan las cosas en una negociación, sin subrayarlo, y tiene razón, y por eso duele.
—¿Y por qué no lo destruiste?
—¿Por qué no lo destruiste tú?
No contesto a eso.
—Ellos lo saben.
—Ellos tienen una licencia con garantías firmada por mí —dice—. Yo les garantizo que puedo cederlo y respondo si no puedo. Sus abogados han mirado eso y lo han dado por bueno.
—Y entonces para qué me traes esto.
—Porque prefieren que estés tú.
—¿Prefieren?
—Es una pieza sobre una casa que fundó una mujer y en la que se oye a su marido morirse.
—Habla con la voz de trabajo, la de las entregas—.
Si la fundadora firma, es un documento. Si la fundadora no firma, es otra cosa que ya se les ha ocurrido a los de comunicación. No es imprescindible. Reduce el ruido.
—O sea que no lo necesitáis.
—No.
Paso a la segunda hoja y la vuelvo a pasar.
—Te voy a preguntar una cosa —digo.
—Dime.
—Aquella noche, ¿te dio la contraseña?
Alba no baja los ojos.
—Tuvo tiempo de dármela.
—No te he preguntado eso.
—Es lo que te voy a contestar.
Y ahí está otra vez, tres años después, la misma frase con la misma forma.
No dice que no se la dio. No dice que se la pidió.
Dice que él tuvo tiempo, que es una manera de admitir que estuvo delante y a la vez de no decir nada que sirva, y lo dice desde el otro lado de un cristal, a una mujer que cumple tres años y a la que ya nadie va a creer.
—No fue una prueba, Alba —digo—. Fue una contraseña, una compraventa y una ambulancia que no llamaste.
Alba se queda quieta unos segundos.
—Se estrena el jueves —dice—. Con tu firma o sin ella.
—Ya lo sé.
Doblo las tres hojas por donde venían dobladas, me levanto y se las paso al funcionario por el paso de documentos.
—¿Va firmado? —pregunta él, que tiene que anotarlo.
—No.
Vuelvo a sentarme y descuelgo otra vez, porque quedan siete minutos y las comunicaciones se cortan solas.
Hablamos de otras cosas. Le pregunto por el pleito de las treinta y me dice que va para largo, que la vista se ha señalado dos veces y se ha suspendido dos veces, y que su abogado dice que hasta el año que viene nada.
Le pregunto si ha visto a su tía y me dice que no.
Le pregunto por la casa del director y me dice que la han tirado por dentro y que van a hacer seis apartamentos.
—¿Y la escalera de hierro?
—Esa la dejan. Sale en el proyecto.
—Ah.
Le digo que Marga me escribió en noviembre y que se queja de las planchas, y Alba dice que en Vilablareix las planchas son de la marca mala, que ella lo dijo y que no le hicieron caso, y durante medio minuto las dos estamos hablando de una temperatura de planchado con el interés de las que saben.
Después se acaba.
A las doce menos cinco suena el aviso.
Se levanta, se pone el bolso y la carpeta bajo el brazo, y levanta la mano un momento, y se va.
El jueves la ponen a las ocho de la tarde.
En la sala del módulo hay un televisor grande en la pared y dos filas de sillas, y a esa hora casi siempre hay concurso. Fina lo pone porque yo se lo pido, y las tres o cuatro que estaban viendo el concurso se quejan y se van a la otra sala.
Dura dieciocho minutos.
Salen las fotos del taller de la calle Ballesteries, las que escaneamos en dos mil catorce.
Sale una entrevista con Elena Buendía en el taller nuevo, con una mujer cosiendo detrás y desenfocada, que no sé quién es.
Sale un plano de las cajas de patrones del archivo.
Sale mi hermana, sentada en una terraza de Roses, con un rótulo debajo que dice cofundadora, hablando del primer crédito y del piso que hipotecó, y lo cuenta bien y está guapa.
Y en el minuto once, sobre un fundido a negro, sale el sonido.
Han limpiado el ruido de fondo. Se oye mucho mejor que en el original. Se oye a un hombre que dice por favor y dice que llame a una ambulancia, y se oye una voz de mujer, más lejos del micrófono, que dice que espere.
Cuarenta y un segundos.
Después entra una música y una voz en off que habla de mujeres que sostienen las casas.
Fina, que se ha quedado sentada a mi lado sin decir nada, se levanta cuando salen los títulos y va a cambiar de canal.
—¿Ya? —dice.
—Ya.
El papel se lo llevó ella el martes, con la línea de abajo vacía.