La novia intacta 30. Teresa. Veintidós meses después
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30. Teresa. Veintidós meses después

Día tres

La sala de vistas de la Audiencia Provincial de Girona tiene el techo alto y unas cortinas verdes que no cierran bien, así que a media mañana entra una raya de sol que va cruzando el estrado.

El jurado son nueve personas y dos suplentes.

Están a mi derecha, en dos filas, con una carpeta cada uno y una libreta que les dieron el primer día.

El número cuatro es un hombre de unos sesenta que se ha traído su propio bolígrafo.

La número siete es una chica joven que no ha levantado la vista de sus manos en tres días.

Alba y yo estamos sentadas a dos metros y medio la una de la otra. No hemos hablado desde hace veintidós meses.

Detrás, en el banco de las acusaciones, está Carmen Rivas con su abogado, un hombre de Madrid que se llama Ordóñez y que ha traído tres cajas de documentación.

El tercer día me toca a mí.

Mi abogada me pregunta primero. Vamos por el orden que preparamos: la llamada, la llegada, el pulso, el traslado, el archivo, el pasador, el golpe de las cero y diecinueve.

Contesto lo mismo que declaré en la comisaría y lo contesto casi con las mismas palabras, porque lo he leído tantas veces que ya no sé decirlo de otra manera.

Cuando Àngels termina, se levanta Ordóñez.

—Señora Luján, ¿usted sabe distinguir un tejido bueno de uno malo tocándolo con los ojos cerrados?

—Protesto —dice Àngels.

—Va a tener sentido, señoría.

—Conteste —dice el magistrado.

—Sí.

—¿Con los ojos cerrados?

—Sí.

—¿Y sabe cuándo una clienta va a llorar antes de que llore?

—A veces.

—A veces. —Ordóñez busca un papel—. Voy a leerle algo que dijo usted el sábado catorce, a las cuatro de la tarde, en su primera declaración.

Consta en el folio ciento doce. Le preguntan cómo movió el cuerpo y usted contesta, y cito: «Con el carro de colección.

Ese carro es bajo. Lo diseñamos así porque cargamos trenes de cuatro metros y no se pueden levantar.

Y yo tengo la espalda hecha polvo desde el noventa y ocho.

En esta casa no levanto nada. Todo lo muevo con ruedas. »

Deja el papel.

—¿Es suyo?

—Sí.

—Nadie le había preguntado por su espalda.

—No.

—Usted lo añadió.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque estaba explicando una cosa que no era verdad y quería que sonara bien.

Ordóñez asiente despacio, para el jurado y no para mí.

—Vamos a la nuca, señora Luján. En su declaración del viernes veintisiete dice usted que al cruzar el umbral sostuvo la cabeza del señor Rivas con la mano derecha abierta, la palma en el nacimiento del pelo, y que notó calor y notó una reacción.

—Sí.

—Una reacción.

—Un tirón. Hacia arriba.

—¿Y qué pensó?

—Que era la rueda.

—Usted tiene cincuenta y nueve años y lleva treinta llevando carros por ese pasillo. ¿Cuántas veces ha empujado usted un carro por encima de ese listón de latón?

—Muchas.

—¿Miles?

—Sí.

—Y esa noche, con miles de veces detrás, con la mano abierta en el cuello de un hombre caliente, ¿su conclusión fue que era la rueda?

—Sí.

—¿La creyó?

Y aquí me quedo callada un rato, y en el silencio se oye el bolígrafo del número cuatro.

—No lo sé —digo.

—Le voy a hacer la última. ¿Por qué no abrió esa puerta a las cero y diecinueve?

—Porque no quise saberlo.

—¿Y sabía usted que si abría esa puerta podía haber un hombre vivo detrás?

Àngels se levanta.

—Señoría, esa pregunta pide a la acusada que declare sobre su propia representación mental, que es precisamente el objeto del veredicto.

—Se admite la protesta —dice el magistrado—. Reformule.

Ordóñez sonríe un poco y se sienta.

—No hay más preguntas.

Día cinco

Carmen Rivas declara el viernes por la mañana. Como es acusación particular declara desde su sitio y no desde el estrado, y la interroga primero su propio abogado, que es una cosa rara de ver.

Está más delgada. Lleva el mismo abrigo.

Ordóñez le pregunta por el ordenador.

—Mi hijo me lo dejó el jueves —dice ella—. El jueves anterior. Vino a cenar y por la mañana, antes de irse, me lo puso en las manos y me dijo que se lo guardara unos días y que no lo abriera.

—¿Y lo abrió?

—El sábado.

—¿Por qué?

—Porque el sábado por la mañana me llamaron de Girona para decirme que estaba muerto y por la tarde me llamó el despacho para decirme que estaba suspendido de empleo y sueldo. —Tiene las manos en el regazo—. Y yo necesitaba saber de qué iban a acusarle.

—¿Qué encontró?

—Encontré una aplicación abierta. De las de buscar el móvil. —Traga—. Ponía que el teléfono estaba desconectado desde la madrugada. Y mientras yo lo estaba mirando, a las once y once de la noche del sábado, se puso en verde. Se conectó.

—¿Qué vio exactamente?

—Un punto en un mapa y una dirección debajo. Una calle de Girona con un número.

—¿Sabe usted de quién era esa dirección?

—Ahora sí. Entonces no.

—¿Cuánto tiempo estuvo en verde?

—Dos o tres minutos. Luego volvió a poner desconectado.

—¿Llamó usted a alguien?

—No.

—¿Por qué no?

Carmen tarda.

—Porque estaba esperando un papel del despacho de mi hijo.

—Habla despacio y muy claro, y no mira a nadie—.

Un correo diciendo que seguía siendo empleado suyo cuando murió.

De eso dependía un seguro de cuatrocientos veinte mil euros y un préstamo de sesenta mil que avalé yo.

Y en ese ordenador había cosas que él había hecho mal, cosas de su trabajo, y yo pensé que si lo entregaba antes de tener el papel, no me lo daban.

—¿Cuándo lo entregó?

—El lunes por la tarde. Cuando me llegó la certificación.

—Señora Rivas, ¿usted es consciente de lo que significan esas cuarenta y ocho horas?

—Sí.

—Explíqueselo al jurado.

—Que si yo llego a llamar el sábado a las once y cuarto de la noche —dice—, la policía podía haber ido a esa dirección esa misma noche y haber cogido el teléfono. Y el teléfono no apareció nunca.

Se calla. Nadie dice nada durante unos segundos.

—¿Quiere añadir algo?

—Que lo hice yo. Que nadie me lo pidió y que no me engañó nadie. —Se le mueve la barbilla una vez y la para—. Yo esperé dos días por un papel.

Cuando le toca a la defensa de Alba, el abogado se levanta y hace tres preguntas.

—Señora Rivas, ese dato que usted vio el sábado por la noche, ¿dice a quién pertenece el teléfono?

—Dice dónde está.

—¿Dice quién lo tiene en la mano?

—No.

—¿Y dice quién lo tenía en la mano cuarenta y siete horas antes, a las cero y treinta y cinco del sábado?

—No.

—Gracias.

Día seis

La forense declara por la mañana y el neurocirujano por la tarde, y los dos dicen lo mismo con distintas palabras durante cuatro horas.

Hematoma subdural agudo por sangrado venoso lento. Deterioro progresivo. Ventana terapéutica amplia al principio y que se cierra deprisa al final. Con evacuación quirúrgica en las primeras horas, supervivencia probable. La muerte se produce entre la una y media y las tres.

Ordóñez le pregunta a la forense por los siete minutos.

—Doctora, entre las veintitrés treinta y tres y las veintitrés cuarenta, el señor Rivas estuvo en el suelo del salón de pruebas con una persona al lado que no llamó a emergencias. Siete minutos. ¿Puede usted atribuir la muerte a esos siete minutos?

—No.

—¿Ni siquiera parcialmente?

—Puedo decirle que en esos siete minutos la lesión progresaba.

No puedo decirle que el resultado habría sido distinto si esa llamada se hace en el minuto tres en vez de en el minuto sesenta.

Estadísticamente, el intervalo que determina el desenlace en este tipo de lesión se mide en horas, no en minutos.

—¿Y las horas siguientes?

—Las horas siguientes son las que determinan el desenlace.

Un paciente con este cuadro, envuelto, trasladado a un espacio cerrado y sin asistencia durante más de tres horas, tiene una probabilidad muy alta de morir.

Y la manipulación con la cabeza sin sujeción firme, en un traslado, puede agravar un sangrado venoso.

Después se levanta la defensa de Alba.

—Doctora, ¿puede usted decir si a las cero y treinta y cuatro el señor Rivas todavía era salvable?

—Probablemente sí.

—¿Puede decir quién estaba en esa habitación a las cero y treinta y cuatro?

—No, claro que no.

—¿Puede decir si alguien lo estaba?

—No.

—Gracias, doctora.

Y esa es toda la pericial. Cuatro horas y dos frases.

Día once

El objeto del veredicto son once páginas y treinta y una proposiciones, y el magistrado se las lee al jurado en voz alta el martes por la mañana antes de que se retiren.

Tarda cincuenta minutos. Es lo más aburrido y lo más importante de todo el juicio y en la sala hay cuatro periodistas y ninguno escribe.

Deliberan diecinueve horas.

El veredicto se lee el miércoles a las doce y cuarto. Lo lee el portavoz, que es el número cuatro, el del bolígrafo, y le tiembla la voz en la primera proposición y luego ya no.

Declaran probado que Alba Luján Vilanova empujó a Mateo Rivas en el curso de un forcejeo, sin intención de causarle daño, y que a consecuencia de ello cayó y sufrió una lesión craneal. Nueve votos.

Declaran probado que Alba Luján Vilanova comprobó que respiraba, que no solicitó asistencia sanitaria y que llamó a su madre. Nueve votos.

Declaran no probado que Alba Luján Vilanova regresara al archivo de tejidos después de las cero horas y diecinueve minutos. Siete votos contra dos.

Declaran probado que Teresa Luján Ferrán acudió al lugar, realizó una comprobación manifiestamente insuficiente, participó en la limpieza, envolvió y trasladó el cuerpo a un espacio cerrado, retiró el mecanismo de bloqueo, participó en la redacción de un mensaje destinado a simular una fuga y oyó a las cero horas y diecinueve minutos un sonido procedente del archivo sin comprobar su origen. Nueve votos.

Declaran no probado que Teresa Luján Ferrán se representara la posibilidad real de que Mateo Rivas siguiera vivo y aceptara su muerte. Siete votos contra dos.

Declaran probado que la privación de asistencia derivada del traslado y la ocultación contribuyó de manera determinante al fallecimiento. Nueve votos.

En la parte de Gonzalo Vilanova declaran probado que Teresa Luján Ferrán retrasó la llamada a emergencias y alteró la posición del cuerpo, y no probado que una llamada inmediata hubiera evitado el fallecimiento.

Culpabilidad. Alba Luján Vilanova, no culpable de homicidio y no culpable de homicidio por imprudencia. Culpable de omisión del deber de socorro. Siete a dos.

Teresa Luján Ferrán, no culpable de homicidio doloso. Culpable de homicidio por imprudencia grave. Nueve.

La sentencia la dicta el magistrado-presidente once días después y nos la leen en una sala pequeña, sin jurado y sin periodistas.

A mí, tres años de prisión por homicidio por imprudencia grave, más la responsabilidad civil.

En cuanto a los hechos de dos mil siete, absolución: no puede reconstruirse dieciocho años después que una llamada inmediata hubiera evitado la muerte, el cuerpo fue incinerado y la atención inicial se documentó bajo una caída accidental.

Las infracciones autónomas que podrían haberse apreciado están prescritas.

A Alba, dieciocho meses por omisión del deber de socorro agravada por haber sido ella quien causó el accidente. Sin antecedentes, satisfecha la responsabilidad civil y con pronóstico favorable, se suspende la ejecución durante tres años.

Sale por la puerta principal. Yo salgo por la de atrás porque hay cámaras.

Ordóñez anuncia recurso en el mismo pasillo, delante de dos micrófonos, y dice que su clienta lo va a llevar hasta el final.

Once días después, un lunes, Varenne Luxe España comunica la incorporación de Alba Luján Vilanova como consultora creativa de la marca Casa Luján.