29. Teresa. De la semana siguiente al cierre de Can Mirall #3
Los libros son de tapa dura y de tres colores según el año, y los rellené yo hasta el dos mil dos con una pluma que ya no tengo. En la página de Pilar hay una nota mía al margen que dice «buena mano, mirar en enero». Tenía veintitrés años cuando escribí eso.
Firmo abajo. Cristina me pide el DNI para el testimonio.
A la una y media, cuando ya quedan quince o veinte personas, Ivet cruza el patio con una caja de plástico de las de la mercería y me ve en el porche y se para.
—Buenos días.
—Buenos días, Ivet.
Y no dice nada más. Se queda un momento con la caja apoyada en la cadera, buscando algo que decir que no sea ni una acusación ni un consuelo, y no lo encuentra, y sigue andando.
Rosa se acerca cuando ya casi no queda nadie. Lleva el sobre sin abrir.
—Le queda mal la chaqueta —me dice.
—Es de otra época.
—Ya.
Se queda un momento.
—Al final tenía usted razón —dice—. Lo del taller.
—No tenía razón, Rosa. Lo que dije es que si se vendía se acababa el taller. Y no se ha vendido.
—Ya. Bueno.
Se va con el sobre en la mano y no lo abre en todo el rato que la veo cruzar el patio.
Siete meses después
El administrador concursal se llama Ramon Prat, tiene un despacho en Barcelona y viene a Can Mirall una vez cada quince días con una carpeta y un teléfono que no para.
Me requiere en mayo por escrito para dos cosas.
Una, entregar la llave del archivo de tejidos, que sigue en mi llavero porque nadie se acordó de pedírmela.
Y dos, identificar, pieza por pieza, qué parte del contenido del archivo es fondo histórico de la casa y qué parte es existencia comercial, porque para el inventario de liquidación no valen lo mismo.
Es lo único que sé hacer que todavía le sirve a alguien.
Estoy tres días con eso. Un chico de la empresa de tasación va delante con una tableta y yo voy detrás diciendo lo que es cada cosa.
Esto es un raso doble de Como del noventa y siete, quedan once metros, esto no se vende, esto es archivo.
Esto es un tul de nylon de hace tres años, esto es existencia.
Esto es un encaje de Calais de mil novecientos setenta y dos que compró mi hermana en un cierre en Lyon, esto es archivo.
El chico apunta y no pregunta nada.
El día de la entrega de llaves es un jueves de mayo, a las nueve de la mañana. En el patio hay un camión de una empresa de subastas industriales y dos operarios cargando cabezales de máquina de coser envueltos en plástico de burbujas.
Las máquinas van por lotes. El lote cuatro son once máquinas de la unidad de confección, las que llevaban pegatina roja desde octubre. Una de ellas es la de Sandra Puig. Lo sé porque tiene una pegatina de una banda de música en el lateral, debajo del cabezal, y porque un día le dije que la quitara.
Marga está allí. Ha venido a devolver su juego de llaves y se ha quedado.
A las diez y media llega Prat con una mujer de Varenne.
Se llama Elena Buendía, lleva la parte de operaciones en España y ha venido tres veces desde marzo.
Vienen a ver el archivo, porque Varenne va a pujar por los intangibles en la liquidación y quiere ver de una vez qué hay dentro de eso que llaman fondo histórico.
Los llevo yo. Estoy media hora enseñándole a esa mujer las cajas de patrones de treinta años y las carpetas de bocetos y los libros de pedidos escritos a mano, y ella hace fotos con el móvil y dice dos veces que es impresionante y una vez que es una barbaridad.
Al salir, en el pasillo, se para y se dirige a Marga.
—Usted es Vidal, ¿verdad? La jefa de taller.
—La que era.
—Le quería preguntar una cosa. —Elena Buendía habla deprisa y con simpatía—. Si esto sale adelante como esperamos, nosotros abrimos un taller pequeño aquí, de prototipado y arreglos. Diecinueve personas. Todo con contratos nuevos, con otra sociedad, empezando de cero, eso se lo digo claro.
—Ya.
—Yo no conozco a nadie. Necesito una lista de nombres para empezar a mirar. Preliminar, sin ningún compromiso. Once o doce y luego ya vamos viendo.
Marga se limpia las manos en el pantalón.
—¿Ahora?
—Cuando pueda.
—Ahora se la hago.
Coge del suelo una de mis hojas de inventario, de las que llevo escribiendo tres días, una que ya está usada por delante, y la apoya en la pared, y escribe.
Escribe once nombres en columna. Pilar Casals. Rosa Antón. Montse Ferrer. Encarna Boix. Y sigue.
—Estas cuatro de aquí saben aplicar encaje a mano —dice mientras escribe—. Esto no lo tiene nadie más. Aprenderlo son dos años al lado de alguien que ya sabe.
—Perfecto.
—Y esta de aquí, Bet, no es de taller, es de administración, pero si van a montar algo van a necesitar a alguien que sepa dónde está todo.
—Muy bien.
Marga termina. Mira la hoja. Añade dos nombres más abajo y luego se queda parada con el bolígrafo levantado unos segundos.
Después le da la vuelta y se la entrega.
Elena Buendía la lee por encima, saca el móvil, le hace una foto y se la devuelve.
—Gracias. Esto me ayuda mucho.
Marga dobla la hoja en dos y se la guarda en el bolsillo del pantalón.
Fuera, en el patio, los operarios han terminado con el lote cuatro y están atando las máquinas con cinchas contra el lateral del camión.
Vuelvo al archivo. Quedan dos estanterías y media.