La novia intacta 29. Teresa. De la semana siguiente al cierre de Can Mirall #2
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29. Teresa. De la semana siguiente al cierre de Can Mirall #2

La asamblea es a las diez, en el patio, porque en el atelier ya no cabe nadie de pie: han empezado a apilar cosas. Del suelo han quitado la cal de la carpa con una máquina de agua a presión en noviembre, para una visita de un posible inversor que no llegó a bajar del coche.

Hay setenta y cuatro personas. Hace ocho grados. Cristina habla desde un taburete con una carpeta y no tiene micrófono, así que las de atrás se van acercando poco a poco y al final es un corro.

Explica que el periodo de consultas del segundo expediente, el de las ochenta y seis extinciones, se cerró sin acuerdo.

Que las cartas se entregan hoy y mañana.

Que la indemnización legal es de veinte días por año con un tope de doce mensualidades.

Que la mejora de cuarenta y cinco días que se pactó en octubre estaba condicionada a la operación y por tanto no existe.

Que la empresa no tiene con qué pagar. Que la vía es el Fogasa, con sus propios topes, y que el Fogasa tarda entre ocho meses y un año.

Alguien pregunta si eso son ocho meses o un año.

—No lo sé —dice Cristina.

—¿Y de qué depende?

—De la carga que tenga el organismo.

—¿Y eso lo puede mirar usted?

—No.

Se levanta una mano en la tercera fila. Es Montse, que lleva veintiún años y que en veinte asambleas ha preguntado dos veces.

—¿El tope ese de doce mensualidades es de mi sueldo o del que dice la ley?

—Del suyo, hasta un límite.

—¿Y cuál es el límite?

Cristina lo dice. Es el doble del salario mínimo diario, multiplicado por los días que correspondan, con un máximo de ciento ochenta días.

Lo dice bien y lo dice despacio y hay que decirlo tres veces, porque nadie en ese patio ha oído nunca la expresión «doble del salario mínimo interprofesional diario» y porque, cuando se traduce a euros, la mayoría hace la cuenta y no le sale.

—O sea que a mí, de treinta y un mil, me pagan diez.

—Aproximadamente.

—¿Y los otros veintiuno?

—Los otros veintiuno son un crédito contra la empresa.

—¿Y eso qué es?

—Es un derecho que usted tiene y que se cobra si hay dinero.

—¿Y hay dinero?

Cristina tarda un segundo.

—No.

Hay un silencio distinto de los otros. Alguien tose. Al fondo, contra la pared del muelle, dos mujeres se han sentado en una caja de flejes y una de ellas se ha puesto a llorar sin sonido, con el móvil todavía en la mano, y la otra le sujeta el codo y mira al frente.

Después vienen las preguntas prácticas, que duran cuarenta minutos y que son todas la misma pregunta.

Si el paro empieza cuando le den la carta o cuando cobre.

Si tiene que ir a la oficina antes de quince días o antes de un mes.

Si le cuenta el mes de vacaciones que no ha hecho.

Si puede coger otro trabajo mientras espera el Fogasa.

Si le van a mandar algo a casa o tiene que venir a buscarlo.

Si el certificado de empresa se lo dan hoy.

Si lo de la hipoteca se puede parar con esto, que lo ha oído en la radio.

Cristina contesta lo que sabe y dice cuatro veces que eso lo tiene que mirar. Nadie se enfada con ella. Se enfadan cuando se van, en el aparcamiento, en grupos de tres.

Juli está en una mesa plegable junto a la pared del muelle con dos cajas de sobres, un taco de cartas y un bolígrafo. Firma una por una. Va llamando por apellido y la gente se acerca, coge su sobre y firma el recibí en una hoja con casillas.

No hay nadie en administración. Bet salió el veinte de diciembre en el primer grupo y ahora trabaja en una gestoría de Salt.

Así que las cartas las ha impreso Juli, las ha metido en los sobres Juli y las está entregando Juli, que es director financiero y que tarda tres minutos por persona porque cada una le pregunta algo.

A la vigésima se le acaba la tinta del bolígrafo y no hay otro, y hay que esperar cuatro minutos a que Marga suba al atelier y baje con un rotulador de marcar patrones, y las cartas restantes van firmadas en violeta.

Encarna es la decimoséptima.

—Juli.

—Dime.

—Lo mío. Los once mil.

—Están.

—¿Cómo que están?

—Están en el cálculo. —Le enseña la hoja—. Mira, aquí. Se te computa sobre jornada completa, como dijimos en octubre. Tu indemnización son treinta y un mil doscientos.

—Ya. ¿Y cuándo los cobro?

Juli deja el bolígrafo.

—Encarna, esto ahora es un crédito. Tú tienes un crédito contra la empresa. Una parte va a ir con privilegio y otra parte no, y luego está el tope del Fogasa, que es más bajo que tu indemnización, o sea que…

—¿Cuándo los cobro?

—No lo sé.

—Vale.

Coge el sobre, firma el recibí y se aparta. No se va. Se queda a un lado, con el sobre en la mesa, sin abrirlo, mirando cómo llaman a la siguiente. Está así una hora y veinte.

Yo estoy en el porche del muelle con los cuatro libros de nóminas en las rodillas y una hoja de Cristina que voy rellenando a mano.

Pilar Casals, entrada 16 de septiembre de 1996, excedencia del 12 de enero de 1999 al 4 de julio de 2000, sin liquidación, continuidad.

Rosa Antón, entrada 3 de marzo de 1999. Y así once.