29. Teresa. De la semana siguiente al cierre de Can Mirall
El sábado siguiente
A Enric le llamé el viernes a las diez de la noche, desde el coche, en el parking de la plaza, antes de arrancar. Le dije tres frases y colgué. A las diez y veinte me llamó él a mí y no se lo cogí.
El sábado bajo al patio a las nueve y diez y ya lo sabe todo el mundo.
No hay nadie trabajando, porque es sábado, pero hay tres coches: el de Juli, el de Enric y el de Alba. Y está Marga, que ha venido en autobús desde Salt y que está de pie junto al muelle con el abrigo puesto y sin entrar.
Juli me alcanza en mitad del patio.
—¿Es verdad?
—Sí.
—¿Todo?
—Todo.
Se queda quieto un momento con las manos en los bolsillos del anorak, mirando el suelo, y yo veo cómo hace la cuenta, porque a Juli se le ve hacer las cuentas.
—El lunes no hay notaría —dice.
—No.
—Y el lunes vence el waiver.
—Sí.
—O sea que el lunes por la tarde Rocamora puede pedir los seis coma dos.
—Sí.
—Vale. —Levanta la cabeza—. ¿Puedo hacerle una pregunta y me contesta de verdad?
—Sí.
—¿Lo tenía decidido el jueves, cuando estuvimos en su despacho con el papel?
—No.
—¿Y el viernes a la una, cuando yo le dije que no le cambiaba una coma?
—Tampoco.
Juli asiente despacio.
—Es que si me lo llega a decir, yo el jueves habría llamado a Rocamora y le habría pedido treinta días en vez de ocho. —Se pasa la lengua por los labios—. Ahora ya no.
—Juli.
—No, si no le estoy reprochando nada. —Y es verdad que no—. Le estoy diciendo lo que yo habría hecho con la información. Eso es todo lo que sé hacer.
Se va hacia las oficinas. A los cuatro pasos se para y se vuelve.
—¿Sabe qué es lo peor? Que yo el lunes tengo que ir igual a esa notaría a decir que no firmamos. Y voy a ir yo, no usted.
Enric no sale del coche. Baja la ventanilla cuando paso por delante y me mira desde dentro, con el cinturón todavía puesto.
—Tere.
—Enric.
—¿Estás bien?
—No.
—Ya. —Golpea el volante dos veces con la palma, sin fuerza—. Voy a tener que convocar consejo el lunes y voy a tener que decir cosas.
—Dilas.
—Es que hay cosas que voy a tener que decir de ti.
—Enric, dilas.
Sube la ventanilla y se queda dentro del coche otros diez minutos y luego se va sin bajarse.
Marga sigue junto al muelle.
Voy hacia ella y ella no se mueve, y cuando estoy a tres metros levanta una mano, no para saludar, para que no siga andando.
—Ahí está bien —dice.
Me paro.
—¿Se lo ha contado usted a la policía?
—Sí.
—¿Todo?
—Todo.
—¿Y sabía usted lo que pasaba el lunes?
—Sí.
Marga se queda mirándome. Tiene sesenta y un años, lleva treinta conmigo y me ha corregido las manos cientos de veces, y ahora está a tres metros y no piensa acercarse.
—Rosa se iba a llevar cincuenta y ocho mil —dice.
—Ya lo sé.
—Y Encarna treinta y uno.
—Ya lo sé.
—No, si yo entiendo que hay que decir la verdad. Yo eso lo entiendo. —Se ajusta el bolso en el hombro—. Lo que no entiendo es que lo dijera usted el viernes a las cuatro y no el lunes a las once.
—Marga…
—El lunes a las once. Firmábamos, entraba el dinero, y el martes usted iba y decía lo que le diera la gana, y a mí me daba igual, y a Rosa le daba igual. —Le tiembla un poco la voz y no la deja—. Dos días. Dos días.
—El comprador no habría entrado.
—Eso no lo sabe usted.
—Sí lo sé.
—Pues yo no. Yo lo único que sé es que llevo treinta años poniéndole el paño a las cosas de esta casa para que no se estropeen.
Se da la vuelta y se va andando hacia la parada, que está a un kilómetro y medio, y no le ofrezco llevarla porque sé que no me dejaría.
Alba está en el atelier, sentada en el taburete alto de Marga, con el abrigo puesto y el móvil en la mano.
—Buenos días —digo.
No contesta.
Me quedo de pie al otro lado de la mesa de corte, en el sitio de siempre, y estamos así casi un minuto.
—¿Has dicho lo del teléfono? —dice al final.
—Sí.
—¿Y lo de las once y cincuenta y dos?
—He dicho que la cronología la escribiste tú y que la hora no era cierta.
—Vale.
Se baja del taburete. Coge el bolso. Va hacia la puerta y se para a dos metros de mí, y me habla mirándome, con la voz de trabajo, que es la que yo le enseñé.
—Te van a preguntar por qué el martes dijiste una cosa y el viernes otra.
Te lo van a preguntar el fiscal, el juez y el abogado que se ponga enfrente, y te lo van a preguntar dentro de dos años delante de nueve personas.
—Se cuelga el bolso—. Piensa una respuesta que no sea que te arrepentiste, porque esa no vale.
Y se va.
Es la última vez que hablo con mi hija hasta el juicio.
Una semana después
El piso lo encuentra Àngels a través de una compañera. Está en el carrer de la Creu, es un segundo interior, tiene cuarenta y ocho metros, muebles de alquiler y un radiador eléctrico en el baño. Setecientos al mes.
Enric me lo explicó el domingo por teléfono, muy despacio, como se explican las cosas a alguien enfermo.
La casa del director es un inmueble de la sociedad.
Yo he vivido ahí veintiséis años y he pagado una renta simbólica que consta en las cuentas, y a partir del momento en que la sociedad entra en dificultades, cualquier cosa que yo tenga de la sociedad se convierte en un problema para todos, incluida yo.
Así que el martes hago catorce cajas y me llevo cuatro.
Alba la detienen el lunes a las siete y veinte de la mañana en su piso de Girona.
Eso lo sé porque me llama Àngels a las nueve menos cuarto. No lo veo, no estoy delante, no me llama nadie de la familia y no hay nadie de la familia que me pueda llamar.
Declara por la tarde. Sale esa misma noche.
—Sin fianza —me dice Àngels el martes—. Retirada de pasaporte y comparecencias. El juez ha dicho lo mismo que en su caso y por las mismas razones.
—¿Y qué ha declarado?
—Eso no se lo puedo contar y usted no me lo debería preguntar. Somos partes distintas en la misma causa y algún día un fiscal me lo va a preguntar a mí.
—Àngels.
—No.
Se queda un momento callada al teléfono.
—Le voy a decir lo único que le puedo decir, que además es lo que le interesa.
—Se oye pasar hojas—. Han registrado su piso, su coche, su despacho y le han intervenido tres dispositivos.
No hay nada. El teléfono del señor Rivas no aparece y no va a aparecer.
Y el registro del portal dice lo mismo que decía hace una semana: sesión, aparato y antena.
—Yo he declarado que lo tenía ella.
—Sí.
—Con horas.
—Sí. Y usted, hace once días, declaró con la misma seguridad que lo tenía usted, y luego lo repitió delante de la misma inspectora.
—Hace una pausa que no le hace falta—. Teresa, se lo dije el viernes por la mañana y se lo repito ahora, y no lo digo para hacerle daño.
Usted es hoy la peor testigo posible de todo lo que usted misma quiere que se demuestre.
—Ya lo sé.
—No. Usted cree que lo sabe porque se lo he dicho dos veces. Lo va a saber dentro de dos años, en una sala.
Se queda un momento.
—Y una cosa más, que la va a ver en el sumario de todas formas. Su hermana ha aportado el suyo.
—¿El lunes?
—El lunes por la mañana. Lo llevó su abogada en un sobre lacrado, tres días después de que usted pusiera el aparato encima de la mesa. —Se oye un papel—. Cuarenta y nueve minutos y doce segundos. Idéntico. No añade nada y no quita nada. Ahora hay dos y dicen exactamente lo mismo.
Juli viene el jueves por la tarde. Sube los dos pisos con una carpeta y no se quita el abrigo.
—Se van.
—¿Cuándo?
—Ayer. —Saca una hoja—. Dos párrafos. Que a la vista de la información obrante en el procedimiento penal, el riesgo asociado a la persona clave no puede delimitarse en términos aceptables para el grupo, y que en consecuencia no procederán a la suscripción ni al desembolso.
—¿Y lo que firmamos el lunes?
—El lunes no firmamos nada, Teresa. El lunes a las diez yo estaba en la notaría de la calle Migdia con Enric y con el notario y usted estaba declarando en una comisaría el viernes anterior. —Se pasa la mano por la cara—. Perdone. No he venido a eso.
—¿Y el banco?
—Al banco se le acabó el plazo el viernes y el lunes por la tarde nos reclamó la deuda entera. Seis coma dos, más intereses. El jueves he presentado la comunicación en el juzgado.
—O sea que preconcurso.
—O sea que preconcurso. Tenemos tres meses para negociar algo que no existe.
Nos quedamos los dos en un salón de cuarenta y ocho metros con dos sillas de alquiler.
—¿Usted por qué lo hizo? —dice.
Y no lo pregunta con rabia. Lo pregunta con curiosidad, que es peor.
—No lo sé.
—Vale. —Se levanta—. Es que si me lo hubiera dicho, yo el lunes habría podido decirle a Rouvier otra cosa.
—Juli.
—No, si lo entiendo. —Ya está en la puerta—. Los setecientos mil que le dije el sábado siguen donde estaban. Se lo recuerdo por si le sirve de algo saber quién más está dentro.
El viernes me llama Àngels otra vez.
—Se ha personado la señora Rivas. Acusación particular. Un despacho de Madrid.
—¿Y qué va a pedir?
—Todavía no lo sé. —Y luego, en otro tono—: Pero le adelanto una cosa. Cuando una madre se persona once días después de que la investigada principal confiese, no se persona para acompañar al fiscal.
Esa noche saco de la carpeta azul la declaración que no usé.
Son tres folios. La leo entera de pie, en la cocina, y está bien. Está muy bien. Es el mejor texto que he escrito en mi vida y hay dos detalles ahí dentro, lo de la rueda del carro y lo de las toallas del contenedor, que siguen siendo verdad.
Le doy la vuelta al tercer folio, que está en blanco por detrás, y apunto: leche, pan, bolsas de basura, un cable alargador.
Cuatro meses después
Cristina, la laboralista, me manda una carta certificada a mediados de febrero pidiéndome que comparezca el día seis en Can Mirall para ratificar por escrito las antigüedades de once trabajadoras contratadas antes de mil novecientos noventa y ocho, cuyos libros de nóminas en papel no fueron digitalizados y respecto de los cuales soy la única fuente disponible.
Ese es mi motivo para entrar. Un papel de once líneas.