La novia intacta 28. Teresa. Viernes, 1600
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28. Teresa. Viernes, 1600

He aparcado en el parking de la plaza y he subido a pie los cuatrocientos metros hasta la comisaría con la bolsa de tela colgada del brazo, una de las nuestras, de las de los pañuelos, con el logotipo estampado en gris. Dentro va la carpeta azul, y debajo de la carpeta va la caja metálica.

Pesa más de lo que parece. He tenido que cambiarla de brazo dos veces.

La comisaría de los Mossos en Girona tiene un mostrador, cuatro sillas y una máquina de café que no funciona, y he llegado nueve minutos pronto.

Delante de mí, un hombre de unos setenta años pregunta tres veces por un atestado de un accidente y le explican tres veces que tiene que pedirlo por escrito.

Miro la bolsa.

A las cuatro y cuarto sale Rius y me hace pasar a una sala pequeña con una mesa, tres sillas y un ordenador. Está el agente Serrat. Está la cámara en un trípode, apagada todavía.

—Buenas tardes, señora Luján. ¿Viene sin letrada?

—Sí.

—Tiene derecho a asistencia. Si quiere, esperamos.

—Prefiero empezar.

—Como quiera, pero quiero que conste que se lo he ofrecido y que puede llamarla en cualquier momento. —Enciende la cámara—. Vamos a grabar. Diga su nombre completo, su documento y su domicilio.

—Teresa Luján Ferrán. —Le doy el DNI y ella lo pasa por el lector—. Can Mirall, camí de la Fàbrica, sin número.

—Está usted investigada en estas diligencias. Tiene derecho a no declarar, a no declarar contra sí misma y a no confesarse culpable. ¿Lo entiende?

—Lo entiendo.

—¿Quiere declarar?

—Sí.

Rius se sienta. No abre ninguna carpeta. No pregunta por el teléfono, no pregunta por mi hija, no pregunta por los ochenta y seis trabajadores y no pregunta por Gonzalo Vilanova. Junta las manos encima de la mesa y espera, y esa es la única cosa que hace.

Pongo la bolsa de tela en la silla de al lado y saco la carpeta azul.

Quito las gomas.

Dentro hay dos declaraciones, la de cuatro folios y la de tres. Meto los dedos, saco la de cuatro y la dejo encima de la mesa, girada hacia ella.

La otra se queda dentro. Cierro las gomas y dejo la carpeta en mis rodillas.

Rius mira el documento y no lo toca.

—El martes le dije a usted que después de las cero y diecinueve el teléfono de Mateo Rivas lo tenía yo —digo—. Eso no es cierto. Se lo dije también el miércoles por la tarde, cuando me lo volvió a preguntar. Tampoco era cierto entonces.

Rius no se mueve.

—El teléfono lo tuvo mi hija. Se lo di yo en el pasillo de servicio a las cero y doce, después de corregir el mensaje que ella había escrito. Ella lo mandó, lo apagó y se lo guardó en el bolsillo del vestido. Yo lo vi y no se lo pedí.

—¿Los intentos de cancelación de las cero treinta y cinco y las cero treinta y nueve?

—No fueron míos. Yo a esa hora estaba en mi habitación.

—¿Está usted rectificando una declaración anterior?

—Sí.

—Dígalo con esas palabras, por favor, que lo tiene que recoger el acta.

—Rectifico lo que declaré el martes veintiuno y lo que repetí el miércoles veintidós. No era cierto.

—Continúe.

Y continúo.

Voy por orden de reloj, que es como lo he escrito.

Digo que mi hija me llamó a las veintitrés cuarenta y que llegué al salón de pruebas tres minutos después.

Digo que Mateo Rivas estaba en el suelo, que había sangre en la junta de la tarima y que mi hija me dijo que no respiraba.

Digo que le busqué el pulso en la muñeca izquierda con dos dedos, una sola vez, deprisa, con las manos frías, y que no lo encontré, y que no lo busqué en el cuello y no le acerqué la mano a la boca, y que sé hacer las dos cosas.

—¿Por qué no?

—No lo sé.

—¿Tenía prisa?

—No. Tenía cuatro horas por delante y ninguna prisa.

Rius asiente y no dice nada más.

Digo que le hice dos preguntas a mi hija y que no le hice la tercera. Digo cuál era la tercera. No le pregunté a qué hora se había caído.

Digo que lo limpiamos entre las dos, que hicimos tres pasadas y que a la mitad cambiamos el agua porque estaba caliente y el agua caliente fija.

Serrat levanta la vista un momento cuando digo eso y vuelve a escribir.

Digo que lo envolvimos en cuatro metros veinte de duchesse marfil del lote 4471 que cogí yo del archivo.

Digo que lo subimos al carro entre las dos porque una sola no puede, y que al cruzar el umbral del pasillo de servicio le sostuve la nuca con la mano derecha abierta y que noté calor y noté una reacción, y que pensé que era la rueda.

—¿Y ahora qué piensa?

—Ahora pienso lo mismo que pensé entonces, y esa es la parte que no sé explicar.

Digo que abrí la puerta del archivo con mi llave maestra a las cero y tres, que lo dejamos entre la estantería de tules y la de forros y que le recogí un pie que se había quedado fuera. Digo que saqué el pasador del resbalón para poder volver a las cinco y media sin dejar otra apertura registrada.

Digo lo del teléfono, otra vez, con las horas.

Digo que bajé el cubo y las toallas al contenedor del muelle a las cero y dieciséis, y que lo hice sin pensarlo, y que la recogida es los martes.

Digo que subí a mi habitación a las cero y diecinueve y que en el rellano oí un golpe apagado que venía del muro que da al pasillo del archivo.

Digo que no había gemido ni palabra. Digo que me quedé parada con la mano en la barandilla y que conté hasta seis.

Digo que podía haber bajado, abierto aquella puerta y mirado, porque la puerta la había dejado yo sin bloquear.

Y digo la línea treinta y uno.

—No supe si estaba muerto. Elegí no averiguarlo.

Rius no toma notas. El agente Serrat sí.

—A las cinco y veinte de la mañana bajé para sacarlo por el muelle de carga en mi coche antes de que abriera el taller. El patio estaba lleno de gente montando la carpa y no pude. Subí y esperé a que pararan a desayunar, y a las siete y ocho Marga Vidal abrió el archivo.

Me paro.

—¿Ha terminado?

—No.

Meto la mano en la bolsa de tela y saco la caja metálica gris y la pongo encima de la mesa. Hace ruido al apoyarse.

—Esto es un dictáfono digital Sony que compré en febrero de dos mil siete.

Dentro hay un archivo de cuarenta y nueve minutos y doce segundos grabado la noche del tres de marzo de dos mil siete en el antiguo salón de pruebas de Can Mirall.

Lo grabé yo. Puse el aparato en el bolsillo de una funda de vestido a las veintidós cuarenta y dos, antes de que llegara mi marido, porque una abogada me había dicho que documentara las amenazas.

Rius mira la caja. No la toca.

—Esa noche mi hija, que tenía doce años, entró cuando él me tenía sujeta y le golpeó con una figura de porcelana.

Él se cayó contra la tarima. Yo mandé a la niña arriba.

A las veintidós cincuenta y nueve él recuperó el conocimiento y pidió una ambulancia.

A las veintitrés y dos llamé a mi hermana, Núria Luján, y no a emergencias, y esa llamada está grabada porque estaba el altavoz.

Mi hermana me dijo que llamara al ciento doce.

A las veintitrés y catorce colgué. A las veintitrés dieciocho lo moví hasta el desnivel del pasillo para que pareciera que se había caído allí.

A las veintitrés veintisiete llamé a emergencias.

—¿Y qué le dijo usted a su hija?

—Que lo había matado ella y que yo me ocupaba.

—¿Eso se lo dijo aquella noche?

—Aquella noche y las que hicieron falta.

—¿Y el aparato?

—Lo escuché entero al día siguiente y no lo destruí.

—Abro el cierre de palanca y saco el sobre acolchado—.

Está en una caja en el depósito de patrones históricos, en la planta alta del ala norte.

Aquí está la ficha del inventario. Yo lo compruebo cada marzo, cuando viene el chico del seguro.

Hay dieciocho líneas y las he firmado yo.

Empujo la ficha plastificada por la mesa.

Rius la mira sin cogerla y por primera vez en toda la tarde cambia algo en su cara, muy poco.

—¿Por qué lo conservó?

—Le voy a dar tres razones y ninguna de las tres es la buena, porque la buena no la sé.

—Déme las tres.

—Porque en los primeros minutos está lo que él me hacía y era lo único que yo tenía. Porque si algún día alguien acusaba a mi hija, ahí se oye que la niña me estaba defendiendo. Y porque es lo único que queda de aquella noche y aquella noche empezó todo esto.

—Autorizo la entrada en el depósito y la incautación de la caja, del aparato y de todo lo que haya dentro —digo después—. Y del resto del depósito si lo necesitan. La llave la tengo aquí.

—Señora Luján. —Rius se echa hacia atrás—. Voy a parar la declaración un momento.

—No quiero parar.

—No es una opción suya. —Se levanta—. Y quiero que llame a su abogada ahora.

Àngels llega a las cinco y veinte.

Entra en la sala, ve la caja gris encima de la mesa con una etiqueta que le acaban de poner, ve mis cuatro folios delante de Rius, y se queda tres segundos en la puerta con la mano en el pomo.

—¿Han terminado?

—No —dice Rius.

—Solicito una suspensión.

—No —digo yo.

—Teresa.

—No.

—Señora Duran, la declaración se está grabando y su clienta ha sido informada de sus derechos dos veces —dice Rius—. Si usted quiere hacer constar algo, se hace constar.

—Quiero hacer constar que he sido llamada una vez iniciada la declaración y que he recomendado a mi clienta su suspensión.

—Consta.

Àngels se sienta a mi lado, saca un cuaderno y no escribe nada durante veinte minutos.

Terminamos a las siete menos cuarto. Firmo el acta en cuatro sitios. Serrat me da una copia y una hoja de derechos que ya me habían dado el sábado.

En el pasillo, mientras esperamos, Àngels me habla. Es lo primero que me dice desde que ha entrado en la sala.

—¿Desde cuándo lo tenía decidido?

—No lo tenía decidido.

—Teresa, ha venido con la caja.

—He venido con la caja y con las dos declaraciones.

Se queda un momento con eso.

—Ya —dice—. Bueno.

Fuera, Rius habla por teléfono con alguien del juzgado durante un rato largo y luego con otro alguien, y a las siete y diez me dice que a las ocho hay comitiva.

A las ocho y veinte estamos en Can Mirall.

Vienen dos coches. Baja la letrada de la administración de justicia, una mujer joven con una carpeta y un abrigo largo, y bajan Rius, Serrat, dos de la científica y un hombre con una caja de herramientas.

En el patio todavía están los cajones de los focos de la revista, apilados junto a la pared, esperando a que los recojan el lunes.

Subo yo delante. La escalera de hierro del ala norte suena como suena. Abro el depósito con mi llave, la de siempre, la del llavero desde el noventa y cinco, y enciendo los fluorescentes.

Huele a papel viejo.

La letrada se para un momento en la puerta y mira las barras de patrones colgados, que llegan hasta el fondo, y pregunta cuántos hay.

—Unos cuatro mil.

—¿De cuántos años?

—De treinta.

Lo anota, porque tiene que describir el lugar.

—Al fondo —digo—. La estantería de la pared ciega, tercera balda.

Serrat va. Delante de la caja metálica hay una caja de cartón mal cerrada y la coge por un lado para apartarla y se le ladea.

—Cuidado —digo—, que eso es porcelana.

La sujeto yo. La dejo en el suelo, cuadrada con el canto de la balda, y dentro se ha vuelto a caer la figura de la novia, así que la pongo de pie y la empujo hacia el fondo para que no se mueva, y me aparto.

Serrat saca la caja metálica. La abren delante de mí, la fotografían abierta, la vuelven a cerrar, la meten en una bolsa con etiqueta y la letrada escribe en su acta.

Uno de los de la científica pregunta si el aparato lleva pilas puestas y yo digo que no, y me pregunta dónde están, y saco del bolsillo del pantalón las dos pilas envueltas en papel de cocina y se las doy, y él se queda un segundo mirándolas antes de meterlas en otra bolsa.

A las nueve y cinco han terminado. El hombre de las herramientas pone dos precintos en el marco de la puerta del depósito, uno arriba y otro abajo, y los firma.

—La llave, por favor —dice la letrada.

La saco del llavero. Hay que abrir la anilla con la uña y me cuesta, y al final la abre Serrat.

La mete en una bolsita pequeña, escribe algo en la etiqueta con rotulador y la guarda.