27. Teresa. Viernes, 1300
Subo al despacho a por el portátil, la carpeta azul y un bolígrafo, y me encierro en el probador del fondo, que es el único sitio de esta casa donde no hay nadie a la una de la tarde. Tiene un banco tapizado, un espejo de tres hojas, una mesita para el bolso de las clientas y una toma de corriente.
Empiezo a la una y cuarto y acabo a las tres y diez. En medio, a las dos menos veinte, Rosa llama a la puerta y me pregunta si voy a comer, y le digo que no, y ella se queda un segundo y dice vale y se va, y a los diez minutos vuelve y me deja en la mesita un plato tapado con otro plato.
Lo primero es tirar la frase.
Convertí a mi hija en cómplice de lo que yo había decidido antes de que ella pudiera decir nada.
Fuera. Es una frase de titular y en una declaración una frase de titular es una luz roja.
Ningún instructor de este país se cree que una mujer de cincuenta y siete años hable así de sí misma a las cuatro de la tarde de un viernes.
Lo segundo son los tiempos verbales. El texto de Alba está en pretérito perfecto simple casi todo, decidí, moví, cerré, y eso está bien para un anuncio y mal para un acta.
Lo paso a lo que se dice de verdad cuando se declara, que es más torpe y más lento.
«Cuando llegué, lo que yo vi fue.» «Entonces lo que hice fue.
» Se dice así. Yo he estado dos veces en una comisaría esta semana y sé cómo suena una persona cansada.
Lo tercero es el orden. Ella lo ha puesto por importancia y hay que ponerlo por hora. Una declaración no argumenta. Una declaración va del reloj hacia delante y deja que el que la lea saque las cosas.
Lo cuarto es lo que ella no ha escrito y hay que escribir, que son las cosas pequeñas que no significan nada.
Que la puerta del salón de pruebas pesa.
Que el agua la saqué del grifo del probador tres porque el del uno gotea.
Que tardé más de lo que pensaba porque la junta de la tarima es de latón y está sin sellar.
Nada de eso hace falta y por eso hace falta.
Y lo quinto son los dos detalles.
El primero es el carro. Digo que la rueda delantera derecha del carro bajo de colección va suelta desde el invierno pasado, que se cruza sola, y que al girar en la esquina del pasillo de servicio tuve que tirar de la barra hacia mí en lugar de empujar, y que por eso el recorrido de las fibras hace una curva y no una línea.
El segundo son las toallas. Digo que usé seis toallas de trabajo y una bayeta de las de la balda de abajo del probador tres, y que las bajé al contenedor del muelle a las cero y dieciséis, y que lo hice porque la recogida es los martes y no volví a pensar en ello.
Ninguna de las dos cosas me favorece. Las dos son verdad y las dos las puede comprobar cualquiera en veinte minutos. Y por eso funcionan: porque una mujer que miente no cuenta que tiró seis toallas ensangrentadas a su propio contenedor.
A las tres y diez lo mando a la impresora compartida de administración y bajo a recogerlo. El plato de Rosa sigue tapado y frío.
Salen mis cuatro folios y sale otra cosa detrás.
Es una confirmación de reserva de la agencia que nos lleva los viajes de la empresa. Un billete de avión, Barcelona a Madrid, salida el domingo a las nueve y cuarenta, clase business, a nombre de RIVAS SOLANA, CARMEN. Emitido a las 12:58 de hoy.
El domingo. Carmen Rivas volvió a Madrid el jueves por la noche, después del entierro. Lleva un día en su casa.
Me quedo con la hoja en la mano un momento y luego la dejo en la bandeja, boca abajo, y subo con lo mío.
A las cuatro menos veinte están los tres en el despacho de Juli.
Juli lee mi versión primero, entera, en silencio, y cuando termina se pasa la mano por la boca.
—Esto es otra cosa —dice.
—¿Sirve?
—Es que esto es lo que le habría escrito un abogado. —Pasa a la segunda hoja—. Aquí, lo del carro. Esto es lo que hace que se lo crean, ¿verdad? Porque es un detalle que no gana nada.
—Sí.
—Ya. —Levanta la vista—. No le voy a cambiar una coma.
Alba lo lee después. Tarda más que él, y lo lee con el dedo bajando por el margen, y en la página tres se para y vuelve atrás una línea.
Cuando termina lo deja en la mesa y lo alisa con la mano.
—Así suena verdad —dice.
—Es que casi todo es verdad.
—Ya lo sé.
Juli deja pasar un momento y luego abre su carpeta y empieza a repartir el fin de semana, porque es viernes por la tarde y hay cosas que hacer.
—El lunes a las diez, notaría. A las cuatro, usted declara con su abogada. El martes por la mañana le mandamos a Rouvier la relación de hechos con el acta adjunta. —Mira el calendario—. Y ellos tienen quince días para poner el dinero.
—¿Y si no?
—Si no, esto no ha servido de nada. Pero no van a decir que no, Teresa. Si el riesgo queda en una persona y esa persona sale de la sociedad, ellos entran.
—¿Y si el lunes mi abogada no me deja declarar?
Juli levanta la cabeza.
—¿Puede hacer eso?
—Puede recomendármelo por escrito, que es peor.
—Ya. —Anota algo—. Pues eso lo tenemos que saber el domingo, no el lunes a las cuatro.
Marga sube a las cuatro y cuarto con las manos manchadas de tiza azul.
—El fondo firma —dice—. Ya lo votamos ayer y no ha cambiado nadie de opinión. Y las tres de la reducción de jornada ya están corregidas, Juli me ha pasado los números esta mañana.
—Gracias, Marga.
—A mí no me dé las gracias. —Se limpia las manos en el delantal—. Yo lo que quiero es que el quince cobren. Lo demás no es cosa mía.
Se para en la puerta.
—Teresa.
—Dime.
—¿Usted el lunes va a firmar?
—Sí.
—Vale. —Y se va, y no dice si eso le parece bien.
Y Nuria llega a las cinco menos veinte con su abogada por teléfono y una hoja impresa.
—Yo firmo —dice—. Con esto.
Es un párrafo de cuatro líneas para la nota histórica de la web, para el dosier de prensa y para cualquier material futuro de la marca.
Casa Luján fue fundada en 1995 por las hermanas Teresa y Núria Luján Ferrán. Núria Luján obtuvo la primera financiación de la casa y dirigió su administración hasta 2013.
Con el acento. Con la ñ.
—¿Eso quién lo aprueba? —pregunta Juli.
—La junta ya está celebrada —dice Enric desde la puerta—. Esto es una instrucción de comunicación. Lo puede aprobar la dirección.
—Pues que lo apruebe la dirección —dice Nuria, y mira a Alba.
Alba coge la hoja, la lee, saca el bolígrafo y firma abajo, en el margen, con su firma de siempre, la de la a final subiendo.
—Hecho —dice—. Lo subo yo el lunes.
Nuria se queda mirando el papel firmado más rato del que hace falta para leerlo. Lo lee dos veces enteras. Después lo dobla en tres y se lo mete en el bolso, y se va sin despedirse de mí.
A las cinco y cinco suena el fijo de administración y Bet contesta y luego asoma la cabeza.
—Juli, la agencia. Dicen que el pasajero del vuelo del domingo no ha confirmado y que si mantienen la reserva o la anulan.
—¿Qué vuelo?
—El de Madrid. El de la señora Rivas.
Juli mira a Alba.
Alba está con el móvil, escribiendo.
—Que lo mantengan hasta el sábado a mediodía —dice, sin levantar la vista—. Y si no, que lo anulen.
Bet cierra la puerta.
Juli baja los ojos a su carpeta y pasa una página, y sigue con el lunes.
—A las diez en la notaría —dice—. Vayan con el DNI y no con el pasaporte, Teresa, que el pasaporte lo tiene el juzgado.