La novia intacta 26. Teresa. Viernes, 1100
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26. Teresa. Viernes, 1100

En el atelier hay tres cosas a la vez y ninguna se para por las otras.

En la mitad del norte, contra el ladrillo, han montado el fondo rojo.

La revista ha traído dos focos, un reflector y una chica que sostiene una pértiga, y el fotógrafo se llama Àlex y lleva desde las diez ajustando la luz porque el ladrillo devuelve una dominante que no le gusta.

Alba está con un vestido de la cápsula nueva, uno corto de lana fría con la espalda abierta, y Encarna le está quitando marcas de la falda con la plancha de vapor de mano, arrodillada, con dos alfileres en la boca.

En la mitad del sur se trabaja. Hay cuatro clientas en agenda y once vestidos empezados y a las doce hay prueba.

Y en el medio, en la mesa de los patrones, con seis sillas y un cuaderno, celebramos la junta general de socios de Casa Luján Novias, S. L.

Universal, porque estamos todos. Enric hace de secretario.

Está el informe de administradores encima de la mesa desde ayer, con la propuesta de exclusión del derecho de preferencia y el valor de las nuevas participaciones, y está la abogada de la sociedad por videollamada en un portátil apoyado en un rollo de organza, con la cara demasiado grande y el sonido a medio segundo.

—Punto único —dice Enric—. Aumento de capital por importe de ocho millones de euros mediante creación de nuevas participaciones, a suscribir íntegramente por Varenne Luxe, con exclusión del derecho de preferencia de los socios actuales, y compraventa de participaciones existentes en los términos del contrato, todo ello sujeto al cumplimiento de las condiciones de cierre.

—¿Puedo preguntar una cosa? —dice Marga.

—Claro.

—El dinero, ¿cuándo entra?

—Cuando firmen ellos. Nosotros firmamos el lunes. Ellos ponen el dinero cuando digan que las condiciones están cumplidas.

—¿Y si no lo dicen?

—Entonces no entra.

—O sea que el lunes firmamos nosotros y ellos no.

—El lunes firmamos nosotros y ellos tienen quince días.

Marga se queda un momento con eso.

—¿Y en esos quince días nosotros podemos hacer algo?

—Cumplir las condiciones —dice la abogada desde el portátil, medio segundo tarde.

—¿Y quién dice si están cumplidas?

—Ellos.

—Vale.

Enric mira su cuaderno.

—Consta la pregunta y consta la respuesta.

—Ponlo —dice Marga—. Que conste que lo pregunté.

Àlex dispara tres veces al otro lado del taller y pide que alguien apague la luz de la mesa de corte porque le entra por el lado. Bet se levanta y la apaga, y estamos ocho minutos con la videollamada iluminada por un flexo.

—Votamos —dice Enric—. Esto necesita dos tercios.

—Necesita a mi hermana —dice Nuria, sin levantar la vista de su copia.

Es verdad y todo el mundo lo sabe y por eso nadie contesta. Ellos cuatro suman cincuenta y seis. Mi cuarenta y cuatro es la diferencia entre una junta y una tarde perdida.

—Nuria Luján Ferrán.

—A favor.

—Juli Ferrer Colom.

—A favor.

—Margarita Vidal Roure, en representación del Fondo de Empleados de Casa Luján.

—A favor. —Y añade—: Con el acuerdo de la junta del fondo del jueves, cincuenta y uno a favor.

—Alba Luján Vilanova.

—A favor.

—Teresa Luján Ferrán.

Àlex dispara otra vez y la chica de la pértiga se mueve dos pasos.

—A favor —digo.

—Aprobado por unanimidad —dice Enric, y lo escribe.

A las once y cuarenta hacen una pausa para cambiar el objetivo y Alba se sienta con nosotros con el vestido puesto y una bata del taller por encima de los hombros, y la de la revista, que se llama Gemma y que lleva la parte comercial, saca el portátil y nos enseña la maqueta.

Se llama Intacta.

Es una página doble. A la izquierda, Alba de perfil sobre el fondo rojo, con la espalda descubierta y el pelo recogido. A la derecha, en la tipografía de la casa, cuatro líneas:

Treinta años vistiendo el día más feliz. Una casa que sobrevivió a lo que decidieron por ella. Intacta. Casa Luján.

Debajo, en cuerpo pequeño, una nota que dice que un porcentaje de la colección se destinará a un fondo de apoyo a mujeres que rehacen su vida.

No hay ni una fotografía de Mateo. No hay ni una línea sobre él. La palabra que no aparece en toda la página es la palabra novio.

—El texto lo hemos trabajado entre las dos —dice Gemma—. Yo os digo lo que funciona y Alba lo escribe, que escribe mejor que yo.

Juli mira la pantalla.

—«Lo que decidieron por ella» —lee.

—Sí.

—Eso a qué se refiere.

—A lo que quiera entender cada una —dice Gemma—. Esa es la gracia.

—¿Y el fondo ese de apoyo a mujeres qué es?

—Un cinco por ciento del margen de la cápsula.

—¿A quién?

—Todavía no está cerrado. Hay dos fundaciones mirándolo.

—O sea que la línea existe y la fundación no.

—La línea es una intención, Juli.

—Ya. —Juli se echa atrás—. Es que si eso sale en diciembre y en enero no hay fundación, nos comen.

—Pues en enero hay fundación —dice Alba.

Miro a mi hija. Tiene la bata sobre los hombros y una mano en la taza y está leyendo la maqueta con los ojos entrecerrados, con la misma cara con la que mira una prenda que todavía no está.

—El rojo hay que subirlo un punto —dice—. Está sucio.

Y ahí Gemma, sin ninguna mala intención, hace lo que hacen los que no saben lo que llevan en la carpeta, y dice:

—Ah, y el calendario. Nosotros necesitamos cerrar el jueves para el número de diciembre. Alba me ha dicho que la entrevista va después de la declaración, así que necesitaríamos saber el día.

Enric levanta la cabeza.

—¿Qué declaración?

—La de la señora Luján.

—¿Y eso qué tiene que ver con el número de diciembre?

—Es que va después. —Gemma mira a Alba—. Es que hay una parte que va después.

Alba deja la taza.

—Enseñáselo —dice.

Gemma abre otra pestaña.

Es un documento de tres páginas. Arriba, en la cabecera del archivo, en letra pequeña de plantilla, pone: Declaración T.L.F. — v4.

Lo leo.

Está escrito en primera persona. Está escrito en mi primera persona.

Empieza por el reloj, como empezaría yo, y dice yo, y dice yo decidí, y dice yo lo moví, y en la primera página hay una frase que dice que llevo treinta años resolviendo lo que se rompe en esta casa y que aquella noche hice lo mismo que hago siempre, solo que lo que se había roto era un hombre.

Y en la segunda página hay otra que dice:

Convertí a mi hija en cómplice de lo que yo había decidido antes de que ella pudiera decir nada.

Y es buena.

Eso es lo que hay que entender y es lo que tardo unos segundos en entender yo, ahí de pie, con dos focos encendidos a doce metros y una plancha de vapor silbando.

Que es buena. Que la frase está bien construida, que tiene el ritmo justo, que va a citarse, que quien la lea va a ver a una mujer poderosa que reconoce su poder y a una hija de treinta años a la que arrastraron, y que si yo tuviera que escribir esa frase para vender un producto la escribiría exactamente así.

Y hay algo más, en la tercera página, en un anexo con el membrete de la revista.

Un calendario de contraprestaciones. La entrevista de Alba, dos aperturas de portada, una serie de contenido, y una cantidad. Y debajo, en una línea, una prima adicional por notoriedad sobrevenida, a cargo del comprador, adicional a la de permanencia.

Leo la cifra dos veces porque la primera creo que he contado mal un cero.

Gemma cierra el portátil deprisa, porque alguien le ha hecho un gesto.

Alba no se levanta ni se disculpa.

—Iba a enseñártelo esta tarde —dice.

Àlex llama desde el fondo rojo. Dice que ya tiene la luz y que si pueden hacer dos más antes de comer.

Alba se quita la bata de los hombros y la deja doblada en el respaldo.

—¿Lo has escrito tú? —digo.

—Sí.

—¿En cuántas versiones?

Se para un segundo, con la bata todavía en la mano.

—Cuatro.