La novia intacta 25. Teresa. Viernes, 0800
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25. Teresa. Viernes, 0800

Me despierto a las cinco menos cuarto sin despertador y me pongo a escribir a las cinco y diez, a mano, en el bloc grande de las notas de taller, porque llevo treinta años pensando con un bolígrafo en la mano y a mi edad no se aprende otra cosa.

La verdadera la escribo primero y la escribo de un tirón.

Empiezo por el reloj y voy hacia delante, porque una declaración no argumenta.

Veintitrés cuarenta, llamada. Veintitrés cuarenta y tres, llegada.

Pulso. Preguntas. La tercera pregunta que no hice.

Las toallas, el carro, el umbral, la nuca.

Cero y tres, la llave. El pasador. Cero y doce, el teléfono.

Cero y dieciséis, el contenedor. Cero y diecinueve.

La línea treinta y uno la escribo tres veces.

La primera me sale larga y con explicación, y la tacho entera. La segunda dice que creí que estaba muerto, y también la tacho, porque no es verdad y porque tacharla me lleva menos de un segundo. La tercera son doce palabras y la dejo.

Después subo al despacho, la paso a ordenador y la imprimo. Cuatro folios con un cuadro de horas en la segunda página.

Y entonces escribo la otra.

La otra es el mismo texto hasta la línea diecinueve.

A partir de ahí dice que salí del archivo a las cero y once, que subí con el teléfono de Mateo Rivas en el bolsillo, que en mi habitación estuve manipulándolo un rato porque quería borrar el mensaje que acababa de mandar y no supe, y que probé un par de veces una contraseña que me pedía una aplicación. Y termina.

Dos páginas y media. Tardo veinte minutos, porque escribir una mentira que se sostiene cuesta menos que escribir una verdad que ya está escrita.

Las imprimo en la misma impresora, con la misma letra, en el mismo papel. La única diferencia física es que una tiene cuatro folios y la otra tres, porque la última media página va sola.

En la de dos páginas y media escribo arriba, a mano, con el bolígrafo del taller: PARA REVISAR.

Abajo, en el atelier, empiezan a las siete y media. Se oye la caldera de la plancha desde el despacho, que es un ruido que llevo oyendo treinta años a esta hora y que hoy oigo.

Àngels llega a las ocho y cuarto con el pelo mojado y un café de máquina.

—¿Ha dormido?

—Un poco.

Le doy el de dos páginas y media. Lo lee de pie, sin quitarse el abrigo, y tarda seis minutos, que para dos páginas y media es mucho.

Después se sienta.

—Esto es lo que va a declarar.

—Sí.

—Voy a decirle tres cosas y quiero que las oiga en orden. —Deja el folio en la mesa y pone la palma encima—. La primera. Esto no la contradice a usted. Esto es exactamente lo que dijo el martes, pero ampliado y con detalles.

—Ya.

—Y por eso es peor. —Levanta la mano del papel—.

Si el martes hubiera dicho una cosa y hoy otra, sería una investigada que rectifica, que pasa todos los días.

Lo que va a hacer hoy es consolidar. Y una estructura coherente solo tiene dos finales: o se sostiene entera, o el día que se cae, se cae entera.

—Lo entiendo.

—¿Sí? Aquí dice que estuvo manipulando el teléfono en su habitación.

—Da la vuelta al folio y señala con la uña—.

Eso, dicho hoy, obliga mañana a explicar por qué el teléfono no aparece, por qué no lo buscó y en qué momento dejó de tenerlo.

Cada frase que añade abre tres puertas y las tiene que cerrar usted sola durante dos años.

—¿Y la segunda cosa?

Àngels me mira un momento.

—Es una pregunta. ¿Hay algo que no me haya contado?

Estoy sentada delante de mi abogada, a las ocho y veintidós de la mañana, con la declaración verdadera boca abajo debajo de un catálogo de tejidos de primavera a treinta centímetros de su mano.

Podría girarla y empujarla veinte centímetros. Son cuatro folios. Ella tarda seis minutos en leer dos y media, o sea que tardaría diez, y a las ocho y media estaríamos hablando de otra cosa y el lunes no habría notaría.

—No —digo.

Àngels me sostiene la mirada dos segundos más de los que hacen falta.

—De acuerdo. —Recoge el folio de dos páginas y media y me lo devuelve—. Entonces lo dejamos así. Le pido hora para el lunes, que es lo antes que va a estar el juzgado en condiciones de tomarle una tercera declaración, y este fin de semana no habla usted con nadie de esto. Ni con su hija.

—El lunes a las diez tenemos notaría.

—Pues el lunes a las cuatro.

Se va a las nueve menos veinte. Desde la ventana la veo cruzar el patio, pararse un momento junto a los cubos del eucalipto, que sigue ahí, y seguir.

A las nueve y cuarto escribo la renuncia. Es un párrafo. Que renuncio a mi cargo de consejera y de presidenta del consejo de administración de Casa Luján Novias, S. L., con efectos inmediatos, agradeciendo a los demás miembros los años compartidos, y que solicito que se haga constar en acta.

La firmo, la escaneo y se la mando a Enric con copia a Juli.

Enric me llama a los seis minutos.

—Tere.

—No me lo discutas.

—No te lo voy a discutir. —Se oye que está en la calle—. Te llamo por otra cosa. ¿Tú sabes lo que has firmado?

—He firmado una renuncia.

—Has firmado una renuncia al cargo. No a las participaciones, no a la firma del lunes, no a lo que tienes que firmar como vendedora.

Sales del consejo y sigues siendo el cuarenta y cuatro por ciento de esta empresa y sigues teniendo que estar el lunes a las diez en la calle Migdia con el documento nacional de identidad.

—Ya lo sé.

—Te lo digo porque la gente cree que renunciar es irse.

—Enric.

—Dime.

—¿Tú por qué estás en este consejo?

Se queda callado un momento.

—Porque tu padre me pidió en el noventa y dos que os echara un ojo a las dos. —Y luego, más deprisa—: Bueno. Voy a colgar, que estoy en un vado.

A las diez menos veinte bajo al atelier.

No tengo nada que hacer allí. Ya no soy consejera, ya no firmo, ya no dirijo y ya no me toca ninguna prueba. Bajo porque he mandado dos correos, he hablado con Enric y todavía faltan seis horas.

Marga está montando el cuerpo de un vestido que se entrega en tres semanas y que no se va a entregar nunca, aunque eso todavía no lo sabe nadie. Rosa plancha. Pilar está con un encaje.

Me pongo al lado de Pilar y le pido el segundo bastidor.

—¿Va a hacer usted?

—Un rato.

Aplicar encaje a mano es coger un motivo, colocarlo sobre el tul y fijarlo con una puntada invisible cada cuatro milímetros, siguiendo el dibujo y no la línea recta, de manera que cuando se recorte el sobrante no se vea dónde acaba una flor y empieza la otra.

Se hace con hilo de seda de un cabo y con aguja del ocho.

Se tarda entre catorce y dieciocho minutos por motivo y hay ciento sesenta motivos en un cuerpo.

Hago once.

Tengo la vista peor de lo que creía y a los cuarenta minutos tengo que subir el flexo. En el séptimo, la puntada me sale larga y hay que deshacerla, y la deshago, y Pilar no dice nada y sigue con lo suyo, y esa es la única cortesía que le hago falta a nadie esta mañana.

A las doce menos cuarto Marga pasa por detrás y mira mi bastidor por encima del hombro y sigue andando.

—Está bien —dice, ya de espaldas.

—Está lento.

—Está bien.

Guardo las dos declaraciones.

En el cajón hay una sola carpeta de gomas, azul, de las de siempre, y meto las dos dentro, primero la de cuatro y encima la de dos y media, y cierro las gomas.

Me quedo un segundo con la carpeta en la mano, pensando que debería tener dos carpetas.

No bajo a buscar otra.