24. Mateo. Sábado, 0034
Lo primero fue el frío del suelo en la mejilla.
Estaba tumbado de lado. Había una luz encendida en algún sitio alto y el techo era distinto del techo que había antes. Le costó mucho entender que era otro sitio. Olía a cerrado y a producto de tejido.
Intentó apoyarse en la mano derecha y la mano no estaba. Estaba, la veía, tenía los dedos abiertos delante de la cara a treinta centímetros, pero cuando le mandaba la orden no pasaba nada, o pasaba tarde y mal.
Con la izquierda sí. Con la izquierda se apoyó y se levantó veinte centímetros y el suelo se movió y se quedó otra vez donde estaba.
Le dolía la cabeza de una manera que no había sentido nunca. No era un golpe. Era una presión que empujaba desde dentro hacia un lado.
Después oyó la puerta.
Sonó un chasquido flojo y una hoja que se abría empujada, sin llave, sin el ruido de dos tonos del lector. Entró luz del pasillo y entró Alba, y cerró detrás.
Llevaba el teléfono en la mano.
—Alba.
Se acercó y se puso en cuclillas a un metro. No lo tocó.
—Estás despierto.
—Llama al ciento doce.
Ella miró la pantalla del teléfono, que tenía encendida. Se veían las cifras grandes de la hora, invertidas desde donde él estaba.
—¿Cómo se cancela?
—Alba, llama.
—Dime cómo se cancela y llamo.
Él intentó incorporarse otra vez y consiguió apoyar el hombro en algo, un mueble bajo, una estantería. Se le fue la vista un momento hacia la derecha y volvió.
—Está abierto —dijo ella—. Tu código lo sé. Pero esto de aquí me pide otra cosa.
—Es otra contraseña.
—Ya veo que es otra contraseña. Dímela.
—Llama primero.
Alba no contestó. Bajó la cabeza sobre el teléfono y estuvo tecleando unos segundos, despacio, mirando las teclas. Después esperó. Después dijo:
—No.
—¿Qué has puesto?
—Da igual lo que haya puesto. —Levantó la vista—. Dímela tú.
—Llama al ciento doce y te la doy.
—Dámela y llamo.
—No puedo mover la mano derecha.
—Ya lo veo.
Se quedaron así un rato. Él no supo cuánto. Le entraron ganas de dormirse, unas ganas enormes, y se dio cuenta de que eso era malo y se obligó a mirarle la cara.
—Bea nueve cero cuatro dos ele —dijo.
Alba lo escribió. Tardó. Comprobó. Volvió a escribirlo.
—No.
—Prueba otra vez.
—La he probado dos veces. —Se puso de pie—. Me estás dando una clave falsa.
—Llama a una ambulancia y te la digo.
—Mateo, dime la contraseña.
Y entonces vomitó.
Fue de lado, sin avisar, casi sin arcada, y le cayó en el hombro y en el suelo, y después se quedó respirando con la boca abierta contra el linóleo.
—No noto los dedos —dijo—. De esta mano no noto nada.
Alba dio un paso atrás.
Se quedó de pie mirándolo. Él, desde el suelo, le veía los zapatos y el bajo del pantalón y el teléfono colgando de la mano, y le veía la cara solo cuando ella bajaba la barbilla.
—Por favor —dijo.
Alba se pasó el teléfono a la otra mano. Con la manga del jersey le frotó la pantalla y luego los cantos, un lado y el otro, dos veces cada uno, como se limpia un cristal.
Se lo guardó en el bolsillo de atrás.
—Alba.
Ella fue hacia la puerta.
—Alba.
La abrió, salió y la cerró, y el chasquido flojo sonó otra vez, y volvió a haber una sola luz alta y el olor a cerrado.
Mateo se quedó quieto un minuto. Después giró el cuerpo con el codo izquierdo y empezó a arrastrarse hacia la línea de claridad que se veía por debajo de la hoja.
Tardó mucho. Llegó a tocarla con la mano izquierda, a la altura de la rodilla, y la empujó, y la hoja no se movió porque estaba empujando hacia dentro.
Lo intentó tres veces más.
Después se quedó allí, apoyado en la puerta, y ya no volvió a moverse.