23. Teresa. Jueves, 1800
El atelier a las seis de la tarde de un jueves de octubre está vacío y tiene encendidos los fluorescentes de la mesa de corte y nada más, así que el resto es un espacio grande y oscuro con formas colgadas.
He estado aquí desde las cinco. He subido los cuatro libros de nóminas de papel, que pesan lo suyo, y los he dejado en el despacho de Cristina para mañana.
He recogido la manga que Marga entregó a las diez y que volvió a las cuatro porque la clienta ha querido el puño más ancho.
He tirado el eucalipto, por fin, seis días después, en cuatro viajes con un carro de basura, y el patio huele ahora a agua sucia.
Y le he dicho a Alba que baje a las seis. Ha bajado a las seis y cuatro.
—No estoy grabando —digo.
—Ya.
—Puedes mirar en el bolso si quieres.
—No hace falta.
Se sienta en el taburete alto de Marga. Yo me quedo de pie con las manos en el canto de la mesa, que es donde llevo treinta años poniendo las manos.
—Voy a contarte lo que sé y quiero que me escuches hasta el final, y luego dices lo que quieras.
—Vale.
—Yo salí del archivo a las cero horas y once minutos, con el carro vacío, contigo.
En el pasillo escribiste el mensaje a Pau, lo mandaste, apagaste el teléfono de Mateo y te lo metiste en el bolsillo del vestido.
Yo lo vi. Salimos al patio a las cero y catorce, bajé el cubo al muelle y subí a mi habitación a las cero y diecinueve.
—Cuento con la mano abierta sobre la mesa, un dedo por cosa, que es como hago todo—.
A las cero y treinta y cinco y a las cero y treinta y nueve, alguien intentó cancelar un envío desde ese teléfono. Dos veces. Y falló las dos.
Alba no dice nada.
—Cuando dejé aquella puerta la dejé sin bloquear porque pensaba volver a las cinco y media.
Cualquiera podía entrar por ahí. Sin llave, sin código y sin dejar rastro.
—Otro dedo—. El miércoles la policía me hizo repetir el traslado con un muñeco de setenta y ocho kilos y no pude cruzar el umbral sola.
No es que me costara. Es que no se puede. Hacen falta cuatro manos.
—Ya te lo dije el sábado, que no dijeras que lo habías hecho tú sola.
—Y el lunes tu tía me contó que hace tres años escuchaste los cuarenta y nueve minutos enteros sentada en el suelo del depósito.
Ahí sí levanta la cabeza.
—Y el domingo —sigo—, cuando yo estaba arriba con la caja abierta encima de la mesa, entraste, viste un aparato que no habías visto en tu vida y no me preguntaste qué era.
—Estaba pensando en otra cosa.
—Y esta mañana, en el coche, cuando te he preguntado quién se quedó el teléfono, me has dicho que yo.
—Es que fuiste tú.
—Alba.
—Fuiste tú.
Y ahí me quedo parada, porque hay algo terrible en oír a alguien repetir una mentira sin ningún esfuerzo, y es que da miedo cómo se parece a la verdad.
—Yo te lo di —digo.
—Tú escribiste el mensaje.
—Yo corregí el mensaje, que no es lo mismo, y luego te lo devolví, y tú lo apagaste y te lo guardaste, y yo no te lo pedí porque no se me ocurrió que hubiera que pedírtelo.
—Respiro—. Y ahora hay un papel encima de mi mesa que dice que a las once y cincuenta y dos tú subiste a tu habitación y no volviste a bajar, y esa hora te la has inventado tú.
—Esa hora la puse porque una cronología sin horas no vale nada.
—Ya lo sé. Por eso la has puesto.
Alba se baja del taburete, va hasta el burro de la pared y descuelga una chaqueta de hilo que lleva ahí desde el martes, se la pone, se la quita otra vez y la deja doblada encima de una silla. Después vuelve.
—Mamá, ¿tú mañana puedes estar a las once? Viene Àlex con dos ayudantes y necesito que estés porque el fondo rojo lo elegiste tú.
—¿Me estás hablando de las fotos?
—Te estoy hablando de mañana, que existe.
—Alba.
—Es que también existe, ¿sabes? —Se apoya enfrente de mí, con un metro veinte de tablero en medio—. Mañana viene un fotógrafo y el lunes hay una notaría, y ninguna de las dos cosas se va a suspender porque tú y yo estemos aquí a oscuras a las seis de la tarde.
Nos quedamos calladas.
—¿Qué quieres, mamá?
—Quiero saber qué pasó a las cero y treinta y cuatro.
—No sé qué pasó a las cero y treinta y cuatro.
—Alba.
—Que no lo sé. —Aguanta la mirada—. Y aunque lo supiera, ¿qué harías tú con eso? ¿Bajarlo mañana a la comisaría? ¿Y luego qué? ¿Vamos las dos?
—Puede.
—No. Tú no. —Menea la cabeza—. Tú no vas a hacer eso.
—No estés tan segura.
—Es que hay una cosa que llevas cinco días sin decirte a ti misma, y te la voy a decir yo. —Se le pone la voz más baja, no más dura—. Tú el viernes no me preguntaste la hora.
—¿Qué?
—Yo te llamé y te dije que se había caído y que no respiraba.
Y tú llegaste, le tocaste la muñeca cuatro segundos, y me preguntaste dos cosas.
Me preguntaste qué había pasado y me preguntaste si le había apartado o le había empujado.
—Levanta dos dedos—. Dos preguntas. No me preguntaste cuánto llevaba en el suelo.
No me preguntaste si había llamado a alguien.
No me preguntaste a qué hora se había caído.
No digo nada.
—¿Sabes cuántas veces he pensado en eso esta semana?
—No.
—Muchas. —Se cruza de brazos—. Porque yo te llamé a ti. Podía haber llamado al ciento doce y no lo hice, y eso es mío y lo sé. Pero te llamé a ti y tú viniste y en tres minutos habías decidido, y no me preguntaste la hora, y no me la preguntaste porque no querías la respuesta.
—Yo creí que estaba muerto.
—Tú decidiste que estaba muerto. —Y lo dice sin ningún énfasis, como quien lee una etiqueta—. En cuatro segundos. Con dos dedos en una muñeca. Tú, que sabes ver una costura mal cerrada desde tres metros.
El fluorescente de la mesa de corte hace su ruido, ese zumbido de siempre que ya no oigo desde hace veinte años y que esta noche oigo.
—Y ahora te voy a decir lo otro —sigue Alba—. Aquella noche hubo dos personas que podían haber hecho que esto no pasara y ninguna de las dos era yo.
—¿Perdona?
—Mateo podía haber cancelado ese envío. Le bastaba con dar una clave.
Una clave, mamá. Se la pedí y no me la dio.
—Habla más deprisa—. Y tú podías haberte negado a ayudarme.
Podías haber cogido el teléfono y haber llamado al ciento doce a las once y cuarenta y tres y haberme dicho que me buscara la vida. Podías. Y no lo hiciste.
—Estás diciendo que…
—Estoy diciendo que los dos tuvieron una elección y que los dos eligieron. —Se aparta el pelo de la cara—. Él eligió su expediente. Y tú me elegiste a mí. Eso es lo que pasó aquella noche.
—«Se la pedí» —digo.
—¿Qué?
—Acabas de decir «se la pedí y no me la dio».
Alba no se mueve.
—Le pedí la contraseña por teléfono el viernes por la tarde —dice—. Cuando me llamó para decirme que no había boda.
—Ya.
—Sí. Ya.
Y me quedo mirando a mi hija, apoyada en mi mesa de corte, contándome la noche del viernes convertida en otra cosa, en una cosa con forma, con simetría, con dos personas puestas a prueba y una que aprobó.
Lo dice bien. Lo dice como se dice algo que se ha pensado mucho.
—No —digo.
—¿No qué?
—No pusiste a nadie a prueba. Querías una contraseña.
Alba no se derrumba.
Se queda muy quieta durante dos o tres segundos y después coge el bolso del taburete y se lo cuelga, y cuando habla le ha cambiado el registro entero, y es el registro con el que habla con los proveedores.
—Rosa se lleva cincuenta y ocho mil o no se lleva nada —dice—. Encarna, once mil más de los que se llevaba esta mañana. Y tú y yo metimos a un hombre en un archivo entre las dos, mamá. Entre las dos. Yo empujaba los pies.
Coge la chaqueta de hilo de la silla. Va hacia la puerta y apaga uno de los dos fluorescentes al pasar, por costumbre.
—Mañana a las once viene la revista a hacer las fotos del catálogo de primavera —dice—. Ponte el gris.