22. Teresa. Jueves, 1230
Por la mañana he estado dos horas y media en el despacho de Cristina con los cuatro libros de nóminas y una lista de once nombres, dictando fechas de entrada, excedencias, reducciones y bajas, y comprobando cada una contra el libro con el dedo encima del renglón, porque en los libros de papel las columnas se corren.
Cuando terminamos, Cristina cierra el portátil y me dice, sin ninguna intención, que es la primera empresa que ve en quince años donde los libros antiguos están bien llevados.
—Los llevaba yo.
—Se nota.
El correo de Varenne entra a las doce y cuarto y me lo reenvía Juli con dos palabras: «Lo hablamos».
Son ocho líneas. Está en castellano y no tiene ni un adjetivo.
Dice que, para poder valorar la continuación del proceso, Varenne Luxe necesita antes del lunes tres cosas.
Una relación documentada de los hechos ocurridos en las instalaciones de la sociedad la noche del viernes, con indicación de fuentes.
Una delimitación del riesgo penal que pueda afectar a la señora Alba Luján Vilanova, incluida su condición procesal actual y previsible.
Y confirmación de que la sociedad y sus socios entienden que Varenne Luxe se reserva el derecho de desistir si dicho riesgo no puede delimitarse.
Nada más. Ni una palabra sobre mí. Ni una palabra sobre lo que debería decir nadie.
A las doce y media suben los dos a mi despacho.
Juli trae una carpeta y el portátil. Alba trae un folio suelto, doblado por la mitad, que no suelta hasta el final.
—Siéntate —le digo a Juli, y a ella no le digo nada porque ya se ha sentado.
—Teresa, esto es lo que hay y lo hemos mirado desde todos los lados. —Juli abre la carpeta—. Se lo voy a contar en el orden en que lo hemos pensado.
—Adelante.
—Ellos entran con el setenta por ciento después de todo.
Una parte comprándonos participaciones a nosotros y otra parte suscribiendo las nuevas.
El dinero de la primera parte va a nuestro bolsillo.
El de la segunda entra en la caja de la empresa.
Son dos dineros distintos y hay gente en esta casa que todavía no lo ha entendido.
—Yo lo he entendido.
—Ya lo sé. Se lo digo porque el martes se lo tuve que explicar tres veces a la junta del fondo.
—Pasa una hoja—. Para que puedan quedárselas todas ellos, los socios tenemos que renunciar a comprarlas nosotros primero, y eso lo aprueba la junta con una mayoría reforzada.
Sin usted no hay mayoría. Con Alba, Nuria, el fondo y yo sumamos cincuenta y seis por ciento.
—Ya lo sé.
—Ya lo sé que lo sabe. Se lo digo porque debajo de todo lo que viene ahora está eso. —Cierra la carpeta—. Y porque al banco se le acabó el plazo el lunes y Rocamora nos ha dado ocho días más por escrito. Eso es lo único que hemos conseguido esta semana. Ocho días.
—¿Y a cambio de qué?
—A cambio de nada. Rocamora hizo la mili con mi suegro. —Se encoge de hombros—. Ya sé cómo suena. Es así.
—¿Y entonces?
—Entonces hay que contestarles antes del lunes con algo que puedan delimitar. —Mira el folio doblado que Alba tiene en la mano—. Y ahí es donde ya no soy yo el que habla.
Alba desdobla el papel y lo deja en mi mesa, girado hacia mí.
Es una página. Arriba, en negrita, pone CRONOLOGÍA. Debajo hay siete puntos numerados con horas.
Los leo.
Es la noche del viernes contada de una manera que es cierta hasta las once y media y que a partir de ahí es otra cosa.
3. A las 23:40, la señora Alba Luján llama a su madre desde el antiguo salón de pruebas.
4. A las 23:43, la señora Teresa Luján acude al lugar, comprueba al señor Rivas y decide no requerir asistencia sanitaria.
5. Entre las 23:47 y las 00:12, la señora Teresa Luján limpia el lugar, traslada el cuerpo al archivo de tejidos con su llave maestra y redacta y remite un mensaje desde el teléfono del señor Rivas, que conserva.
6. A las 23:52, la señora Alba Luján, en estado de shock, se retira a su habitación y no vuelve a bajar.
Veintitrés cincuenta y dos.
Ha puesto una hora. Ha puesto una hora exacta para una cosa que no ocurrió, y la ha puesto porque una cronología sin horas no sirve para nada y ella lo sabe.
Y la ha puesto en el punto seis, después del cinco, que empieza a las veintitrés cuarenta y siete. Su hora de subir está escrita después de la hora en que empieza la limpieza y antes de la hora en que termina. Cualquiera que lea eso con cuidado ve que las dos cosas no caben.
—El seis va mal —digo.
—¿Cómo?
—Que si en el cinco yo empiezo a limpiar a las once cuarenta y siete y tú subes a las once cincuenta y dos, hay cinco minutos en que estás ahí. Ponlo antes o cambia la hora.
Alba coge el papel, saca el bolígrafo y lo corrige delante de mí, y escribe 23:46 encima del 23:52, y me lo devuelve.
Y las dos hacemos eso, a las doce y media de un jueves, con Juli delante.
—Falta un punto —digo.
—¿Cuál?
—El de que yo firme diciendo eso.
—Está debajo.
Está debajo. Punto ocho, sin numerar, en cursiva: declaración de la señora Teresa Luján en los términos de los puntos 3 a 7, prestada ante la autoridad competente antes del envío de la documentación.
—O sea que no basta con que lo cuente aquí —digo.
—No. Tiene que estar dicho donde valga.
—En comisaría.
—Sí.
Levanto la vista.
—¿Y esto lo ha pedido Varenne?
—No —dice Juli enseguida—. Esto no lo ha pedido nadie y esto no lo ve nadie de allí. Ellos han pedido hechos. Nosotros tenemos que darles hechos que se sostengan, y ahora mismo no se sostienen, porque la investigación tiene abiertas a dos personas y ellos han escrito el nombre de Alba tres veces.
—Y si yo digo eso, se cierra sobre mí.
—Sí.
—Y ellos compran.
—Y ellos compran. —Junta las manos—. Y entran los ocho millones, y se paga el puente, y las cincuenta y dos cobran la mejora a treinta días, y treinta y cuatro se quedan dos años. Eso es lo que compra usted.
Y entonces sigue, porque lo trae aprendido, y va enumerando lo demás con una voz que se le va poniendo cada vez más plana.
Que yo dimito del consejo y de la presidencia.
Que vendo mi cuarenta y cuatro por ciento en la primera pata y renuncio a comprar las nuevas en la segunda.
Que cedo a la sociedad, y por tanto al comprador, el uso comercial del archivo histórico y de los materiales de la casa.
Que la revista publica la entrevista de Alba después de que yo haya declarado y no antes.
Que a partir de la firma no puedo cuestionar públicamente nada de lo anterior.
—¿Eso último quién lo ha puesto?
—Es una cláusula normal en una salida.
—¿Quién la ha puesto, Juli?
—Está en el borrador que mandaron ellos en agosto.
—¿Y lo del archivo histórico?
—También.
—¿En agosto?
—En agosto.
Cojo el teléfono y llamo a Àngels Duran y la pongo en manos libres encima de la mesa, y le explico en cuatro frases lo que hay delante de mí, y Alba y Juli escuchan sin moverse.
—Teresa. —La voz de Àngels sale metálica—. ¿Está sola?
—No.
—¿Quiere que hable igual?
—Sí.
—Pues hablo. No se lo recomiendo. Se lo digo así, sin matices, para que quede claro delante de quien esté ahí.
—Se oye un papel—. Usted tiene ahora mismo dos declaraciones incompatibles sobre el teléfono y una reconstrucción que dice que no pudo hacer sola el traslado.
Si encima presta una tercera declaración detallada asumiendo la totalidad, no está usted delimitando ningún riesgo.
Está construyendo una confesión de homicidio imprudente y regalándole al fiscal la parte que hoy no tiene.
—¿Y si es verdad?
—Si es verdad, se declara igualmente, pero se declara conmigo, en el momento que yo diga y con la calificación pensada. No el lunes porque un francés necesita un papel.
—Àngels, ¿usted qué haría?
—Yo no soy usted y por eso soy su abogada. —Una pausa—. Le voy a decir lo que hace todo el mundo, que no es lo mismo. Todo el mundo firma, y después el problema se hace más grande y no más pequeño.
—Gracias, Àngels.
—Teresa, una cosa más.
—Dime.
—Que a usted la ha llamado la persona que se sienta ahí, no yo. Piense en eso esta noche.
Cuelgo.
Juli mira la mesa. Alba no.
—Ya sabíamos que iba a decir eso —dice Juli—. Y tiene razón. Su abogada tiene toda la razón y está haciendo su trabajo, que es que usted no vaya a la cárcel. Yo no estoy haciendo ese trabajo. Yo estoy haciendo el mío, que es que el día quince cobren ochenta y seis personas.
—¿Y tú qué opinas? —le digo.
—¿De qué?
—De si lo que hay escrito en ese papel es verdad.
Juli tarda.
—Yo no estaba allí, Teresa.
Y eso es lo más honrado que dice en toda la semana, y también es la manera exacta de no contestar.
Cojo el folio. Lo doblo por donde estaba doblado.
—Dejádmelo.
—¿Lo va a firmar? —dice Alba.
—He dicho que me lo dejéis.
Recogen. Juli se levanta primero y se queda esperando en la puerta con la carpeta debajo del brazo, y Alba tarda un segundo más en levantarse, y en ese segundo le hago la pregunta.
—¿De quién ha sido la idea?
Alba se cuelga el bolso.
—De los dos.
Y desde la puerta, sin darse la vuelta del todo, Juli dice:
—Mía.