21. Teresa. Jueves, 0700
El fondo de empleados de Casa Luján se constituyó en dos mil once, tiene setenta y una partícipes y un siete por ciento del capital, y las juntas las convoca así.
A las siete menos cinco hay treinta y ocho mujeres y tres hombres en el atelier, de pie, con el abrigo puesto, porque la calefacción arranca a las siete y cuarto.
En la mesa de corte hay un rollo de papel de patrón desenrollado a lo largo para que quepan las papeletas, una caja de galletas, once tazas y, en el extremo, una manga montada con el hilván puesto que hay que entregar a las diez y que nadie ha apartado.
Marga está de pie en la cabecera con una carpeta.
—Buenos días. Esto es la junta del fondo y no es otra cosa. Aquí no votamos el despido, que eso va por la comisión y va aparte. Aquí solo votamos qué hacemos con nuestro siete por ciento cuando llegue la junta de socios: si votamos que sí a la operación o si votamos que no.
—¿Y cuándo es la junta esa? —dice alguien del fondo.
—Cuando la convoquen. Mañana o el lunes.
—¿Y si votamos que no?
—Si votamos que no, no pasa nada, porque somos el siete por ciento. —Marga levanta la vista de la carpeta—. Pero constará. Y a mí me parece que tiene que constar lo que pensamos, aunque no decida.
—¿Y eso lo lee alguien?
—Lo lee el notario y lo lee el comprador.
—Pues entonces sí decide algo —dice Montse, desde atrás.
Juli está a un lado con el portátil abierto encima de un taburete alto. Está aquí porque le han invitado y se le nota en la manera de estar de pie. Alba está apoyada en el marco de la puerta del probador uno, con un café, y también está aquí porque la han invitado.
Yo estoy sentada en un banco de la pared, y no soy partícipe, y no voto.
Juli explica los números en once minutos. Lo hace bien y lo hace despacio. Dice lo de los ocho millones y dice lo de los seis coma dos, y dice, tres veces, que el dinero que paga las indemnizaciones no es el dinero de la compra sino el otro, y a la tercera Rosa dice que ya lo hemos entendido.
—¿Y cuándo se cobraría?
—La mejora, a los treinta días del cierre.
—¿Y si no hay cierre?
—Si no hay cierre y hay concurso, el Fogasa. Con topes.
—O sea que nada.
—Con topes.
—¿Y los treinta y cuatro que se quedan quiénes son?
Juli mira a Marga.
—Eso todavía no está —dice Marga—. Eso se decide con los criterios de la comisión, y la comisión se reúne mañana.
—O sea que estamos votando sin saber quién se queda.
—Sí.
—Vale. —La que ha preguntado es Montse, que lleva veintiún años—. Es que si lo sabéis y no lo decís, es una cosa. Y si no lo sabéis, es otra.
—No lo sabemos —dice Marga—. Te lo digo yo, que estoy en la comisión.
Bet levanta la mano. Trabaja en administración, tiene treinta y cuatro años y lleva desde el lunes con la lista de antigüedades encima de su mesa.
—Juli, hay una cosa mal.
—Dime.
—Pilar. La tienes computada desde dos mil ocho.
—Es lo que sale del programa.
—Pues el programa está mal, porque Pilar entró en septiembre del noventa y seis y estuvo dieciocho meses de excedencia cuando tuvo al niño, pero no liquidó. No hubo finiquito. Eso es continuidad.
Juli teclea. Mira. Vuelve a teclear.
—El programa me ha cortado la antigüedad en la excedencia.
—Pues son doce años más.
—Sí. —Se queda con los dedos encima del teclado—. Sí, son doce años más. Lo corrijo hoy.
—Corrígelo ahora —dice Marga.
—Marga, tengo que mirar cuántas hay así.
—Corrige la de Pilar ahora y luego miras las demás.
Juli corrige la de Pilar ahí de pie, con el portátil sobre un taburete, delante de cuarenta personas, y va diciendo la cifra en voz alta mientras la cambia, y Pilar, que está en tercera fila, se pone a llorar sin ruido y sin taparse la cara, y la de al lado le pasa un pañuelo de papel y no la abraza, porque aquí no se abraza a nadie a las siete de la mañana.
—¿Y las demás cuándo se miran? —dice Bet.
—Hoy.
—Ponlo en el acta.
—Bet, no hay acta.
—Pues hazla.
Y entonces habla Encarna.
Encarna tiene cincuenta y ocho años, es planchadora y lleva veintidós en la casa. Habla poco y cuando habla mira al suelo.
—¿Y lo mío?
—¿Lo tuyo qué, Encarna?
—Que a mí me sale muy poco.
Juli busca.
—Tú tienes veintidós años, sale…
—Sale poco.
—Sale con tu base de cotización de los últimos…
Alba se separa del marco de la puerta.
—¿Encarna, tú tuviste reducción de jornada?
—Del dos mil once al dos mil catorce. Por mi madre.
—Guarda legal.
—Sí.
—Juli, eso va sobre jornada completa. —Alba deja el café en la mesa de corte—. La indemnización de una reducción por guarda legal se calcula sobre el salario a jornada completa, no sobre lo que cobró esos años. Está en el Estatuto y está en dos sentencias que nos pasó Cristina el lunes.
—Yo lo he sacado del programa.
—Pues el programa lo hace mal otra vez.
Juli lo comprueba. Tarda dos minutos largos. Cuando levanta la cabeza tiene la cara de alguien a quien acaban de decirle que ha estado sumando mal toda la semana.
—Son once mil euros más.
Encarna no dice nada.
—Encarna —dice Alba—, once mil euros más.
—Vale.
Alba mira alrededor.
—Juli, ¿cuántas hay con reducción en los últimos diez años?
—Habría que…
—Hay cuatro. Encarna, Montse, Rosa y la chica de Barcelona que ya no está. —Lo dice sin mirar ningún papel—. Y de las cuatro, dos están en la lista de los cincuenta y dos.
Alguien deja una taza encima de un patrón.
Yo miro a mi hija apoyada en la mesa de corte de mi taller, a las siete y veinte de la mañana, recitando de memoria los nombres de cinco mujeres y sus reducciones de jornada, y siento una cosa que no se puede decir sin quedar mal, que es orgullo.
Y a los cuarenta minutos, cuando Marga pregunta si alguien quiere decir algo antes de votar, Alba dice esto:
—Yo solo quiero que sepáis lo que estáis votando.
Si esto sale, se quedan treinta y cuatro puestos garantizados dos años y se van cincuenta y dos con la mejora.
Los cincuenta y dos se van igual. Eso no lo cambia esta votación y no lo va a cambiar nadie a estas alturas.
Lo único que se decide aquí es si se van cobrando o si nos vamos todas a la vez sin cobrar.
—Eso ya lo sabemos —dice una desde el fondo.
—Ya. Pero prefiero decirlo yo y no que os lo diga un abogado el mes que viene.
Marga reparte las papeletas, que son cuartillas de papel de patrón cortadas a tijera.
Antes de que empiecen, Rosa se vuelve hacia mí.
—Teresa.
—Dime.
—Usted qué votaría.
El atelier se queda quieto. Cuarenta y una personas y una manga hilvanada.
Podría no contestar. Podría decir que no me corresponde, que no soy partícipe, que hoy no soy nadie aquí. Sería verdad y sería lo prudente.
—Yo votaría que no —digo.
—¿Por qué?
—Porque si vendemos, en dos años esto es una marca sin taller. Comprarán el nombre y el archivo, cerrarán la confección, mantendrán a treinta y cuatro mientras les sirva y luego producirán en Portugal o en Turquía. Y lo que quede se llamará Casa Luján y no lo será.
Rosa asiente despacio.
—Ya. —Coge su papeleta—. Puede que tenga razón.
Y vota que sí.
Votan sesenta y tres de setenta y una. El recuento lo hacen Marga y Bet en voz alta, en la mesa de corte, apartando la manga hilvanada a un lado, y tardan doce minutos porque hay ocho papeletas en las que alguien ha escrito algo más que sí o no y hay que decidir qué se hace con ellas.
En una pone «sí, pero que conste que es una vergüenza».
Marga la cuenta como sí y lo dice en voz alta.
Cincuenta y uno a favor, nueve en contra, tres en blanco.
Marga lo apunta en la carpeta y dice que a las ocho menos cuarto empieza el turno y que la manga tiene que estar a las diez.
Se van casi todas. Recojo yo las papeletas porque están encima de mi mesa de corte.
Rosa se ha quedado colgando el abrigo en su sitio y pasa por detrás de mí camino de la plancha.
—No se lo tome a mal, ¿eh? —dice, sin pararse—. Es que usted no cobra de aquí.