20. Teresa. Miércoles, 1700
Han traído un muñeco.
Es de los que usan los bomberos para prácticas, de lona gris, con articulaciones en las caderas y en el cuello y un peso repartido que, según el agente Serrat, está calibrado en setenta y ocho kilos, que es lo que pesaba Mateo Rivas.
Está tumbado en el suelo del salón de pruebas, al lado de la tarima, en el sitio exacto, con dos marcas de cinta amarilla en el parqué.
—Vamos a hacerlo despacio —dice Rius—. Nadie la está examinando. Solo quiero ver el recorrido.
Ha venido con Serrat, con una mujer de la científica que hace fotos y con un carro que no es el nuestro, un carro igual de bajo que han traído de otra sala del atelier, porque el nuestro sigue precintado.
Antes de empezar, la mujer de la científica mide la altura del listón del umbral con un pie de rey y la anota, y mide la anchura del pasillo, y hace catorce fotografías del suelo con una regla amarilla puesta al lado.
Tarda veinte minutos. Nadie habla en esos veinte minutos y yo me quedo de pie junto a la puerta con las manos en los bolsillos.
—Antes de empezar, una cosa. —Rius saca una bolsita de plástico transparente con una etiqueta y me la enseña sin dármela. Dentro hay una pieza de latón del tamaño de un dedo meñique—. ¿Sabe qué es esto?
—Es el pasador del resbalón de la puerta del archivo.
—Explíquemelo como si yo no supiera nada de puertas.
—Es una pieza que mantiene el pestillo recogido. Cuando lo pones, la puerta se cierra a la vista pero no se bloquea, y se puede abrir empujando. Lo usamos cuando entramos y salimos veinte veces con colecciones, porque si no hay que pasar la llave cada vez.
—¿Y esto lo tiene la puerta de fábrica?
—No. Lo hizo un cerrajero en el dos mil doce.
—¿Y quién lo puso el viernes por la noche?
—Yo.
—¿Por qué?
Y aquí digo la verdad, entera y por primera vez en cinco días, y la digo porque no se me ocurre ninguna mentira que aguante.
—Porque pensaba volver a las cinco y media de la mañana. La cerradura registra cada apertura. No quería que quedara otra.
Rius asiente. No parece ni satisfecha ni sorprendida.
—Se lo agradezco. Y le digo lo que significa, para que no se haga ilusiones en ninguna dirección.
—Deja la bolsa en la mesita—. Esto es malo para usted, porque acredita premeditación en la ocultación.
Y no me dice absolutamente nada sobre quién entró después.
Me dice lo contrario: que a partir de las cero horas y tres minutos, esa puerta la podía abrir cualquiera que pasara por ese pasillo, sin llave, sin código y sin dejar rastro.
—Cualquiera.
—Cualquiera. —Me mira—. Usted incluida.
—¿Y por qué me lo cuenta?
—Porque lo va a leer en el atestado y prefiero que lo entienda hoy y no dentro de dos años.
Empezamos.
Primero lo hacen ellos. Serrat y la mujer de la científica levantan el muñeco entre los dos y lo suben al carro en tres segundos, uno por los hombros y otra por las corvas, y lo hacen bien porque los dos han hecho un curso.
—Ahora usted —dice Rius—. Sola, como declaró.
Me arrodillo al lado del muñeco.
Lo primero es girarlo. Eso lo hago. Lo ruedo hacia mí con la mano en la cadera y en el hombro, y pesa una barbaridad pero se puede, porque rodar es lo único que se puede hacer sola con setenta y ocho kilos, y eso ya lo sabía yo el viernes.
Lo segundo es subirlo al carro. Meto el brazo por debajo, tiro, se me va, lo vuelvo a intentar. A la tercera consigo subir el tronco y las piernas se quedan fuera, y las meto de una en una. Tardo casi cuatro minutos y acabo con la camisa pegada a la espalda.
—Bien —dice Rius—. Ahora al pasillo.
Empujo. El carro va bien por el parqué. En la puerta del salón hay que girar y el giro se hace, se hace con el hombro.
Y llegamos al umbral del pasillo de servicio.
Dos centímetros de desnivel. Un listón de latón cruzando el suelo. Doce metros después empieza la moqueta.
Empujo. El carro sube el listón con las ruedas delanteras y da el tirón, y la cabeza del muñeco se va hacia atrás y se sale del borde, y el cuello articulado cede, y la cabeza queda colgando fuera del carro.
Y ahí me paro.
Porque para que eso no pase hay que sujetarla. Y para sujetarla hay que tener una mano debajo de la nuca. Y para empujar el carro por encima de un listón de latón hacen falta las dos manos, o una y todo el peso del cuerpo detrás.
Me quedo con una mano en la barra y la otra en el aire.
—Póngala —dice Rius, muy tranquila—. Ponga la mano donde la puso.
Se la pongo. Meto la palma abierta debajo de la nuca de lona gris y con la otra mano intento empujar la barra, y el carro no sube el listón, y cuando pongo el peso el carro se me va de lado, y suelto la cabeza y la cabeza cae, y suena, y todo el mundo mira el suelo.
—Otra vez —digo.
—No hace falta.
—Otra vez.
Lo intento dos veces más. La segunda casi lo consigo, empujando con la cadera contra la barra, y aun así la cabeza se sale.
—Señora Luján —dice Serrat, que no ha hablado en toda la semana—, ¿quiere agua?
—No.
Me incorporo. Tengo cincuenta y siete años y las manos me tiemblan de la fuerza, no de otra cosa.
Rius no dice nada durante un momento. Después habla, y habla sin ningún tono de victoria, que es lo que me deja peor.
—Señora Luján, su relato no cabe por esa puerta.
—Pude hacerlo de otra manera.
—Puede ser. Pero usted el martes me hizo el gesto con las dos manos, y me lo hizo así, y no me lo hizo así porque quisiera engañarme. Me lo hizo así porque fue así.
Recogen. Serrat carga el muñeco doblado en una bolsa azul y la mujer de la científica hace fotos del listón.
—Otra cosa, y es pequeña —dice Rius mientras se limpia las manos con una toallita—. El martes me contó usted que había probado dos veces la fecha de cumpleaños del señor Rivas.
—Sí.
—Su hija nos dio el jueves la lista de invitados. La he mirado esta mañana. Son nombres y números de mesa. No hay fechas de nacimiento.
Me quedo mirando la bolsa azul.
—No hace falta que conteste —dice.
Rius se sienta en la silla dorada de las madres, que es la única que hay, y me indica la tarima. Me siento en la tarima.
—Le voy a contar algo que su hija ha declarado esta mañana. Se lo cuento porque lo va a saber igual y prefiero que sepa exactamente qué ha dicho, no lo que le llegue.
—De acuerdo.
—Ha estado dos horas y media y no la ha acusado a usted de nada.
No ha dicho ni una vez que usted matara a nadie.
—Abre la libreta—. Ha dicho que usted tiene copia de las llaves de su piso de Girona y que ha entrado dos veces sin avisar.
Ha dicho que en dos mil diecinueve le ofrecieron un puesto en Milán y que usted contestó al correo desde su cuenta, y que ella se enteró cuatro meses después.
—Eso no fue así.
—Ha dicho también que usted figura como autorizada en una cuenta suya del Sabadell desde que ella tenía dieciocho años y que nunca se lo ha pedido y nunca se ha ido.
Me quedo mirando la moqueta.
Esta mañana, a las nueve y media, he entrado en esa cuenta y he mirado doce meses de movimientos de mi hija de treinta años buscando algo que la salvara.
—¿Es cierto? —dice Rius.
—Sí.
—¿Y lo de Milán?
—Yo contesté aquel correo. —Levanto la cabeza—. Aquel correo era de un estudio que se hundió a los dos años y que no pagaba a nadie. Le habría arruinado.
—No le he preguntado si hizo bien. Le he preguntado si es cierto.
—Es cierto.
—Ha dicho una cosa más. —Rius pasa una página—. Que cuando ella tenía veinte años, usted contrató a un detective para mirar a un novio que tuvo. Un chico de Banyoles.
—Eso no fue un detective.
—¿Qué fue?
—Un amigo de Enric que trabajaba en un banco.
—Ya. —Cierra la libreta—. Todo lo que ha declarado su hija es comprobable. Eso es lo que llevo dos días pensando, señora Luján. Su hija no me ha contado ni una sola cosa que yo no pueda verificar en un registro, en un correo o en un banco.
En el pasillo, la mujer de la científica está guardando la cámara.
Rius se levanta y se pone el abrigo, y luego se queda de pie delante de mí con las manos en los bolsillos.
—Le voy a hacer la misma pregunta del martes. No hace falta que conteste.
—Hágamela.
—Después de las cero horas y diecinueve minutos, cuando usted subió a su habitación, ¿quién tenía el teléfono de Mateo Rivas?
El pasillo de servicio tiene cuarenta y dos metros. La pared que separa el archivo de mi escalera tiene cuarenta y cinco centímetros de piedra. Lo he medido esta mañana con un metro de costura, de rodillas, para averiguar si pude oír lo que oí.
—Yo —digo.
Rius asiente una vez.
—¿Quiere añadir algo sobre los horarios de esa noche?
—No.