19. Teresa. Miércoles, 1200
El técnico de la empresa de tasación empieza a las once y a las doce ya ha puesto once pegatinas rojas.
La comisión negociadora se reúne en el atelier porque en el atelier hay mesa y porque las trabajadoras entran y salen sin perder el turno.
Son cinco por la parte de la plantilla: Marga, Pilar, una chica de administración que se llama Bet, y dos de la unidad de confección.
Por la empresa, Juli y una abogada laboralista de Barcelona que se llama Cristina y que tiene la voz muy suave y un cronómetro mental.
Yo no soy nadie en esta mesa. Estoy aquí porque los expedientes de antes de mil novecientos noventa y ocho no están digitalizados y porque las antigüedades de once personas solo las sé yo.
Eso es lo que soy esta mañana. Una base de datos.
—Pilar Casals —dice Cristina.
—Entró en el noventa y seis, en septiembre —digo—. Estuvo un año y medio fuera cuando tuvo al niño y volvió sin liquidar, o sea que le cuenta seguido.
—¿Eso lo puede acreditar?
—En los libros de nóminas de papel. Están arriba.
—Habrá que subirlos.
—Los subo yo.
—No —dice Cristina—. Los sube alguien conmigo delante.
Lo dice sin ninguna intención y con toda la intención del mundo, y Bet se ofrece y la cosa sigue.
Al fondo, un técnico de la empresa de tasación va poniendo cinta en las máquinas. Cinta blanca en las que se quedan, para prototipado, y una pegatina roja redonda en las que van a liquidación. Lleva desde las once. Ya ha puesto once rojas.
Trabaja con una tableta y va diciendo en voz alta lo que teclea, porque debe de ser su costumbre y porque en un taller vacío se oye todo. Recta industrial Juki, dos mil dieciocho, funcionando. Recubridora Pegasus, dos mil nueve, funcionando. Ojaladora Brother, dos mil quince, funcionando.
Sandra Puig, veinticinco años, está en su puesto haciendo ojales a máquina a cuatro metros de nosotros, y cada vez que el técnico se acerca a una máquina levanta la cabeza. Ivet está dos mesas más allá, planchando entretelas, y no levanta la cabeza ni una vez, que es otra manera de estar pendiente.
—Vamos a los criterios —dice Cristina—. La propuesta de la empresa es antigüedad, polivalencia acreditada y absentismo. Ustedes propusieron quitar absentismo.
—Fuera absentismo —dice Marga.
—¿Motivo? Para el acta.
—Porque el absentismo en un taller de mujeres de más de cincuenta es artritis y son padres mayores. Ponlo así o ponlo como quieras, pero fuera.
—De acuerdo, la empresa lo acepta. Quedan antigüedad y polivalencia.
—¿En qué proporción? —pregunta Bet.
—Sesenta antigüedad, cuarenta polivalencia.
Marga niega con la cabeza.
—Cincuenta y cincuenta.
Juli levanta la vista.
—Marga, con cincuenta y cincuenta se caen tres de las tuyas de más de veinte años.
—Con cincuenta y cincuenta se quedan las que pueden hacer de todo.
—Marga tiene delante una lista impresa y va marcando con el boli—.
Mira, es que si esto se queda solo en antigüedad, el taller que queda no sabe hacer un vestido entero.
Se quedan tres planchadoras y ninguna que sepa aplicar encaje a mano. ¿Y entonces qué vendemos?
—¿Y si fuera cincuenta y cinco y cuarenta y cinco? —dice Bet.
—Bet, no es un regateo —dice Cristina.
—Es que sí lo es.
—Es que sí lo es —repite Marga.
Se queda en cincuenta y cincuenta después de veinte minutos en los que Juli hace tres simulaciones en el portátil y en las que, cada vez que aparece un resultado, cuatro personas se inclinan sobre la pantalla y una se aparta.
—¿Y polivalencia se acredita cómo? —dice Cristina.
—Con las fichas de proceso. Quién ha hecho qué en los últimos cinco años.
—Eso es objetivo.
—Es objetivo.
Y es verdad que es objetivo.
Yo tengo el listado delante porque lo tengo todo delante, y sé leerlo mejor que nadie de esta mesa, y por eso soy la única que ve, mientras Cristina lo apunta, lo que acaba de pasar.
En Casa Luján, aplicar encaje a mano lo hacen cuatro personas. Pilar, Rosa, Marga y Montse. Todas por encima de los cuarenta y cinco. Se aprende en dos años, trabajando al lado de alguien que ya sabe, y esa plaza al lado de alguien que ya sabe la reparte Marga.
El año pasado hubo una. La discutimos en octubre, en su despacho, tomando café. Estaban Ivet, que llevaba dos meses, y Sandra, que llevaba uno y medio, y estaba Pilar, que llevaba veintitantos años y quería aprender el encaje porque se le estaba estropeando la vista para el ojal a máquina.
Marga eligió a Pilar. Me dijo que las chicas tenían tiempo.
Abro la boca para decirlo.
Y no lo digo, porque para decirlo tendría que decir también que yo estuve de acuerdo, y porque no soy nadie en esta mesa, y porque Pilar está sentada a metro y medio de mí con las manos en el regazo.
—¿Alguien tiene algo que decir sobre polivalencia? —dice Cristina.
Nadie tiene nada que decir.
El técnico llega a la máquina de Sandra. Espera educadamente a que termine el ojal, y cuando ella para, le enseña la hoja y le señala una casilla y le pone la pegatina roja en el lateral del cabezal.
—Perdona —dice Sandra—. ¿El rojo qué quiere decir?
El técnico mira a la mesa. Cristina mira a Juli. Juli abre la boca y no dice nada.
—Quiere decir que esa máquina se vende —digo yo.
—Ah. —Sandra mira la pegatina—. ¿Y la persona?
—La persona es otra lista.
Sandra vuelve a sentarse. No pregunta más. Sigue haciendo ojales durante los cuarenta minutos siguientes con una pegatina roja a quince centímetros de la mano.
A las doce y media, Ivet deja la plancha, sale al patio y vuelve a los diez minutos con los ojos normales y una botella de agua.
Juli lee lo de Varenne a la una menos veinte.
—Rouvier ha contestado esta mañana. Uno, no se oponen a la serie corta, pero no quieren ni una palabra sobre el fallecimiento en la comunicación y quieren ver los números antes.
Dos, mantienen lo del lunes: relación documentada de hechos y evaluación del riesgo penal sobre Alba.
Y tres, y esto lo dice literal, se reservan el derecho de retirarse si la contingencia no puede delimitarse.
—O sea que siguen —dice Marga.
—Siguen.
—¿Y eso lo puedo decir fuera?
—No.
—Pues entonces no siguen para nada, Juli, porque ahí fuera hay setenta y cuatro personas que ayer leyeron en el periódico que esta casa cierra.
—Marga, si yo digo que siguen y luego se van, es peor.
—Ya lo sé. —Cierra la carpeta—. Yo tengo once años de hipoteca.
Seiscientos cuarenta al mes. Pilar tiene dos críos y el marido en el paro desde febrero.
Rosa está a cuatro años de jubilarse y si sale ahora se le queda la pensión hecha una porquería.
Eso es lo que hay en mi lado de la mesa.
No hablo por los trabajadores, que suena muy bonito. Hablo por esas tres y por mí.
Pilar mira la mesa mientras Marga dice su nombre y no levanta la cabeza hasta que termina.
Cristina asiente y anota, y a la una y cuarto levantan la sesión hasta el viernes.
Recojo yo los papeles porque nadie los recoge.
Al pasar por la mesa de corte veo que hay un embozo montado y sujeto con pinzas para la prueba de la tarde, y que la pinza del centro está mordiendo la vuelta y va a dejar marca en el raso, así que lo suelto y lo vuelvo a sujetar con los dedos abiertos, sin pinza, sosteniéndolo yo.
Marga pasa por detrás con la lista todavía en la mano.
—Así no.
—¿Cómo que así no?
—Que lo estás cogiendo por el filo. —Me quita el embozo, lo coge por el cuerpo, dos dedos por dentro, y lo vuelve a poner con la pinza pero girada—. La pinza no es el problema. El problema es que la pones a favor del hilo. Girada no marca.
—La he puesto así toda la vida.
—Y toda la vida te ha marcado. —Se va hacia la puerta y desde allí, sin volverse—: Sube los libros de nóminas antes del viernes, que si no, la de Barcelona nos hace subirlos el sábado.