18. Mateo. Viernes, 2317
Ella eligió el sitio, y él pensó, al cruzar el patio, que la elección tenía algo de mensaje y que no sabía leerlo.
El antiguo salón de pruebas estaba a oscuras cuando llegó. Alba encendió solo la fila de apliques de la pared del espejo, que dejaba la mitad de la sala en penumbra y la tarima en el centro, iluminada como una isla. Olía a barniz y a producto.
Se quedaron de pie. Ninguno de los dos se sentó en toda la conversación, y eso Mateo lo recordó después, en el suelo, cuando ya recordaba muy poco: que había una silla dorada a dos metros y que ninguno se había sentado.
—Gracias por venir —dijo ella.
—No me des las gracias.
—Vale.
Alba llevaba una carpeta. La abrió sobre la tarima, y él vio que era la de siempre, la de la operación, con las pestañas de colores, y que había una hoja impresa esa tarde.
—Quiero que veas una cosa antes de nada.
—Alba…
—Cuatro minutos. Después dices lo que quieras.
Le puso delante una hoja con una tabla.
—Ocho millones. Seis coma dos van al puente, y con eso el banco se calla y no hay concurso.
El resto, uno con ocho, va a las indemnizaciones de los cincuenta y dos y a la mejora que negociamos el martes, que son cuarenta y cinco días por año en vez de veinte.
—Le señaló con el dedo—. Esto de aquí es Rosa.
Veintiséis años en la casa. Con el mínimo se lleva veintiséis mil. Con la mejora, cincuenta y ocho.
—Ya sé leer una tabla.
—Sé que sabes. —Pasó la hoja—. Y esto es lo otro. Treinta y cuatro puestos garantizados dos años por contrato. Prototipado, archivo, comercial, digital y administración. Marga entra. Pilar entra.
—Y cincuenta y dos no.
—Y cincuenta y dos no. Eso ya está decidido y estaba decidido antes de esta semana y no lo he decidido yo sola.
—Cerró la carpeta—. Lo que se decide ahora es si esas cincuenta y dos personas cobran cincuenta y ocho mil o cobran lo que quede en un concurso, que son cero durante dos años y luego lo que diga el Fogasa.
Mateo esperó a estar seguro de que había terminado.
—Todo eso es verdad —dijo—. Y todo eso está construido encima de un párrafo falso que firmaste tú.
—Ya sabía yo que ibas a decir eso.
—Es que no hay otra cosa que decir, Alba.
La sección cuarta, apartado siete. «Los vendedores manifiestan que no existe ningún hecho, acto u omisión que pueda dar lugar a responsabilidad penal.
» Y debajo hay cuatro firmas y una es la tuya, y cuando la pusiste tú ya llevabas tres años sabiendo lo que hay en esa grabación.
Alba no se movió.
—Sí.
—Ah, vale. —Se le escapó la risa, corta y fea—. Bien. Muy bien. Es la primera vez que dices que sí a algo.
—Es que es verdad. ¿Qué quieres, que lo discuta?
—Quiero que me digas por qué no me lo contaste.
—Porque no era mío.
—¿Cómo que no era tuyo?
—No era mío. —Levantó la voz un punto—. Era de mi madre.
Yo llevaba dieciocho años pensando que le había matado yo.
¿Tú sabes lo que es enterarte a los veintisiete de que no lo mataste tú?
¿Y de que lo que pasó fue otra cosa? Yo no tenía a quién contárselo.
Se lo iba a contar a alguien y hacía saltar todo esto por los aires, la casa, ella, mi tía, y yo qué sé, yo tenía veintisiete años.
—Y ahora tienes treinta y firmas papeles.
—Sí. —Se cruzó de brazos—. Ahora tengo treinta y firmo papeles. Bienvenido.
Se quedaron un momento callados. Fuera, en el patio, alguien pasó con un carro y las ruedas sonaron sobre la gravilla.
—¿Qué quieres, Mateo?
—Ya te lo he dicho por teléfono.
—Dímelo aquí.
—Que vayas tú. Mañana por la mañana, antes de las nueve, con Serna o con quien quieras, y lo cuentes. Todo. Lo de tu padre, lo que sabías y cuándo lo supiste, y la manifestación. Si haces eso, yo cancelo el envío.
—Y si no lo hago, sale.
—Sale.
—A las nueve.
—A las nueve.
Alba se apoyó en el borde de la tarima con las dos manos.
—¿A quién?
—Ya lo sabes.
—No lo sé. Sé lo que me has dicho por teléfono. Tres destinatarios. ¿Quiénes?
—Alba.
—Es una pregunta razonable. Me estás pidiendo que me destruya mañana a las nueve de la mañana y no me quieres decir a quién le llega esto si no lo hago.
Y él, que llevaba dos semanas midiendo cada palabra, se lo dijo. No supo nunca por qué.
—Mi deontóloga. El abogado de Varenne. Y una penalista, con instrucciones de ir a los Mossos si yo no cancelo.
—Serna.
—Sí.
—La que me dijiste el lunes que llamáramos juntos.
—Sí.
Alba asintió despacio.
—¿Y son copias completas?
—Sí.
—¿Y cómo se cancela?
—Con una contraseña.
—¿Que tienes tú.
—Que tengo yo. Que solo tengo yo. No está apuntada en ninguna parte.
—Muy bien. —Se separó de la tarima—. Entonces vamos a hacer una cosa. Escúchame hasta el final, porque he estado toda la tarde con esto y creo que es mejor que lo tuyo.
—No hay ninguna otra cosa.
—Escúchame. —Levantó una mano—. Nosotros firmamos el viernes que viene.
El lunes, en cuanto tengamos el dinero dentro, comunicamos formalmente a Varenne una contingencia sobrevenida.
Está en el contrato, Mateo, tú redactaste esa cláusula.
Se abre un ajuste de precio, ellos deducen lo que quieran de la parte aplazada, nosotros lo pagamos y ellos se quedan con la información.
Y a la vez, ese mismo lunes, mi madre y yo vamos a un penalista.
—Después de cobrar.
—Después de que entre el dinero de las indemnizaciones, sí.
—Alba, eso es exactamente lo que hace todo el mundo.
Todo el mundo. Cobro primero y confieso después, y cuando llega el después ya hay un motivo nuevo para esperar.
—Puso la mano en el respaldo de la silla dorada y la quitó—.
Y no es que sea feo. Es que no se puede.
Tú no puedes firmar el viernes una manifestación que sabes falsa.
Eso no es un ajuste de precio. Eso es engaño.
—Ya está firmada.
—Se firma otra vez en el cierre. Se ratifica. Eso lo sabes.
—Pues no la ratifico yo.
—La ratifican los cuatro.
Alba se quedó un segundo con la boca abierta y la cerró.
—Vale —dijo—. Vale. Entonces dime tú qué hago.
—Ya te lo he dicho.
—No, no me lo has dicho. Me has dicho lo que tengo que decir.
Dime lo que pasa después. —Se acercó un paso—.
Mañana a las nueve entra esto y el lunes Varenne se va.
Se va, Mateo, no hay ajuste ni hay nada, se va.
El banco ejecuta el martes. ¿Y entonces qué?
Concurso. Y en un concurso Rosa no cobra cincuenta y ocho mil, ni veintiséis, ni nada, porque no hay caja.
Y mi madre igual va a la cárcel de todas maneras.
Igual. Lo único que cambia es que además cierra.
—Puede ser.
—Puede ser.
—Sí. Puede ser eso. —Y ahí él también levantó la voz, y se oyó, y no le importó—.
Y también puede ser que tu padre estuviera veintiocho minutos en el suelo de esta sala pidiendo una ambulancia, y que hoy haya cuatro personas cobrando por decir que aquí nunca pasó nada. Y esa parte no la arregla el Fogasa.
Fue lo peor que dijo, no porque fuera falso, sino porque lo dijo en esa sala y señalando el suelo.
Alba miró donde él señalaba. Después le miró a él.
—¿Y tú qué sacas?
—Perdona.
—Que qué sacas tú. —Habló muy tranquila—.
Te han suspendido. Te has quedado sin la operación y sin ser socio, y el lunes fuiste a Madrid a una entrevista de la que no me has contado nada porque te fue mal.
Llevas dos semanas perdiendo cosas. Y de repente resulta que todo eso vale algo, porque es el precio de haber hecho lo correcto.
—Ladeó la cabeza—. Si mañana yo voy a la policía, tú recuperas la historia.
Si no voy, la recuperas igual, y encima sin mancharte.
—Eso es una guarrada.
—Es una pregunta.
—No, es una guarrada, y encima es la de tu madre. —Cogió el móvil de la tarima—. Ella me dijo lo mismo el lunes con otras palabras. Sois iguales.
—Sí, bueno. —Alba se encogió de hombros—. Eso ya lo sabías.
Mateo se guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Me voy.
—No hemos terminado.
—Sí hemos terminado. Tienes hasta las nueve.
Y entonces ella se puso delante de la puerta.
No fue teatral. Dio tres pasos rápidos de lado y se colocó entre él y la hoja de roble, y puso la mano en el pomo por detrás de su propia espalda, y le dijo, con una voz que ya no era la de antes:
—Dame el teléfono.
—Alba, quítate.
—Dame el teléfono, por favor. Solo quiero ver la pantalla. Quiero ver que es verdad, que hay algo programado, que no me lo estás diciendo para asustarme.
—Quítate de la puerta.
—Enséñamelo y me quito.
Él fue a apartarla. Le puso la mano izquierda en el hombro y empujó, no fuerte, lo justo para pasar, y ella se agarró a la solapa con una mano y con la otra le metió los dedos en el bolsillo interior de la chaqueta, y él se giró para proteger el bolsillo, y en ese giro le dio con el codo en la boca.
Fue sin querer. Se oyó el golpe seco de los dientes.
—Perdona —dijo él—. Perdona.
Ella no contestó. Tenía la mano en la boca y con la otra le agarró la muñeca, y él tiró, y ella tiró, y los dos se movieron dos pasos hacia el centro de la sala, y no había nada de coreografía en aquello, era torpe y era ridículo y duró tres o cuatro segundos, dos adultos vestidos de calle tirándose de la ropa junto a una tarima.
Mateo consiguió soltarse. Retrocedió un paso para ganar espacio.
Y ella lo empujó con las dos manos en el pecho.
No fue un empujón grande. Fue el empujón que se le da a alguien para apartarlo, con rabia, sin cálculo.
Él estaba con el peso mal repartido porque acababa de retroceder, y el talón le chocó con el canto de la tarima de pruebas, que se levanta once centímetros del suelo, y no llegó a poner la otra mano.
Cayó sentado y hacia atrás y la cabeza le fue contra el ángulo del herraje de latón que sujeta el rodapié de la tarima.
El ruido no fue fuerte.
Después hubo un momento en que Mateo estuvo consciente y no supo que lo estaba, y en ese momento vio el techo del salón de pruebas, la fila de apliques encendidos a la izquierda y la mitad de la sala en penumbra a la derecha, y notó el barniz frío en la palma de la mano, y pensó, con una claridad rarísima y muy breve, que había que sellar esa junta.
Oyó su nombre dos veces.
Después la luz de la izquierda se puso amarilla y se fue estrechando, como cuando se apaga un tubo antiguo.
Notó unos dedos en el lado del cuello, tres dedos, fríos, que se apoyaron y se quedaron quietos un rato largo. Notó que se quitaban.
Y después, encima de él, se encendió un rectángulo blanco. Se quedó ahí, muy quieto, sin acercarse, iluminando algo que él ya no veía.