17. Teresa. Miércoles, 0830
Al velatorio he ido dos veces y ninguna ha durado más de veinte minutos.
La sala es la número tres del tanatorio de Girona, con moqueta gris y once sillas, y anoche, cuando entré, había siete personas: Carmen, su hermana, los dos de Madrid, un compañero del despacho al que no conocía y dos chicos de la edad de Mateo que se quedaron de pie junto a la puerta toda la hora, sin sentarse, con las manos cruzadas por delante.
Al cristal me acerqué una sola vez.
Lo habían vestido con el traje azul que ella trajo en la maleta.
Le queda ancho de hombros. Se ve desde fuera que le queda ancho de hombros, y se ve que la camisa es de otro conjunto porque el cuello es distinto, y yo estuve delante de ese cristal cuatro o cinco segundos pensando en el hombro derecho y en que con dos pinzas por dentro no se habría notado, y después me aparté y me senté al fondo y no volví a levantarme.
Esta mañana el coche fúnebre sale del garaje a las ocho y treinta y cinco y tiene que maniobrar dos veces porque hay una furgoneta mal aparcada.
Estamos en la acera de enfrente. Carmen ha salido por la puerta principal con su hermana y con las dos personas que han venido de Madrid, y las cuatro suben a un taxi.
Al pasar por delante levanta la mano a la altura del pecho y la mueve un poco, hacia mí, sin mirarme del todo.
Es todo lo que puede darme y es más de lo que me corresponde.
Alba está en su coche, treinta metros más allá, con las manos en el volante.
Voy hacia allí. Al llegar a la altura del maletero veo, por la luna trasera, que sigue ahí. La funda gris con el logotipo grabado en el vinilo, doblada sobre el respaldo abatido, con la percha asomando. El chaqué. Lleva dentro desde el lunes por la noche.
Me siento en el asiento del copiloto.
—¿Lo has llevado al taller?
—¿El qué?
—El traje.
—Ah. —Mira por el retrovisor—. No he tenido tiempo.
Arrancamos. En la rotonda de la salida hay una furgoneta de una televisión y Alba coge el carril de la derecha para no pasar por delante, sin decir nada, con la naturalidad de quien lleva cuatro días haciendo eso.
—¿Cuánta gente había? —pregunta a los dos kilómetros.
—Anoche, siete.
—¿Y hoy?
—No lo sé. No he entrado.
Asiente. No pregunta nada más y yo tampoco le cuento lo del traje azul ni lo del hombro derecho.
Y se lo pregunto ahí, en marcha, mirando al frente, porque llevo desde ayer a las once de la mañana buscando el momento y no hay ningún momento.
—Alba.
—Dime.
—El viernes por la noche, cuando bajamos del archivo. En el pasillo. El teléfono de Mateo.
—Sí.
—¿Quién se lo quedó?
Ella no tarda nada. No hay pausa, no hay respiración de más, no cambia la posición de las manos.
—Tú.
—¿Yo?
—Tú. Me lo quitaste para escribir el mensaje, escribiste el mensaje y te lo llevaste. —Pone el intermitente—. Yo subí y me metí en la cama.
Y yo digo:
—Ya.
Eso es todo lo que digo. Ya. Nos quedamos en silencio los once kilómetros que faltan y ella pone la radio a mitad de camino, muy baja, y suena el parte de tráfico.
En casa subo al despacho y cierro la puerta.
La banca de la empresa la lleva Juli, pero yo tengo mis claves de siempre para las cuentas particulares, y entre ellas hay una que no es mía.
Cuando Alba cumplió dieciocho años le abrimos una libreta en el Sabadell para la beca y la nómina de las prácticas, y yo quedé como autorizada para consultas, no para operar.
Después ella tuvo otras cuentas, y otro banco, y una gestora, y esa libreta se quedó ahí, con la domiciliación del gimnasio y poco más.
Nunca me quitó de autorizada. Nunca se lo pedí yo tampoco.
Entro. Salen doce meses de movimientos.
Lo que busco es la noche del viernes. Busco un pago, un taxi, un aparcamiento, cualquier cosa entre las once de la noche y las ocho de la mañana, porque si Alba pagó algo a las doce y media en algún sitio, entonces no estaba en el archivo, y si no pagó nada tampoco demuestra nada, pero yo necesito mirar.
No hay nada esa noche. No hay nada en todo el fin de semana. La tarjeta de esa libreta no se usa desde agosto.
Y como estoy dentro, sigo bajando.
Y lo que hay son doce meses de la vida de mi hija de treinta años vistos desde una columna de la derecha.
Una farmacia de guardia en marzo, a las once y media de la noche, cuarenta y un euros.
Una tienda de discos de Barcelona, tres veces, que yo no sabía que le gustaran los discos.
Un pago de ciento veinte euros a un centro veterinario en mayo, y Alba no tiene animales, y me quedo un rato con eso y no se me ocurre nada.
Una suscripción a un periódico que no leemos en esta casa.
Y en agosto, dos billetes de tren a Sevilla que no me contó.
Gimnasio, cuarenta y nueve euros al mes.
Una revista, cuatro con noventa. Un seguro de un móvil que ya no tiene.
Una cosa que se llama Bluesky Storage y que serán fotos.
Y en julio, una vez al año, cincuenta y ocho euros a una entidad de Figueres, con un concepto de esos que no dicen nada, un código y dos letras.
Miro julio del año pasado. Cincuenta y ocho euros. Julio del anterior. Cincuenta y ocho.
Cojo el bloc de las notas de taller, escribo «Figueres 58 jul» en la esquina de una hoja donde ya hay apuntado un metraje de organza, y sigo mirando.
No encuentro nada más.
Cierro el ordenador.
Y entonces hago la única cosa importante que hago en todo el miércoles, y la hago sola, y no se la cuento a nadie.
Bajo al pasillo de servicio con el metro de costura en el bolsillo del pantalón.
La inspectora dijo el martes que mi habitación está a doce metros de la antena de la zona técnica. Lo dijo para explicarme que mi teléfono también estaba conectado ahí, y yo me quedé con la cifra porque me quedo con las cifras.
Doce metros.
Si yo estaba a doce metros de esa antena, entonces mi teléfono estaba a doce metros.
Y si mi teléfono estaba a doce metros, cualquier cosa que se hiciera desde un teléfono a doce metros de esa antena da lo mismo en un papel.
Eso es lo que dijo la inspectora, con otras palabras, y lo que dijo no fue una acusación.
Fue una explicación técnica que me está sirviendo para otra cosa.
Mido.
Desde la puerta de mi habitación, en la casa del director, hasta el arranque del pasillo de servicio: veintiséis metros y medio, cruzando el patio.
Desde el arranque del pasillo hasta la puerta del archivo: cuarenta y dos.
Desde la puerta del archivo hasta el muro que da al rellano de mi escalera: seis metros ochenta, con la pared de piedra de la fábrica en medio, cuarenta y cinco centímetros de grosor, que mido metiendo el metro por el hueco de la instalación eléctrica.
Cuarenta y cinco centímetros de piedra.
Me quedo un rato de rodillas en el suelo del pasillo con el metro de costura enrollándose solo en la mano.