16. Teresa. Martes, 1800
Me abre con el telefonillo sin preguntar quién es, y cuando llego arriba está en la puerta con la cara de quien esperaba a otro.
—Creía que era el mensajero.
Mi hermana vive desde hace once años en un tercero de la calle Bonastruc de Porta, en un piso que compró cuando vendió el de nuestra madre, y no me ha invitado a subir desde que murió el gato.
El piso huele a la cera con la que ella limpia los muebles y que compra en una droguería de la calle Nou porque dice que la de ahora no es la misma.
La lámpara del comedor tiene tres brazos y uno no funciona.
En el aparador siguen las dos figuras de Lladró de nuestra madre y una foto de las tres en Calella, del setenta y ocho, en la que yo tengo diez años y estoy de mal humor.
—¿Quieres algo?
—No.
—Hay café hecho.
—Bueno.
Me pone un café que no quiero en la taza buena, que es lo que hace siempre, y se sienta enfrente.
En la mesa del comedor hay una tarjeta de visita, un cuaderno abierto con fechas escritas a mano y una carpeta azul. Aparta la carpeta hacia ella al sentarnos, con el canto de la mano, en un movimiento pequeño.
—Me han citado —dice—. El jueves a las diez.
—¿En calidad de qué?
—Todavía no lo sé. Mi abogada dice que probablemente como investigada. —Se ríe una sola vez, sin ninguna gracia—. Investigada. A mí. Con sesenta y tres años.
—¿Qué abogada?
—Una de Girona. Me la buscó el hijo de la Rosita.
—Nuria, si quieres yo puedo…
—No quiero nada tuyo.
Lo dice sin levantar la voz y sin mirarme, y después bebe café, y estamos las dos calladas un rato con la lámpara de tres brazos y dos bombillas.
—Mamá se murió en esta casa —dice al cabo.
—Ya lo sé.
—No, si lo digo porque el otro día vino la del cuarto a preguntarme si vendía. Se ha corrido que va a haber juicio y que voy a necesitar dinero.
—¿Y vas a vender?
—No lo sé. —Pasa la mano por el mantel—. Aquí no cabe nadie. Es un piso para una.
Y ahí es donde tendría que empezar yo, y no empiezo, y ella tampoco, y estamos otros dos minutos hablando del ascensor y de que en esta calle ya no aparca nadie.
—Nuria, ¿la socia que firma esa declaración eres tú?
Levanta la vista.
—Sí.
Y ahí, en cómo lo dice, veo el tamaño del desastre. No lo dice con desafío. Lo dice como quien reconoce que ha dejado el gas abierto.
—¿Por qué?
—Porque me pareció que no valía nada. —Aparta el vaso dos centímetros—.
Teresa, yo lo calculé. Lo calculé como se calcula todo aquí.
Yo le di al chico un trozo de audio de dieciocho segundos y un papel escrito a ordenador.
Sin la fuente. Sin el aparato. Y le firmé un párrafo diciendo que existía una grabación completa y que la llamada se retrasó. ¿Sabes para qué sirve eso?
—Dímelo tú.
—Para que tú te sentaras delante de los franceses y dijeras la verdad.
Para eso y para nada más. Un papel firmado por una socia que se lleva un pastón si la venta se cierra no condena a nadie.
Lo primero que hace cualquier abogado es preguntarte cuánto ganas.
Eso me lo dijo él, además. Me lo dijo él a la cara en la cafetería del hospital.
—¿En la cafetería del hospital?
—Yo elegí el sitio. —Se encoge de hombros—. Allí no te mira nadie.
—¿Y qué ha pasado?
—Que se ha muerto. —Se le quiebra un poco y lo corta enseguida—. Que se ha muerto y que ese papel que no valía nada está ahora en una comisaría, encima de una mesa, al lado de una autopsia. Ya no es un papel de negociación. Es una declaración firmada en un procedimiento por homicidio.
Se levanta, va a la cocina, vuelve con un vaso de agua que no se bebe.
—Yo quería que firmaras —dice—. Eso es todo lo que yo quería. Firma tú y firmo yo.
—¿Y de dónde sacaste los dieciocho segundos?
Nuria se sienta. Se queda un momento mirando la carpeta azul.
—Tengo una copia. Del archivo entero.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tres años.
Tardo un segundo largo en encontrar la pregunta siguiente.
—¿Cómo?
—Con la llave vieja del depósito. La de antes de que cambiaras la cerradura del archivo. Nadie cambió nunca la del depósito. —Bebe por fin—. Yo estuve allí en dos mil siete, Teresa. Yo te ayudé a meter esa caja. Tú te crees que aquello lo hiciste sola y no lo hiciste sola.
—Yo no me creo nada.
—Sí que te lo crees. Llevas dieciocho años contándolo así.
—¿Y por qué a los tres años? ¿Por qué entonces y no antes?
—Porque me lo pidió tu hija.
El comedor de mi hermana tiene una lámpara de tres brazos y uno de los brazos no funciona. Lo miro.
—¿Qué?
—Alba me lo pidió. —Nuria habla más despacio, midiendo, como quien sabe que está entregando algo—.
Fue en la tasación del archivo, la del seguro.
Ella te vio subir al depósito tú sola y bajar veinte minutos después, y te lo vio hacer dos años seguidos, y un día me llamó y me preguntó qué había en esa caja.
—¿Y tú se lo dijiste?
—Yo se lo dije.
—Nuria…
—Yo se lo dije y volvería a decírselo. —Deja el vaso en la mesa—. Esa niña tenía doce años cuando su padre se cayó al suelo y desde entonces vivía convencida de que lo había matado ella. Tú se lo dejaste creer. Dieciocho años.
—Yo la protegí.
—Tú la ataste. —Levanta una mano antes de que conteste—. Da igual. No he empezado yo esto.
—¿Y qué pasó?
—Que subimos un sábado por la mañana. Conecté el aparato a mi portátil, hice mi copia, y luego se lo puse a ella y lo escuchó.
—¿Entero?
—Entero. Cuarenta y nueve minutos. —Nuria mira la mesa—.
Yo tuve que salir. A los diez minutos de empezar me llamó la mutua de mi madre y me fui al pasillo, y estuve fuera un cuarto de hora, once minutos o así.
Cuando volví estaba sentada en el suelo, con los cascos puestos y el archivo abierto en mi portátil, y no había llegado ni a la mitad.
—¿Y después?
—Después terminó, se levantó y me dijo gracias. Igual que si le hubiera enseñado un álbum. —Se encoge de hombros—. Y no se llevó nada, ¿eh? Que quede claro. Ella no tocó el aparato. Cuando volví estaba donde estaba y salimos las dos juntas y yo lo dejé todo como estaba, con su ficha y su caja.
Me quedo callada.
Mi hija sabe desde hace tres años que su padre estuvo pidiendo una ambulancia.
Mi hija ha comido conmigo todos los domingos de tres años.
Mi hija me preguntó en marzo si quería que subiera ella al depósito a hacer el inventario, para que no tuviera que subir yo la escalera de hierro, y yo le dije que no, que era mi manía.
—Ella tenía derecho a saberlo —digo, y me oigo, y sé que lo estoy diciendo para defenderme yo.
—Ah, ¿ahora sí? —Nuria me mira—. Pues qué callada se lo ha tenido.
—¿Y el trato?
—¿Qué trato?
—Tú no abriste esa caja por caridad, Nuria. Tú nunca has hecho nada por caridad.
Nuria tarda en contestar. Y cuando contesta lo hace mirando la carpeta azul, no a mí.
—Le pedí que me apoyara. Que cuando llegara el momento de la venta o del próximo libro o de lo que fuera, ella dijera en voz alta que esta casa la fundamos dos. Nada más. Ni dinero, ni acciones, ni cargo. Que lo dijera ella, que es la que sale en las revistas.
—¿Y?
—Y me dijo que sí. —Cierra los ojos un segundo—. Y luego pasaron tres años. Y este miércoles la llamé para que apoyara el punto cuatro antes de la junta y me dijo que ahora no tocaba. Que ahora no era el momento. Que con el comprador mirando no se puede reabrir la historia de la marca.
—Estamos en medio de una investigación por homicidio.
—Sí, Teresa. Es exactamente lo que me dijo ella. —Y por fin levanta la cabeza—. Con las mismas palabras.
Nos quedamos las dos calladas un rato. En el rellano se oye subir el ascensor y pararse en el segundo.
—Le has vendido a la familia a un abogado —digo.
—No he vendido a nadie. Le he pedido a mi hermana que firme la verdad en un papel donde ya había firmado una mentira.
—Has puesto esta casa en manos de la policía.
—La casa la ha puesto en manos de la policía el chico que está en el depósito, y ahí lo ha puesto alguien de esta familia.
—Nuria.
—¿Qué?
—Que llevo cuatro días sin dormir.
—Yo llevo dieciocho años —dice—. Y ya que estamos, dilo entero. Yo no te he quitado dinero nunca. Ni un euro. Tú a mí me quitaste un verbo.
—¿Qué?
—Fundamos. —Lo dice de pie, con el vaso en la mano—.
Ese es el verbo. Fundamos. Y tú llevas treinta años cobrando en singular un trabajo que hicimos dos, y lo hiciste imprimir en tela cruda con letras en seco, y en la página treinta y uno salgo yo medio cortada y ni siquiera se molestaron en ponerme el acento.
Me levanto también.
—¿Vas a entregar la copia?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque estoy dentro. —Va hacia la cocina y se para en la puerta—.
Me lo ha explicado mi abogada esta mañana.
En esa grabación estoy yo diciéndote que llames a una ambulancia, sí.
Y también estoy yo colgando el teléfono.
Y luego dieciocho años cobrando dividendos y callándome.
Está en un sobre cerrado en su despacho y ahí se queda hasta que alguien me obligue.
—O sea que la usas.
—La guardo. Que no es lo mismo. —Deja el vaso en el fregadero—. Vete, anda. Va a venir el mensajero.
En la puerta, con el abrigo ya puesto, me paro.
—Nuria.
—¿Qué?
—¿Cuántas veces la has oído?
Se queda con la mano en el picaporte.
—Una.
En el rellano espero el ascensor, que sube muy despacio y con mucho ruido.
Abajo, en el portal, hay una mujer de unos setenta años con dos bolsas de la compra que está peleándose con la puerta. Me ve salir del ascensor y se me queda mirando un segundo más de la cuenta, un segundo entero de más, el segundo en que alguien coloca una cara.
No dice nada.
Se aparta, sujeta la puerta con el hombro y me deja pasar.