La novia intacta 15. Teresa. Martes, 1000
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15. Teresa. Martes, 1000

El martes es el primer día que el atelier trabaja entero desde el viernes.

Los Mossos siguen en la sala del consejo, la cinta sigue en el pasillo de servicio, y a las ocho de la mañana Marga ha puesto a las nueve mujeres que quedan de la unidad de confección a sacar adelante los once vestidos empezados, porque hay once clientas con fecha y ninguna de ellas tiene la culpa de nada.

A las nueve y veinte ha llamado una para anular. Es de Vic, se casa en mayo y ya tenía el cuerpo montado. No ha dicho por qué. Ha dicho que lo siente mucho y que le manden lo que haya que pagar.

En la cancela hay dos coches y una furgoneta con antena, y Quim, que ya no tiene carpa que montar y al que Juli ha pedido que se quede una semana más, ha puesto dos conos y se planta delante cuando alguien se acerca a pie.

Rius me hace pasar a las diez.

Me pone delante un folio impreso con el membrete de una empresa que no conozco y me deja leerlo sola durante casi un minuto, que es una manera de hacer las cosas que empiezo a entender.

Hay una tabla con cuatro filas. En la primera columna, horas. En la segunda, una palabra en inglés. En la tercera, un código larguísimo. En la cuarta, una dirección de números y puntos.

—¿Sabe qué es un depósito programado, señora Luján?

—No.

—Es un sitio de internet donde uno deja documentos y le dice al sistema a quién los mande y cuándo. El señor Rivas dejó un expediente y lo programó para el sábado a las nueve. Y puso una contraseña para poder cancelarlo, distinta de la de entrar.

—De acuerdo.

—Esto de aquí —señala con el bolígrafo— son los movimientos de su cuenta esa noche.

A las cero horas y treinta y cinco minutos, alguien entró en el portal desde la sesión ya abierta en el teléfono del señor Rivas e intentó cancelar el envío.

La contraseña que introdujo era incorrecta.

A las cero horas y treinta y nueve minutos volvió a intentarlo.

Incorrecta otra vez. Y ya no hubo más intentos.

Leo las dos líneas. Las horas están escritas con segundos: 00:35:14 y 00:39:02.

—¿Y esto qué demuestra?

Rius se echa hacia atrás.

—Le voy a decir lo que demuestra y lo que no, porque va a oír las dos cosas mal contadas en los próximos meses.

Demuestra que a esas horas alguien tenía en la mano el teléfono del señor Rivas, dentro de este recinto, conectado al punto de acceso de la zona técnica.

El registro identifica la sesión, el aparato y la red.

—¿Y quién lo tenía?

—Eso no lo dice. Un registro de este tipo no identifica personas. Identifica dispositivos. —Junta las manos encima de la mesa—. Esa noche, en ese mismo punto de acceso, estuvieron conectados cuatro técnicos de sonido, un fotógrafo y su propio teléfono, señora Luján.

—El mío estaba en mi habitación.

—Su habitación está a doce metros de esa antena.

Me quedo callada.

—Y hay otra cosa que le va a interesar, porque se la va a preguntar todo el mundo.

—Pasa la hoja—. El expediente que se mandó a las nueve de la mañana llegó a tres despachos.

Uno es el de su comprador. Los otros dos no.

Eso significa que lo que hay dentro de ese expediente ya no depende de nadie de esta casa.

Ni de usted, ni de su hija, ni de su hermana.

—Ya lo sé.

—Se lo digo porque a veces la gente hace cosas creyendo que todavía puede parar algo.

—Inspectora, ¿usted me está avisando de algo?

—Le estoy explicando un registro. —Vuelve a la tabla—. Sigamos.

Y en ese silencio hago la cuenta. La hago entera y la hago deprisa, y la hago mientras miro una tabla con cuatro filas.

Yo dejé a mi hija en el patio a las cero y catorce. Ella tenía el teléfono. Se lo metió en el bolsillo del vestido delante de mí y yo no se lo pedí. Bajé el cubo al muelle y subí a mi habitación a las cero y diecinueve.

Cero y diecinueve. Cero y treinta y cinco.

—Señora Luján. —Rius no ha cambiado de postura—. ¿Quién tuvo el teléfono del señor Rivas después de que usted saliera del archivo?

Àngels Duran está sentada a mi derecha con un cuaderno cerrado sobre las rodillas. No se mueve. No hace ese gesto que hacen los abogados en las series, no me toca el brazo, no dice nada.

—Yo —digo.

—¿Usted?

—Yo. Lo cogí en el salón, escribí el mensaje al padrino, lo apagué y me lo llevé.

—¿Y los intentos de las cero treinta y cinco?

—Fui yo.

—¿Intentando cancelar un envío que usted no sabía que existía?

Aquí es donde una se cae, y lo sé mientras lo digo.

—No sabía lo que era. Estuve mirando el teléfono. Toqué cosas. Había una aplicación abierta y me pedía una contraseña y probé la fecha de su cumpleaños, que la sé porque estaba en la lista de invitados. —Respiro—. Dos veces. Y luego lo apagué.

Rius escribe. El agente Serrat escribe. Nadie dice que no me cree y nadie dice que sí.

—¿Y dónde está el teléfono?

—No lo sé.

—¿Se lo llevó usted y no sabe dónde está?

—Lo dejé en algún sitio esa noche. Estaba… —y aquí me sale la verdad, otra vez, en el peor momento— estaba muy cansada.

—¿Buscó usted ese teléfono el sábado por la mañana, cuando encontraron el cuerpo?

—No.

—¿Ni el domingo?

—No.

—Es un objeto que usted tuvo en la mano y que ahora no aparece. ¿No le ha dado por buscarlo?

—No he pensado en él.

—Ya. —Rius lo apunta y no insiste, y esa es la primera vez en cuatro días que me da miedo de verdad.

Pasa la hoja.

—Otra cosa y le suelto. El mensaje al padrino.

Lo lee en voz alta, aunque los tres nos lo sabemos de memoria.

—«No puedo. Necesito estar solo.» —Deja el papel—. Le voy a decir una impresión mía, y le pido que la tome como lo que es. No es un informe, no es un peritaje y no vale nada en un juzgado.

—Dígamela.

—El señor Rivas escribía largo. Hemos leído seiscientos mensajes suyos.

Escribía con puntos, con comas, con explicaciones.

Cuando cancelaba algo, se disculpaba dos veces.

—Rius se toca la nariz con el pañuelo—. Este mensaje no se le parece.

Se parece a los comunicados de la casa. Frases cortas, verbo en primera persona, ningún punto final.

He estado media hora leyendo el instagram de Casa Luján y las notas que firma su hija, y hablan así.

—Mi hija escribe los comunicados de la empresa. Es su trabajo.

—Ya lo sé. Por eso le digo que es una impresión. —Cierra la carpeta—. Se lo cuento porque a lo mejor a usted le dice algo. A mí, de momento, no me dice nada que pueda usar.

Salimos al pasillo a las once menos veinte.

Àngels no habla hasta que llegamos a la altura de la escalera. Entonces se para y se pone delante de mí.

—No ha cometido usted ningún delito ahí dentro. Quiero que lo tenga claro. Una investigada no declara bajo juramento y puede decir lo que quiera.

—De acuerdo.

—Y ahora la otra parte. —Se sube la correa del bolso al hombro—. Acaba de gastar una cosa que no se recupera. Todo lo que diga usted a partir de hoy, en esta causa, se va a leer al lado de lo que ha dicho esta mañana. Si algún día quiere que la crean en algo, ese algo va a llegar después de esto.

—Lo entiendo.

—No. —Empieza a bajar—. Pero ya lo hemos hablado.

En el rellano se para.

—Teresa, una pregunta y no le voy a hacer más.

—Dígame.

—¿Usted quiere que yo la defienda a usted, o quiere que yo la defienda a usted de manera que no salpique a otra persona? Porque no es lo mismo y hay que decidirlo pronto.

—Es lo mismo.

—Muy bien. —Sigue bajando—. Tengo juicio en Olot a las doce. La llamo esta tarde.

Me quedo sola en el rellano de la primera planta, delante de la ventana que da al patio, donde todavía está la huella de cal de la carpa que no se montó, medio borrada por la lluvia del domingo.

Cero y diecinueve. Cero y treinta y cinco.

Dieciséis minutos.

No paso de ahí.