La novia intacta 14. Mateo. Miércoles, cuarenta y ocho horas antes
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14. Mateo. Miércoles, cuarenta y ocho horas antes

La entrevista fue a las seis y media, en una firma pequeña de la calle Almagro, con dos socios que le dieron la mano con mucho afecto, le enseñaron la sala de juntas y le preguntaron por el asunto de su despacho en el minuto cuarenta.

—Hay una instrucción interna abierta —dijo Mateo.

—¿Por?

—Conservación de documentación de un antiguo cliente y contacto con una socia de ese cliente después de mi apartamiento.

Los dos socios se miraron con la misma cara que pone alguien cuando le explican una avería en el coche que acaba de comprar. Uno dijo que estas cosas se resuelven y el otro dijo que a ver cómo quedaba, y el primero le preguntó, ya de pie, si el asunto era mediático.

—No.

—Mejor.

Quedaron en llamarle la semana siguiente. Bajó a la calle a las siete y cuarto y supo, con la exactitud con la que se saben estas cosas, que no le iban a llamar.

Su madre vivía a veinte minutos andando, en Guzmán el Bueno, en el mismo piso desde el ochenta y nueve, en un cuarto sin ascensor que ella subía dos veces al día diciendo que era mejor que el gimnasio.

Había hecho merluza en salsa verde y había puesto la mesa buena.

—Come.

—Estoy comiendo.

—Estás moviéndolo.

Comieron un rato. Ella le contó lo de la vecina del cuarto, que se había caído en el baño y había estado dos horas en el suelo hasta que la oyó el del quinto; le contó lo del ascensor, que llevaban once años pidiéndolo y que ahora el del bajo no quería; y le contó lo de una prima de Cuenca que se había muerto y de la que Mateo no se acordaba.

Él contestó lo justo, y su madre lo dejó hablar poco, que era su manera de mirarlo.

En los postres se limpió las manos con la servilleta y las dejó encima de la mesa.

—Mateo.

—Dime.

—Deja eso.

—¿El qué?

—Lo que sea que estés haciendo con esa familia. —No lo dijo con miedo. Lo dijo como se dice una cosa que se ha ensayado en la cocina—. Sea lo que sea, dale los papeles a otro abogado y te apartas. Y si tienes que casarte, te casas, y si no, no te casas. Pero tú fuera.

—No es tan sencillo.

—Es exactamente así de sencillo. Tú no eres el juez de nadie.

—Mamá, hay un hombre que se murió esperando una ambulancia que nadie llamó.

—Hace dieciocho años.

—Sí.

—Y él está muerto y tú tienes treinta y cinco. —Carmen recogió su plato y no se levantó—. ¿Y qué pasa cuando lo cuentes? ¿Se levanta?

—Pasa que cuatro personas firmaron hace un mes un papel diciendo que no había nada. Y una de esas cuatro es Alba.

Se hizo un silencio.

—Ya —dijo Carmen.

—Ya, ¿qué?

—Que llevas dos semanas hablándome de un señor que se murió en dos mil siete y ahora resulta que de quien me estás hablando es de ella. —Se levantó por fin y llevó los platos al fregadero—. Y no me lo has dicho hasta el postre.

—No es eso.

—Es exactamente eso.

Abrió el grifo y lo cerró. Estuvo un rato de espaldas, colocando cosas que ya estaban colocadas.

—¿A ti te siguen pagando?

—¿Cómo?

—Que si te siguen pagando. Este mes.

—Estoy suspendido de empleo y sueldo. Ese es el sentido de la expresión.

—Pero de alta sigues.

—Sí.

—¿Seguro?

—Mamá.

—Es una pregunta. —Volvió a abrir el grifo—. Y el seguro ese que tenéis todos ahí, el colectivo, el del despacho. ¿Ese sigue?

Mateo se giró en la silla.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque yo firmé una cosa hace cuatro años y sigo firmándola cada mes. —Se secó las manos—. Eso es todo. No me hagas caso.

No hablaron más de ello. Fregaron entre los dos, ella lavando y él secando, como llevaban haciendo desde que tenía doce años, y a las once y media pusieron el telediario.

Antes de que ella se fuera a la cama, Mateo entró un momento en su cuarto a por el cargador y vio, colgado por fuera del armario, en su percha y dentro de una funda de plástico de tintorería, el vestido azul.

Estaba planchado. Llevaba planchado desde abril.

—Eso no se cuelga fuera —dijo desde la puerta—. Coge polvo.

—Es que si lo meto dentro se arruga.

—Métemelo dentro, anda.

Lo metió él, empujando las perchas a un lado, y cerró.

A las doce ella se acostó y él se quedó en el salón con el ordenador encima de las rodillas.

Lo había traído para enseñárselo. Lo había traído con la idea de abrir la transcripción y leérsela en voz alta en la cocina, para que entendiera de una vez que aquello no era una manía, y no lo hizo, y a la una de la mañana ya sabía que no lo iba a hacer nunca.

A las once y cuarenta había llegado el correo.

Remitente: nurialujan.f, una dirección personal. Sin asunto. Sin una línea de texto. Un archivo adjunto, una captura de pantalla de una conversación de hace tres años, con las burbujas verdes a la derecha.

Gracias por lo de ayer, tita.

Lo he oído entero. El intervalo completo, los veintiocho minutos.

Lo de la web y lo del dosier lo hablo yo con ella. Te lo prometo.

Dame tiempo.

Mateo leyó las cuatro líneas cuatro veces.

Después miró la fecha. Tres años y dos meses.

Y luego, porque era abogado antes que ninguna otra cosa, miró la hora del correo y pensó, con una claridad fría que después le pareció una manera de no sentir nada, que Nuria Luján se lo mandaba un miércoles a las once y cuarenta de la noche porque ese día su sobrina le había dicho por fin que no.

No contestó al correo. No podía contestar al correo, y además no había nada que contestar.

Se quedó en el salón de su madre con la lámpara de pie encendida hasta las dos y media, y en algún momento se levantó y estuvo un rato de pie delante de la estantería, mirando las fotografías de siempre, la de la comunión y la del barco y la de la orla, que llevaban veinte años en el mismo orden.

A las nueve de la mañana del jueves, en la mesa de la cocina, con el café al lado y su madre en la ducha, hizo las tres cosas.

Terminó el expediente. Dieciséis documentos, ordenados y numerados, con un índice de una página que empezaba por la transcripción y terminaba por la carta de manifestaciones con las cuatro firmas.

Lo subió al portal de depósito del colegio.

Estuvo cuatro minutos con la lista de destinatarios abierta y vacía, que fue lo que más le costó de todo, y al final escribió tres: Roser Amat, deontóloga; Étienne Rouvier, en representación del comprador; Ariadna Serna, penalista, con una instrucción de dos líneas para que acudiera a los Mossos d’Esquadra si el remitente no cancelaba.

Y programó la entrega para el sábado a las nueve de la mañana.

El portal le pidió una contraseña de cancelación, distinta de la de acceso, con un aviso en rojo advirtiendo de que no era recuperable. La escribió en el campo y salieron los puntitos, y la escribió otra vez para confirmar, y no la apuntó en ninguna parte.

Programado. Sábado, 09:00.

Cerró el ordenador y se quedó con las dos manos encima de la tapa.

Cuando su madre salió del baño, se lo dio.

—Guárdamelo unos días.

—¿Esto?

—Sí. Déjalo en el mueble del salón y no lo abras.

—¿Por qué?

—Porque si me lo reclaman, no lo tengo.

Carmen se quedó con el portátil entre las manos, mirándolo, y por una vez pareció asustada de verdad.

—Mateo.

—Son cuatro días.

Cogió el tren de las once y cinco. En el andén de Atocha, su madre le dijo que el sábado se levantaría a las cinco y media para estar arreglada a tiempo, y él le dijo que no hacía falta, y ella le dijo que ya lo sabía.

El viernes, a las cuatro de la tarde, llamó a Pau.

—¿Estás en el hotel?

—Estoy en el hotel. Oye, lo del coche de mañana…

—Pau, no hay boda.

Hubo un silencio de tres segundos.

—¿Qué?

—Que no hay boda. Mañana no me caso. Te lo digo a ti primero porque eres el que tiene los anillos y porque a las siete y media viene la peluquera y alguien tiene que empezar a decir cosas.

—Mateo, ¿tú estás bien?

—Estoy perfectamente.

—¿Ha pasado algo con Alba?

—Sí.

—¿Y me lo vas a contar?

—No.

—¿Y a tu madre?

—A mi madre la llamo esta noche.

—Mateo, tu madre sale mañana a las seis de la mañana de Madrid.

—Ya lo sé.

Colgó, y a las cinco y diez llamó a Alba, y esa conversación duró cuatro minutos y medio y no se pareció a ninguna otra que hubieran tenido.

—Te lo digo una vez —dijo—. El sábado a las nueve de la mañana sale un expediente completo a tres destinatarios. Uno de ellos es una penalista con instrucciones de ir a los Mossos. Puedo cancelarlo hasta ese momento y solo puedo cancelarlo yo.

—Mateo…

—Espera. Lo cancelo si tú vas antes a la policía y lo cuentas tú. Tú, no yo. Con Serna, con quien quieras, con quien te diga tu abogado. Esa es la condición y es la única.

—Estás hablando conmigo como si fuera una parte contraria.

—Sí.

—El lunes me dijiste que iríamos juntos.

—El lunes yo no sabía lo del mensaje a tu tía. —Lo dijo sin subrayarlo, como quien lee un hecho de un expediente—. Llevas tres años sabiendo lo que le pasó a tu padre. Tres. Y hace dos semanas me miraste y me preguntaste cuántas copias había.

Alba no dijo nada.

—Yo ya no tengo que sacarte de ninguna parte, Alba —siguió—. Tú sabes perfectamente dónde estás. Lo has sabido todo este tiempo. Y estás firmando papeles.

—¿Y la boda?

—Ya lo he hablado con Pau.

Ella tardó un poco en volver a hablar. Cuando lo hizo, la voz le salió normal, ni rota ni fría, exactamente igual que cuando hablaba de una entrega o de una fecha.

—¿A qué hora exactamente?