La novia intacta 13. Teresa. Lunes, 1400
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13. Teresa. Lunes, 1400

Voto ha subido la portada digital a la una y cuarto y a las dos ya la ha replicado todo el mundo.

Encima han puesto: LA NOVIA QUE NO LLEGÓ AL ALTAR.

Debajo, en letra pequeña, dice que la información se completará y que la familia no ha querido hacer declaraciones, lo cual es verdad porque nadie se lo ha preguntado a nadie.

A las dos y veinte me llama Gemma para explicarme que ellos no han filtrado nada, que la fotografía es suya porque estaba en el contrato desde julio y que la decisión de publicar la tomó el director a las doce y media sin consultarle.

Le digo que ya. Me dice que lo siente mucho.

Le digo que ya otra vez y cuelgo, y a los cuatro minutos me llama Enric para preguntarme si he visto la portada y para decirme que su mujer la ha visto en el móvil en la peluquería.

Juli tiene el portátil abierto encima de la mesa de la cocina de las oficinas, que es donde estamos ahora porque la sala del consejo sigue siendo de los Mossos y el atelier está trabajando. Ha traído los números impresos, porque sabe que los números en pantalla yo no los miro.

—Desde el sábado a las nueve —dice—, doscientas catorce solicitudes de cita. En una semana normal tenemos nueve. Y esto de aquí es lo que quería enseñarle: de esas doscientas catorce, sesenta y una nombran el modelo.

—¿Cuál modelo?

—El Alzina. El de la foto.

Marga está de pie en el marco de la puerta con las gafas en la cabeza y no ha entrado.

—El Alzina lo tenemos en catálogo a seis mil ochocientos —sigue Juli—. Con encaje hecho a mano en el cuerpo. Producción real, entre cuatro y cinco al mes, y eso si Marga pone a dos personas solo en eso.

—No las pongo —dice Marga.

—Todavía no he propuesto nada.

—Ya sé lo que vas a proponer.

Juli deja el bolígrafo.

—Voy a proponer que se abra una lista de espera con señal de mil quinientos. Sin fecha de entrega comprometida. Si de las sesenta y una entran veinte, son treinta mil euros en caja esta semana. La nómina de octubre son ciento noventa y cuatro mil.

En la mesa de corte, Marga sigue cosiendo.

—Es indecente —digo.

—Sí.

—Lo dices tú mismo.

—Lo digo yo mismo. —Junta los papeles—. Teresa, yo el viernes cené a dos mesas de ese chico.

Le vi reírse con el padrino. Y llevo desde el sábado con una hoja de cálculo abierta que dice que si no entra dinero esta semana, en noviembre no cobran ochenta y seis personas.

Las dos cosas son verdad al mismo tiempo y yo no sé vivir con eso, pero es lo que hay.

Marga entra por fin y se queda de pie detrás de una silla, con las manos en el respaldo.

—Yo no voy a poner a mis mujeres a coser ese vestido antes del entierro.

—Marga…

—Antes del entierro no. Después, hablamos. —Se vuelve hacia mí—. Y esto se lo digo a usted, que es la que va a tener que mirarlas a la cara.

—Dilo.

—Esta mañana he bajado el encaje del Alzina a la mesa para acabar el que teníamos empezado, el de la clienta de Sant Cugat, que lleva tres semanas ahí.

Y Rosa ha visto el encaje, ha visto la foto en el móvil de Ivet y me ha dicho que si le pongo eso delante se va a su casa.

Con veintiséis años en la empresa. Se va a su casa.

—¿Y qué has hecho?

—Lo he acabado yo.

Juli baja los ojos a sus papeles y los ordena sin necesidad.

—Ivet ha dicho que ella lo hace —añade Marga—. Ivet tiene veintitrés años y un contrato hasta septiembre. Con eso trabajo yo, con las dos a la vez.

Alba ha llegado sin que la oyera. Se sienta, coge los papeles de Juli y los lee de arriba abajo antes de hablar.

—¿La señal es reembolsable?

—Si no entregamos, sí.

—Entonces no es caja, es un pasivo con forma de caja. —Pasa la hoja—. ¿Y cuántos vestidos tenemos ya empezados de otras clientas?

—Once.

—Once que no podemos parar. —Deja los papeles—.

Yo haría otra cosa. No abriría lista del Alzina.

Sacaría un modelo distinto, con otro nombre, con el mismo cuerpo y la falda simplificada, producible en tres semanas, a tres mil doscientos, y una serie corta.

Cincuenta unidades y se cierra. Eso lo puede coser todo el taller sin que nadie tenga que tocar el vestido de la foto.

Juli tarda un momento.

—Eso son ciento sesenta mil euros.

—Eso son ciento sesenta mil euros —dice Alba— si la gente sigue mirando dentro de tres semanas.

—¿Y el encaje? —dice Marga.

—Sin encaje. Cuerpo liso, cuello alto y manga larga. Eso lo hace Sandra sola.

Marga se queda un momento con eso y no dice ni que sí ni que no, y en esa pausa entiendo que le parece bien y que le da rabia que le parezca bien.

Yo digo que no.

Lo digo así, la palabra sola, y me oigo decirla y me oigo el tono, que es el tono que uso desde hace treinta años para acabar una discusión en esta casa.

Y entonces pasa una cosa que no me había pasado nunca. Juli mira a Alba. No me mira a mí. Mira a Alba y espera.

—Habría que consultarlo con Rouvier —dice ella—. Si sacamos producto ahora, quieren saberlo.

—Lo pregunto esta tarde —dice Juli.

Y siguen.

Yo me quedo sentada a la mesa de mi cocina, con las manos en la taza, mientras el director financiero y la directora creativa de mi empresa deciden si mi casa saca una serie corta, y me doy cuenta de que la palabra que he dicho no ha cambiado absolutamente nada, y de que ninguno de los dos ha sido descortés, y de que eso es lo que no voy a poder contarle a nadie.

Carmen Rivas llega a Girona a las siete y veinte.

He ido a buscarla a la estación porque me he ofrecido y porque me lo ha dejado hacer, y del coche a la funeraria no hemos dicho más de diez frases. Lleva una maleta pequeña, de esas de cabina, y un bolso, y un abrigo bueno de hace años.

—¿Le han mandado el papel? —le pregunto en un semáforo.

—Esta mañana. —Mira por la ventanilla—. Provisional. Dicen que la certificación definitiva tarda unos días.

—¿Y le sirve?

—Ya veremos.

—¿Ha comido algo?

—En el tren.

En la funeraria nos pasan a un despacho pequeño con una mesa redonda, tres sillas y una carpeta de tarifas.

El chico que nos atiende tiene treinta años y una voz aprendida.

Nos explica que el traslado desde el instituto se hace cuando lo autorice el juzgado, que la sala estará disponible mañana por la tarde, que hay tres opciones de féretro y que si prefieren incineración o inhumación conviene decidirlo hoy.

—Inhumación —dice Carmen—. En Madrid. Con su padre.

El chico apunta y le explica lo del traslado interprovincial, y los permisos, y las horas, y Carmen escucha todo con las dos manos encima del bolso y no pregunta nada.

Yo he traído el chaqué.

Lo he traído porque no se me ha ocurrido nada mejor y porque llevaba desde el jueves colgado en la percha del probador cuatro dentro de su funda, con la etiqueta puesta, y porque en esta casa cuando no sabemos qué hacer llevamos ropa.

Es un chaqué gris de mil ochocientos euros que le hicimos a medida en junio y que no llegó a probarse la última vez.

Lo dejo doblado sobre la tercera silla.

—Carmen, si quiere, para mañana. Está terminado. Solo habría que…

—No.

—Es que…

—No, Teresa. —No levanta la voz. Tiene las dos manos encima del bolso—. Mi hijo no se va a vestir con ropa de ustedes.

El chico de la funeraria mira la carpeta de tarifas.

—Yo le traje uno de Madrid —sigue Carmen—. En la maleta. Es el que llevaba en la boda de su primo. Es azul y le está un poco grande de hombros porque lo compró hace cuatro años, y me da igual.

—Claro.

—Y otra cosa.

—Dígame.

—El miércoles, en el velatorio, no quiero a su hija.

El chico levanta la cabeza. Yo no digo nada durante un segundo largo.

—Carmen.

—Ya sé lo que va a decirme. Que iban a casarse.

Que lleva dos años y medio. Ya lo sé. —Aprieta el cierre del bolso, lo suelta, lo vuelve a apretar—.

Pero yo el miércoles voy a estar cuatro horas de pie en una sala dando la mano a gente, y no voy a poder hacerlo si la tengo enfrente. No puedo. No sé explicarlo mejor.

—¿Y si ella se lo pide?

—Ya me lo ha pedido. Me ha escrito tres veces.

Salimos al pasillo a las ocho y diez. Y Alba está allí.

Ha venido en su coche, sola, sin decírmelo, y está de pie junto a la máquina de café, con el abrigo puesto, esperando desde no sé cuándo.

Carmen se para en seco.

Alba no se acerca. Se queda donde está y saca del bolso una cosa envuelta en una bolsa de tela de las nuestras, de las de los pañuelos, y da tres pasos y la deja sobre la repisa que hay al lado de la máquina.

—Es suyo —dice—. Estaba en mi casa.

Carmen no se mueve.

—¿Qué es?

—Un cuaderno de recetas.

Carmen mira la repisa. Después mira a Alba. Después mira otra vez la repisa.

—Ah.

—Está entero. No falta nada.

Y ya está. Alba no dice nada más, no pide entrar el miércoles, no llora y no espera respuesta. Se da la vuelta y sale por la puerta de cristal hacia el aparcamiento.

Carmen se queda un rato quieta. Luego va a la repisa, coge la bolsa de tela, la abre lo justo para ver el canto de una libreta de espiral con la tapa de cartón y unas letras a rotulador, y la vuelve a cerrar, y se la mete en el bolso.

—Vamos —me dice.

En el aparcamiento, Alba está en su coche con las manos en el volante y el motor apagado. Me subo en el asiento del copiloto y me quedo un momento con el chaqué doblado encima de las rodillas, porque he vuelto a salir con él.

—¿Qué hacemos con esto? —dice.

—No sé.

—Lo llevo mañana al taller y que lo deshagan. —Arranca—. Es tela buena.