12. Teresa. Lunes, 0915
Los Mossos han montado la comisaría de esta casa en la sala del consejo y llevan allí cuarenta y ocho horas. A las nueve y cuarto Rius me hace pasar y no me hace sentarme, y eso ya me dice algo.
—Tenemos el preliminar de la autopsia.
—Sí.
—Se lo voy a decir de la manera más clara que pueda y luego se lo dirá su abogada con otras palabras. —Tiene el resfriado peor que el sábado—. El señor Rivas no murió en el momento del golpe. Ni cerca. La lesión es un hematoma que sangra despacio.
—¿Qué quiere decir despacio?
—Quiere decir que la sangre se va acumulando entre el cráneo y el cerebro durante horas y que la persona empeora poco a poco.
Al principio habla. Después habla peor. Después no coordina un lado.
Después se duerme y ya no se despierta. —Lo dice sin ninguna teatralidad, mirando el informe—. Sobrevivió varias horas.
Estoy de pie delante de una mesa que era mía.
—Varias horas.
—El forense habla de un mínimo de dos y probablemente más. Y dice otra cosa. Dice que con una atención hospitalaria dentro de las primeras horas el resultado habría sido probablemente distinto. Probablemente. Esa palabra la va a oír usted mucho en los próximos meses.
—¿Y eso qué quiere decir exactamente?
—Quiere decir que cuando usted lo envolvió y lo metió en el archivo, estaba vivo.
La palabra que me viene no es una palabra. Es la mano. Es la palma abierta debajo de la nuca, en el umbral del pasillo de servicio, y el pelo corto entre los dedos, y el calor.
Estaba caliente porque hacía veinte minutos estaba de pie. Eso pensé. Lo pensé entero, con esas palabras, mientras empujaba un carro.
—Hay más —dice Rius—. Dentro del archivo hay indicios de que se movió después.
La pieza de raso está desplazada respecto de la posición en la que se colocó un cuerpo inerte.
Hay dos manchas en el linóleo a distinta distancia.
Y hay marcas en la cara interior de la puerta a la altura de la rodilla, con restos compatibles.
—Intentó salir.
—Eso parece.
—La puerta no estaba cerrada con llave.
—No. —Rius me mira—. Estaba sin bloquear, gracias a usted. Y no le sirvió de nada, porque no podía coordinar lo suficiente para levantarse y tirar de una manilla. Eso también lo dice el informe.
Me siento. Nadie me lo ha dicho y me siento.
—¿Cuánto tiempo estuvo consciente?
—No se lo puedo decir y el forense tampoco. Le puedo decir que las marcas de la puerta las hizo alguien que todavía podía moverse.
—¿Y sufrió?
Rius tarda un momento.
—Señora Luján, esa pregunta no me la haga a mí.
Se levanta, va a la puerta y la abre para que salga, y cuando estoy en el umbral añade, sin ningún énfasis, como quien completa un dato administrativo:
—Otra cosa. Esta mañana ha venido a la comisaría de Girona una abogada de Barcelona con un expediente sobre la muerte de Gonzalo Vilanova. Se llama Ariadna Serna. Dice que le llegó el sábado por la mañana, programado, del señor Rivas.
—¿El sábado?
—A las nueve. No abrió el correo del despacho hasta hoy porque no tenía guardia. Cuando lo abrió y vio la noticia, llamó a su colegio, confirmó que el remitente había muerto y se vino para aquí.
—¿Y qué hay en ese expediente?
—Eso ya lo hablaremos.
Salgo. En el pasillo hay tres mujeres del taller esperando para entrar a declarar, sentadas en las sillas de las clientas, con el bolso en las rodillas, y cuando paso las tres me miran y ninguna dice nada, y yo tampoco.
Al fondo, Àngels Duran me está esperando con el abrigo puesto y el teléfono en la mano, y me dice que tenemos que ir a Girona, y por qué.
Llamo a Carmen Rivas desde el coche.
Es la tercera vez que hablo con ella desde el sábado y las tres han sido cortas. Le digo que la policía necesita que alguien identifique a Mateo esta mañana y que Alba no puede.
—¿Cómo que no puede?
—No puede, Carmen.
Hay un silencio.
—Yo salgo esta tarde —dice ella—. Cojo el de las cuatro y media.
—Carmen, es esta mañana.
—Ya lo he oído. —La voz le sale plana, controlada, la voz de alguien que ha decidido una cosa y sabe cómo suena—. Estoy esperando un papel del despacho de mi hijo. Un correo. Necesito que me pongan por escrito que mi hijo seguía siendo empleado suyo el viernes. Suspendido, pero empleado.
—Carmen, su hijo está en un depósito.
—Ya sé dónde está mi hijo. —Y entonces, más bajo—: Si no tengo ese papel, no hay seguro. Y si no hay seguro, yo tengo un préstamo de sesenta mil euros a mi nombre que avalé para que él entrara en esa firma. Yo no tengo a nadie más, Teresa. Usted sí.
Nos quedamos las dos calladas.
—Lo lamento —digo, y me sale de verdad, y es de las pocas cosas verdaderas que digo esa semana.
—Sí. —Y después—: ¿Estaba solo?
No contesto a eso.
—Teresa.
—Sí.
—Se lo he preguntado tres veces desde el sábado y usted no me contesta nunca.
—Es que no lo sé, Carmen.
Y esa es la primera mentira que le digo a esa mujer, y la digo en un coche, en un semáforo de la carretera de Palamós, y me sale sin ningún esfuerzo.
El Institut de Medicina Legal está en un edificio nuevo, con un aparcamiento y unos setos jóvenes.
Nos hacen esperar catorce minutos en un pasillo con sillas azules atornilladas al suelo.
Àngels no habla. Un funcionario nos explica el procedimiento dos veces, la segunda más despacio, y me pregunta si quiero un vaso de agua.
Lo veo a través de un cristal.
Le han lavado el pelo y no han conseguido sacarlo todo; queda una sombra en la raíz, del lado derecho.
Tiene la cara hinchada de un modo asimétrico, más el pómulo izquierdo que el otro, y el ojo de ese lado no cierra del todo.
En la mejilla, cruzándole hacia la oreja, hay una marca fina, en relieve, del dibujo del raso.
Ese raso lo elegí yo en Como en abril. Es un duchesse doble de setenta y dos hilos y tiene un cordoncillo que no se aprecia de lejos y que en la piel de una mujer, si se duerme encima, deja una marca que tarda una hora en irse.
—¿Lo reconoce? —dice el funcionario.
—Sí. Es Mateo Rivas.
—¿Puede decir su relación con el fallecido?
—Iba a casarse con mi hija el sábado.
Me quedo un momento más de lo necesario.
Pienso, y esto es exactamente lo que pienso y no lo voy a maquillar, que en marzo su madre se compró un vestido y que yo, hace tres semanas, delante de dos personas, dije que ya me imaginaba en qué tienda.
Lo dije por la cláusula de las imágenes.
Él me pidió que la quitara y yo dije que no y luego dije lo del vestido, porque cuando alguien me quita algo yo siempre digo una cosa de más.
No pienso que lo siento. Pienso que dije eso.
Fuera, en el aparcamiento, me siento en el coche y no arranco durante siete u ocho minutos, y Àngels espera de pie junto a la puerta del copiloto, mirando el seto, sin decirme que arranque.
En el juzgado de instrucción número tres estamos desde las doce y veinte hasta las dos menos cuarto.
La fiscal pide prisión provisional. Dice tres palabras que se me quedan: ocultación, riesgo y edificio propio.
Dice que la investigada dispone de un inmueble de dos mil metros con dependencias no registradas y de acceso a un archivo climatizado, y que la conducta acreditada hasta la fecha consiste precisamente en ocultar.
Àngels contesta que tengo cincuenta y siete años, ninguna condena, arraigo absoluto, una empresa con ochenta y seis trabajadores y una comparecencia voluntaria el sábado, y que la propia investigada ha aportado la información sobre las llaves maestras, y que si esta señora quisiera desaparecer habría tenido cuatro días para hacerlo y en cambio ha estado atendiendo a la policía en su propia casa.
El juez tarda cuarenta minutos.
Deniega la prisión. Impone retirada del pasaporte, prohibición de salida del territorio nacional y comparecencia apud acta los días uno y quince de cada mes en el juzgado.
Entrego el pasaporte en una ventanilla. Lo pongo en una bandeja de plástico gris y la funcionaria lo mira, teclea, imprime un resguardo con un código de barras y me lo da.
Tengo en la mano una funda de piel granate, vacía.
—Perdone —digo—. ¿El resguardo lo puedo guardar aquí dentro?
La funcionaria levanta la vista.
—Donde usted quiera.
Lo doblo en dos y lo meto en la funda, y cierro la solapa, y me la guardo en el bolso, en el mismo sitio de siempre.
A las ocho y media de la tarde se lo cuento a mi hija.
Estamos en la cocina de la casa del director, ella con el portátil abierto en la mesa y yo de pie con un vaso de agua que he llenado y no me he bebido. Lleva desde las cinco contestando correos de proveedores, uno detrás de otro, con la eficacia de siempre.
—Alba.
—Dime.
—Deja eso un momento.
Baja la tapa hasta la mitad y espera.
—Esta mañana me ha dado la inspectora el preliminar de la autopsia. —Dejo el vaso en el mármol—. Mateo no murió en el momento del golpe. Estuvo vivo varias horas. Cuando lo metimos en el archivo estaba vivo.
Alba no dice nada.
Se queda con las dos manos en el borde de la mesa, mirando la tapa a medio cerrar del portátil, y así está seis o siete segundos, que es mucho tiempo cuando se cuentan.
—¿Cuántas horas?
—El forense habla de un mínimo de dos. Probablemente más.
—¿Y eso lo dice el informe o lo dice ella?
—Lo dice el informe.
—¿Lo has leído tú?
—No. Me lo ha contado ella.
Asiente. Se levanta, va al fregadero, abre el grifo, lo cierra sin haber cogido nada y se queda de espaldas.
—¿Se puede saber si estaba consciente?
Y esa es la pregunta.
Yo la oigo, la contesto y no la registro.
Se lo digo tal cual, con las palabras que me han dicho a mí: que hay indicios de que se movió, que la tela está desplazada, que hay marcas en la parte de dentro de la puerta a la altura de una rodilla, y que la puerta no estaba bloqueada porque el pasador lo saqué yo, y que aun así no pudo abrirla.
Mi hija escucha todo eso de espaldas, con las dos manos en el borde del fregadero.
Después se da la vuelta.
—Vale —dice.
—¿Vale?
—¿Qué quieres que diga, mamá?
Y no tengo respuesta a eso, porque tampoco sé qué habría dicho yo.
Estamos las dos calladas un rato. Ella coge un paño y limpia una encimera que está limpia, en dos pasadas, y lo deja colgado en el asa del horno.
—Tengo que llamar a Gemma por lo de la portada —dice—. Me ha escrito tres veces.
—Son las nueve menos veinte.
—Ya. —Coge el móvil de la mesa—. Es que si no lo cojo yo, mañana lo escriben ellos.
Sale al pasillo. La oigo hablar cuarenta minutos, en el tono que usa para trabajar, y en algún momento se ríe una vez, corto, de algo que le dicen.
Yo me bebo el vaso de agua, que ya está caliente, y subo.