La novia intacta 11. Mateo. Cinco días antes
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11. Mateo. Cinco días antes

Entró a las once de la mañana de un lunes con una funda de traje colgada del dedo y esa fue su coartada: la prueba final del chaqué, que era el jueves, y que él había adelantado al lunes para no venir el jueves.

Nadie le paró. En la cancela levantaron la barrera sin preguntar, porque llevaba dos años y medio entrando por esa cancela.

En el patio habían marcado con cal la huella de la carpa y dos hombres discutían sobre un plano apoyado en el capó de una furgoneta. Olía a vapor y a arroz, porque en la cocina de las oficinas hacían la comida del personal los lunes, y en el atelier alguien planchaba con la puerta abierta.

Marga salió del probador dos con un burro cargado y se paró al verlo.

—Ay, el novio. —Se limpió las manos en el delantal—. Que el chaqué es el jueves.

—Lo sé. Estoy por aquí y he pensado en dejarlo hecho.

—Pues déjatelo puesto cinco minutos y te lo miro yo, que la que te lo hizo está de baja.

—Luego bajo.

—Luego bajo dicen todos. —Empujó el burro hacia el pasillo—. La manga izquierda te sobraba medio centímetro en junio y te va a seguir sobrando, que los hombres no adelgazáis en octubre.

Mateo subió por la escalera de las oficinas contando los escalones, que era algo que hacía cuando iba a hacer algo que no debía.

El despacho de Teresa estaba en la primera planta, encima del atelier, con una ventana larga que daba al patio, y ella estaba de pie delante de esa ventana con un metro de tela sobre el brazo.

—Vengo a probarme el chaqué —dijo.

—El chaqué es el jueves.

—Sí.

Teresa dejó la tela en la silla.

—Cierra la puerta.

Él cerró la puerta y se sentó, y al sentarse se acomodó el bolsillo de la camisa con dos dedos, que era lo que llevaba dos horas ensayando y que le pareció, en el momento de hacerlo, la cosa más burda que había hecho en su vida profesional. El teléfono estaba grabando desde el aparcamiento.

—Dime.

—Sé lo de Gonzalo.

Teresa no se movió. Se sentó al otro lado de la mesa, se puso las manos en el regazo y esperó.

—Hay una grabación de aquella noche —dijo Mateo—.

Una grabación entera, de casi una hora, hecha dentro del salón de pruebas.

Yo no la tengo. Tengo un fragmento y tengo una transcripción de un cuarto de hora, y en ese cuarto de hora su marido pide una ambulancia y usted le dice que espere.

Y sé que la llamada al ciento doce entró veintiocho minutos después del golpe.

—Veintiocho minutos —repitió ella.

—Sí.

—¿Y qué crees que pasó en esos veintiocho minutos?

—No lo sé. Por eso estoy aquí y no en otro sitio.

Teresa se quedó mirando un punto de la mesa. Cuando habló, habló despacio y sin ninguna emoción reconocible.

—No te voy a decir que no esperé.

Mateo notó el pulso en el cuello.

—Bien.

—No he dicho nada más que eso, y no voy a decir nada más que eso, y quiero que sepas que lo he dicho porque me da la gana y no porque tú hayas venido a mi casa con lo que sea que lleves en el bolsillo de la camisa.

—Levantó los ojos—. Tú no sabes lo que era esta casa en dos mil siete.

Tú no sabes lo que era él. Tú tienes un papel escrito a ordenador con un cuarto de hora y crees que tienes la noche entera.

—Tengo suficiente para saber que ustedes cuatro firmaron hace un mes que no existe ningún hecho que pueda dar lugar a responsabilidad penal.

—Ah. —Y ahí sí cambió algo, y a Mateo le pareció, absurdamente, que se relajaba—. Ahí querías llegar.

—Ahí es donde estoy.

—No. —Se echó atrás en la silla—. Vamos a ordenar esto, porque llevas dos semanas haciéndote un lío tú solo.

Tú no has venido a preguntarme por mi marido.

Tú has venido a decirme que tienes un papel con mi firma.

Y no lo has conseguido en un juzgado ni en un periódico.

Lo has conseguido porque llevas dos años y medio comiendo en esta cocina.

—Ese documento lo redacté yo. La sección cuarta la escribí yo hace dos años y medio, cuando ustedes me pagaban.

—Y cuando dejaron de pagarte te lo quedaste.

—Me quedé una copia de un documento que había redactado.

—Que estaba en un servidor del que te apartaron por escrito.

—Teresa apoyó los antebrazos en la mesa—.

Mateo, ¿tú sabes lo que estás haciendo? Te lo pregunto en serio, porque creo que no lo sabes.

Estás preparando algo que, si sale, cierra esta casa.

Aquí trabajan ochenta y seis personas. Cincuenta y dos ya están en una lista y esa lista se paga con el dinero que entra el viernes.

Si el viernes no entra, no hay lista y no hay indemnización, hay concurso.

¿Tú te has parado a pensar cuánta gente va a pagar tu conciencia?

—Ese argumento lo usa todo el mundo que ha firmado algo falso.

—Ese argumento es una nómina.

—Y su marido estuvo veintiocho minutos en el suelo.

Fue lo mejor que dijo en toda la conversación y también fue el momento en que empezó a perderla, porque lo dijo demasiado alto y porque, al decirlo, ella dejó de estar a la defensiva.

Teresa se levantó, fue hasta la ventana y estuvo un rato mirando el patio, donde los dos hombres seguían con el plano encima del capó.

—Te voy a hacer una propuesta —dijo, sin volverse—. Escúchala entera antes de contestar, que es lo que no has hecho en dos semanas.

—Adelante.

—El sábado os casáis. El lunes por la mañana firmamos.

Y el martes, a las nueve, me siento yo delante de la abogada que tú elijas, con mi propia letrada al lado, y lo cuento.

Todo. Lo que hice, lo que no hice y cuánto tardé.

No una versión resumida, no un papel que hayas escrito tú.

Yo, en voz alta, delante de quien tú digas.

Mateo tardó en contestar.

—¿Y por qué el martes y no mañana?

—Porque mañana no hay ochenta y seis nóminas pagadas y el martes sí.

—Es decir, después de cobrar.

—Después de que entre el dinero que paga las indemnizaciones. —Se volvió—. Sí. Eso es exactamente lo que he dicho.

Y estuvo bien. Estuvo tan bien que Mateo pasó los cuatro segundos siguientes calculando si aquello era lo que llevaba dos semanas queriendo. Lo era casi. Era casi todo lo que quería, pedido en voz alta y sin condiciones, por la única persona que podía darlo.

—No —dijo.

—¿Por qué no?

—Porque lo contaría usted.

Teresa lo miró y no dijo nada durante un momento, y en ese momento Mateo entendió que acababa de contestar a otra pregunta.

—Ya —dijo ella—. Claro.

Volvió a sentarse.

—¿Y ella?

—¿Cómo?

—Alba. —Teresa hablaba otra vez despacio—. ¿Se lo has contado?

Mateo dudó una fracción de segundo.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace tres días.

—Antes o después de meterlo en un expediente.

—No hay ningún expediente.

—Mateo. —Casi sonó cansada—. Llevas veinte minutos hablando como un abogado que tiene un expediente.

Él no contestó, y ella dejó pasar el silencio el tiempo justo, que era una cosa que hacía muy bien.

—Voy a decirte lo que has hecho —dijo—. Te has enterado de algo sobre la familia de tu novia por una vía que no debías, y en lugar de contárselo el primer día, has estado dos semanas comprobándolo.

Has ido a un perito. Has ido a mi hermana.

Has ordenado los hechos, que es lo que sabes hacer.

Y cuando ya lo tenías todo colocado, has ido a Alba y le has puesto un audio de su padre encima de la mesa y le has explicado lo que le conviene hacer.

—Se detuvo—. ¿Le preguntaste a ella qué quería hacer, o se lo dijiste?

—Le dije lo que había y le propuse ir juntos a una penalista.

—Le propusiste.

—Sí.

—Con el nombre y todo.

—Con el nombre y todo.

—Claro. —Teresa asintió—. Porque tú ya habías decidido que ella es una mujer de treinta años a la que hay que sacar de aquí.

Y esa es la parte que a mí me interesa, y no lo de mi marido, porque de mi marido ya sé todo lo que hay que saber.

—Se inclinó un poco—. Tú a mi hija no la conoces.

Tú la has estado tratando como a un punto seis de una lista.

Mateo tuvo entonces una sensación muy fea, que fue reconocer una frase suya en boca de otra persona, y como no supo qué hacer con ella hizo lo que hacen los abogados, que fue subir el tono.

—Usted la ha tratado durante dieciocho años como a alguien que no puede saber lo que pasó en su propia casa. Yo se lo he contado en tres días.

—Tú se lo has contado cuando te ha convenido.

—Y usted no se lo ha contado nunca.

Se quedaron los dos callados.

Abajo, en el patio, uno de los hombres del plano gritó una medida y otro la repitió.

—Una última cosa —dijo Teresa—. Y esta no es para ti, es para que la pienses en el coche. El sábado tu madre va a estar sentada en mi patio. ¿Tú qué crees que le va a pasar a ella si esto sale?

—No la meta en esto.

—Ya está metida. La metiste tú cuando decidiste casarte aquí.

Y eso también estuvo bien dicho, y también era verdad, y a Mateo se le vino encima, sin venir a cuento, la imagen del vestido de marzo y de la señora de Chamberí, y lo que Teresa le había contestado tres semanas antes cuando él le pidió que quitara la cláusula de las imágenes.

—Vete —dijo Teresa.

—Teresa.

—Vete, Mateo. El jueves te pruebas el chaqué.

Él se levantó, cogió la funda del traje, que seguía colgada del respaldo y que no había abierto, y salió al pasillo, y bajó, y cruzó el patio blanco de cal, y en la barrera de la cancela metió el código de siempre y la barrera no se levantó.

Lo intentó dos veces. A la tercera salió el chico del montaje, Quim, con el forro polar naranja, y le dijo que perdona, que el sistema estará tonto, y la subió a mano.

A las siete y veinte de la tarde le llamó Roser Amat.

—Mateo, dime que no has ido hoy a Can Mirall.

—He ido a una prueba de vestuario de mi boda.

—Ya. —Se oyó un papel—. «Ustedes cuatro firmaron hace un mes que no existe ningún hecho que pueda dar lugar a responsabilidad penal.» Y luego, un poco más adelante, «ese documento lo redacté yo, la sección cuarta la escribí yo hace dos años y medio». ¿Es tuyo?

Mateo se quedó de pie en medio del salón de su casa con el teléfono en la oreja.

—¿De dónde ha sacado eso?

—Nos lo ha mandado ella. A nosotros y a su consejo. Con una denuncia por conflicto de interés y uso de información de cliente. —Roser hizo una pausa—. Grabó la conversación, Mateo.

—Yo también la grabé.

—Ya me imagino que sí. —No lo dijo con reproche. Lo dijo peor, lo dijo con lástima—. Esa mujer tenía un teléfono encima de la mesa y tú tenías uno en el bolsillo de la camisa y no se te ocurrió pensar que ella pudiera estar haciendo lo mismo que tú.