10. Teresa. Domingo, 1200
Juli ha traído seis sillas plegables en el maletero y una mesa de camping. Marga ha traído un termo. Enric ha traído un cuaderno de cuadros y dos bolígrafos, por si uno falla.
El local de la calle Nou lo alquilamos hace catorce meses para abrir una tienda de novia contemporánea y no lo hemos abierto.
Ciento veinte metros, escaparate tapado con papel kraft desde dentro, un cartel apoyado en el suelo que dice PRÓXIMAMENTE con la tipografía de la casa, cables saliendo del techo donde iban las luminarias y una caldera que no está dada de alta. Doce grados. Fuera hace diez.
Es el sitio que ha elegido Enric Pallarès y ha tenido razón al elegirlo, porque el consejo no podía reunirse en Can Mirall con una investigación dentro y no podía reunirse en un hotel de Girona con tres periodistas en la puerta.
Enric tiene setenta y cuatro años, fue notario, lleva quince en este consejo y es la única persona del mundo que me llama Tere.
Yo he venido andando desde el piso de mi hermana, que está a ocho minutos, porque he salido con tiempo y porque no quería llegar la primera. He llegado la primera igualmente.
Se sienta con el abrigo puesto y saca un cuaderno.
—Punto uno, situación. Punto dos, delegación de facultades. Punto tres, interlocución con el comprador y con el banco. ¿Alguien quiere añadir algo?
—Sí —dice Nuria—. Punto cuatro.
—¿Cuál?
—Ya lo diré en el cuatro.
Enric la mira por encima de las gafas y escribe «4» y una raya.
El punto uno lo lleva Juli. Repite lo del sábado con dos datos nuevos: que Rouvier ha confirmado por escrito lo que dijo por teléfono, y que ha llamado él a Rocamora, el del banco, a las nueve de la mañana de un domingo, y que Rocamora le ha cogido el teléfono, cosa que a Juli le ha parecido peor que si no se lo hubiera cogido.
—¿Qué le has dicho?
—La verdad. Que hay una muerte en la casa, que el comprador ha congelado y que necesitamos hablar el martes.
—¿Y él?
—Ha dicho que hablaremos el martes.
—¿Nada más?
—Ha preguntado por usted.
—¿Qué ha preguntado?
—Si estaba usted bien. —Juli se encoge de hombros—. Teresa, cuando esa gente no dice nada, es que ya lo han decidido en otro sitio.
El punto dos lo lleva Enric, y lo lleva mirándome a mí todo el rato, que es su manera de tener vergüenza.
—Tere, esto no es contra ti.
—Dilo igual.
—El consejo va a revocar la delegación de facultades.
Sigues siendo presidenta y sigues siendo consejera y sigues teniendo tu cuarenta y cuatro por ciento, que eso no lo toca nadie.
Lo que se revoca es el poder ejecutivo del día a día.
Firmas, banco, personal, contratación, relación con el comprador.
Eso pasa a Juli como apoderado, con firma mancomunada conmigo para lo que supere cincuenta mil.
—¿Y la relación con Varenne?
Enric baja la vista al cuaderno.
—Juli y Alba.
Hay una pausa en la que se oye la calle a través del papel kraft.
—Alba no es consejera.
—No hace falta que lo sea. Es apoderada para la marca desde el año pasado y es a quien el comprador ha nombrado por escrito. —Enric le da la vuelta a una hoja y me la pasa por encima de la mesa de camping—. Esto lo mandó Rouvier ayer a las siete de la tarde.
Leo el párrafo. Está en castellano, con las eses largas del hombre que lo dictó.
Dice que Varenne Luxe considera que el valor de la marca depende de manera sustancial de la continuidad de la señora Alba Luján Vilanova en su función creativa y de imagen, que la señora Alba Luján Vilanova es a estos efectos persona clave, y que cualquier riesgo penal que pudiera afectarla constituye causa de retirada.
—Persona clave —digo.
—Sí.
—Yo fundé esto en el noventa y cinco.
—Ya lo sé, Tere.
—Yo he vestido a la mujer del president. Dos veces.
—Eso fue en el dos mil siete —dice Nuria, sin levantar la vista de su copia.
—¿Y qué?
—Nada.
Juli hace algo entonces que no le perdono en varias semanas y que después entiendo. Gira el portátil y me enseña una pantalla con dos barras.
—Esto es lo que hemos mirado esta mañana.
De todo lo que se ha buscado sobre nosotros este fin de semana, el ochenta y uno por ciento incluye el nombre de Alba.
El nueve por ciento incluye el suyo. El resto es la marca sola.
—Cierra el portátil enseguida, y eso es lo que le agradezco luego, que lo cierre enseguida—.
No significa que usted no sea la casa. Significa lo que significa.
Marga vota antes de que se lo pidan.
—Yo voto que sí.
—Marga, todavía no hemos…
—Ya. Pero prefiero decirlo con la boca antes que con la mano.
—Se sirve café del termo y no bebe—. Yo aquí no estoy de jefa de taller.
Estoy por el fondo. Y el fondo tiene el siete por ciento y ochenta y seis nóminas detrás.
Teresa, a mí me da igual quién firme. Lo único que me importa es que la ampliación entre, porque de ahí salen las indemnizaciones de los cincuenta y dos.
Si para que entre hay que apartarla a usted del banco durante dos meses, la apartamos.
—Marga.
—Que no es contra usted. —Y aquí me mira, y es la primera persona en tres días que me mira de frente—. Es que yo tengo cincuenta y dos personas que la semana pasada leyeron su nombre en una lista. Eso es lo que tengo.
Enric va a poner el punto a votación y entonces suena el timbre de la calle.
Es un chico de la empresa de alarmas, con una furgoneta en doble fila, que viene a la revisión semestral del sistema. La revisión estaba programada desde julio. Nadie la ha anulado porque nadie se acuerda de un local que no existe.
Enric le dice que hoy no. El chico dice que si no lo hace hoy tiene que volver a pedir orden de trabajo y que la orden tarda tres semanas y que el contrato exige la revisión.
Juli dice que la haga. El chico entra, saluda a todo el mundo, monta una escalera de tijera debajo de la caja de la alarma y se pone a taladrar.
Estamos veinte minutos sentados en seis sillas plegables, con el abrigo puesto, en un local a doce grados, esperando a que un chaval de veinticinco años termine de revisar la alarma de una tienda que no ha abierto nunca.
Nadie habla. Marga sirve café. Nuria mira el móvil.
Yo miro el cartel de PRÓXIMAMENTE apoyado en el suelo contra la pared, y pienso que la tipografía está mal escalada y que en la eme se ve.
En un momento el chico se vuelve desde la escalera y pregunta si el local es de novias, y Juli dice que sí, y el chico dice que su hermana se casa en mayo, y nadie contesta.
El chico baja de la escalera, dice que todo correcto, nos pide una firma en la tableta y se va.
Se aprueba el punto dos. Cuatro a favor. Yo me abstengo, porque votar en contra sería peor.
—Punto cuatro —dice Enric—. Nuria.
Mi hermana saca de la bolsa un libro grande, de tapa dura, forrado en tela cruda, con las letras en seco.
Casa Luján. Veinte años.
Lo abre por una página marcada con un pósit y lo pone en la mesa de camping, entre los vasos.
—Página treinta y uno. Pie de foto. «Teresa Luján en el primer taller de la calle Ballesteries, 1995.
» Y aquí, detrás, esta que sale medio cortada, soy yo.
—Pasa hojas—. Página ochenta y cuatro. «El equipo de Casa Luján en 1999.
» Segunda fila. Núria Lujan, sin acento y con jota. Esas son mis dos veces.
—¿Y qué quieres exactamente? —digo.
—Quiero que la historia oficial de esta empresa diga que la fundamos dos hermanas. En la web, en el dosier de prensa, en la nota que se le manda al comprador y en el próximo libro si hay próximo libro. Y lo quiero por escrito antes de la junta.
—Nuria, hay un chico muerto en el archivo.
—Sí. —Cierra el libro—. Y el martes va a haber un banco pidiéndome que decida si vendo. Y yo voy a decidir. Y lo que estoy diciendo es lo que necesito para decidir que sí.
—Estás negociando.
—Estoy pidiendo mi nombre. —Se le mueve algo en la voz y lo corta enseguida—. Hipotequé el piso de mamá en el noventa y cuatro. Firmé yo. Y en el libro salgo con jota.
—Ese libro lo escribí yo.
Lo digo sin pensarlo, para acabar la discusión, con el tono que se usa para decir que una costura la ha hecho una y por tanto está bien hecha.
Nuria se me queda mirando.
—Ya lo sé, Teresa —dice—. Eso es exactamente lo que estoy diciendo.
Enric carraspea y propone dejar el punto cuatro sobre la mesa, pendiente de redacción, y todo el mundo dice que sí porque todo el mundo tiene frío.
No hay impresora. Enric escribe el acta a mano, con su letra de notario, en un cuaderno de cuadros, y cuando llega al punto dos se para con el bolígrafo levantado.
—Tere, esto lo tengo que redactar bien, porque va al banco y a los franceses. ¿Cómo lo digo?
Y yo se lo dicto.
Le dicto que el consejo, en atención a la situación excepcional derivada del fallecimiento acaecido en las instalaciones de la sociedad, y con el fin de preservar la continuidad operativa y la relación con las entidades financieras y con el potencial inversor, acuerda revocar temporalmente la delegación de facultades conferida a la presidenta, quien mantiene su condición de consejera y presidenta del consejo, y atribuirlas al director financiero en los términos que se detallan.
Enric escribe, levanta la mano, me pide que le repita lo de la continuidad operativa. Se lo repito.
Cuando termina, lee lo que ha escrito en voz alta para el acta y suena bien. Suena mejor de lo que hacía falta. Es el mejor párrafo que se ha escrito en esta empresa en dos años y lo he dictado yo, de pie, con el abrigo puesto, para dejar constancia de que me han quitado el mando.
Firmo la última hoja. Le pido una copia. Enric me dice que la haga Juli el lunes y me acuerdo, con un segundo de retraso, de que Juli ya no tiene que hacer lo que yo le pida.