La novia intacta 9. Teresa. Domingo, 0800
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9. Teresa. Domingo, 0800

El patio lleva desde el sábado con trescientos tallos de eucalipto metidos en cubos junto a la pared del norte, porque los descargaron a las siete menos veinte del sábado y a las siete y ocho ya no había boda y nadie ha decidido todavía qué se hace con ellos.

Están mustios por arriba. Huelen a farmacia.

Cada vez que cruzo el patio pienso que hay que tirarlos y no lo hago, porque tirarlos es una decisión y ahora mismo cualquier decisión mía sobre esta casa es una decisión que alguien va a mirar.

Al depósito de patrones se sube por la escalera de hierro del ala norte, que es la original de la fábrica y suena como una campana si se pisa deprisa.

Subo despacio. A esta hora todavía no hay nadie en la casa salvo dos agentes en la puerta del archivo, dos plantas más abajo y al otro lado del edificio, y la mujer de la limpieza, que ha venido igualmente porque nadie le ha dicho que no viniera.

El depósito no es el archivo. En el archivo hay tejido vivo, rollos que se van a cortar, y por eso está a dieciocho grados y al sesenta por ciento y por eso tiene cerradura electrónica.

Aquí arriba hay papel. Patrones de cartulina colgados de barras por tallas y por temporadas, cajas de muestras, los libros de pedidos de los años en que los pedidos se escribían a mano, y una cerradura de llave normal que abro con la llave que llevo en el llavero desde el noventa y cinco.

Huele a papel viejo y a naftalina, aunque hace veinte años que no usamos naftalina.

Las barras están por temporadas y las temporadas están por orden, de izquierda a derecha, desde el fondo. Al pasar rozo con el hombro la de dos mil dos, que fue el año en que hicimos veintiséis vestidos y no dormí, y las cartulinas suenan unas contra otras como suena una baraja.

Voy al fondo, a la estantería de madera de la pared ciega, donde están las cajas de muestras de adorno.

Para llegar a la tercera balda tengo que apartar la caja de las porcelanas, que es de cartón y pesa poco y está mal cerrada, y al moverla se ladea y se ve lo que hay dentro: seis figuras de las que se ponían encima de las tartas en los noventa, envueltas en papel de seda, y una séptima suelta que no está envuelta, una novia sola, con el velo de porcelana un poco desconchado en el borde.

La coloco de pie, porque estaba tumbada, y la empujo hacia el fondo de la caja para que no se mueva.

Detrás hay una caja metálica gris de las de herramientas, con asa y cierre de palanca.

La bajo. La pongo en la mesa de corte de patrones, que es de contrachapado y tiene marcas de cúter de treinta años.

Dentro hay tres cosas. Un sobre acolchado con la ficha del inventario.

Una bolsita de plástico con dos pilas AAA nuevas, envueltas por separado en papel de cocina, porque las pilas dentro de los aparatos se sulfatan y se comen los contactos, y eso lo aprendí con las máquinas de coser antes de aprenderlo con esto. Y el dictáfono.

Es un Sony gris, del tamaño de un mando de garaje. Lo compré en El Corte Inglés de Girona un jueves por la tarde de febrero de dos mil siete, con la tarjeta de la empresa, y todavía tengo el tique dentro del sobre porque yo guardo los tiques.

Saco la ficha primero.

Es una cuartilla plastificada con una tabla que dibujé yo con regla.

Cuatro columnas: fecha, contenido, estado, firma.

Cada marzo, cuando hacemos el inventario del depósito y viene el chico de la aseguradora a contar cajas, subo aquí sola media hora antes que él, abro la caja, compruebo, apunto la fecha y firmo con mis tres iniciales.

Hay dieciocho líneas.

Marzo 2008. Marzo 2009. Marzo 2010. La letra es la misma en todas y va cambiando muy despacio, como cambia la letra de una persona en dieciocho años. En la de 2013 se ve que escribí con un bolígrafo que iba mal. En la de 2016 puse el año equivocado y lo taché.

En la de 2019 la fecha es del once de marzo, y me acuerdo de por qué: ese año el chico de la aseguradora vino con gripe y lo pasamos al once, y yo subí igualmente el nueve, sola, por costumbre, y volví a subir el once para firmar delante de él como si fuera la primera vez.

En la columna de estado pone «correcto» dieciocho veces.

Pongo las pilas. Se encienden dos rayas verdes en el visor y el aparato hace el clic de siempre. Aprieto la flecha de la derecha y en la pantalla sale la lista de archivos, que tiene un solo archivo.

GRAB_014. 49:12.

Nunca lo he renombrado. Podría haberle puesto un nombre y no se lo he puesto, y ahora, con el pulgar encima del botón, me doy cuenta de que ese detalle es lo único de toda esta caja que no he decidido yo.

El pulgar está encima del botón. Lo dejo ahí.

Lo que hago en vez de eso es comprobar la humedad de la balda con el dorso de la mano, y mirar si la caja tiene óxido en las bisagras, y volver a leer las dieciocho líneas de la ficha para ver si me he saltado algún año. No me he saltado ninguno.

Rouvier dijo ayer la palabra transcripción y dijo la palabra fragmento.

Un fragmento. Alguien ha sacado un trozo de cuarenta y nueve minutos y lo ha metido en un sobre para un abogado francés, y el aparato está aquí, con dieciocho firmas mías detrás, y el chico que lo mandó está en el depósito de Girona.

Eso es lo que sé. Lo que no sé es de dónde ha salido lo otro.

Apago el dictáfono. Saco las pilas otra vez y las envuelvo cada una en su papel de cocina.

—Mamá.

Alba está en la puerta del depósito, en pijama y con un jersey encima, con el pelo recogido con un boli. No la he oído subir por la escalera de hierro y esa escalera no se puede subir sin que se oiga, así que llevará ahí un rato.

—Hay dos coches de prensa en la cancela —dice—. Y una mujer con un micrófono.

—¿Ya?

—Desde las siete y media. Quim les ha dicho que se fueran y no se han ido.

—Que no se les abra. Y que nadie salga a hablar. Nadie, Alba. Ni Rosa.

—Ya se lo he dicho a Rosa. —Se apoya en el marco—. Y he llamado al hotel. Quedaban once invitados y se van todos hoy. Los de Sevilla se fueron ayer sin avisar y han dejado el regalo en recepción.

—¿Qué regalo?

—No lo he abierto.

Se queda en el marco. Mira la mesa. Mira la caja metálica abierta, y el sobre, y la ficha plastificada boca arriba con las dieciocho líneas, y el dictáfono al lado con la tapa de las pilas quitada.

No pregunta qué es.

Eso me lo digo después, mucho después, y me lo digo en otro sitio: que mi hija entró en un cuarto en el que su madre tenía delante un aparato que nunca había visto y no preguntó qué era.

En ese momento lo único que pienso es que está pálida.

—¿Has dormido?

—Un poco. —Se sujeta el codo con la otra mano—. Mamá.

—Dime.

—No destruyas nada.

Levanto la cabeza.

—¿Qué?

—Nada. De aquí, de tu despacho, de ninguna parte.

—Habla despacio, como cuando explica una entrega a una clienta—.

Ayer registraron el archivo. Mañana pueden registrar esto.

Si falta algo, o si algo aparece roto, o si algún papel no está donde debería estar, se acabó.

Da igual lo que sea. Da igual que no tenga nada que ver.

Y yo, que llevo desde las once y media del viernes ordenando pasos, siento por primera vez en dos días una cosa parecida al alivio, porque mi hija de treinta años acaba de decirme algo sensato y porque está asustada, y una hija asustada es una cosa que yo sé manejar.

—Nadie va a destruir nada —digo—. Ven aquí.

Viene. La abrazo de lado, un segundo, con la mano en el brazo, que es como nos abrazamos nosotras.

—¿Qué es esa caja? —dice.

—Muestras.

—Vale.

Baja. La oigo bajar la escalera de hierro, y esta vez sí suena.

Yo cierro el cierre de palanca, subo la caja a la tercera balda, empujo la caja de las porcelanas por delante y la dejo bien cuadrada con el canto.

Antes de salir vuelvo, abro un centímetro, meto los dedos y saco las dos pilas envueltas.

Me las guardo en el bolsillo del pantalón.