La novia intacta 8. Mateo. Ocho días antes
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8. Mateo. Ocho días antes

Llegó al piso de Alba a las nueve menos cuarto con una bolsa de la pescadería de la esquina y con la sensación, que llevaba tres días teniendo y que no sabía dónde poner, de estar entrando en casa de alguien.

Ella estaba en el suelo del salón con el plano de mesas extendido, descalza, con dos rotuladores y el móvil boca abajo, y había apartado la mesa de centro contra la pared para que cupiera.

El plano medía casi un metro por setenta y estaba impreso en el papel grueso que usaba Casa Luján para todo, con las mesas en círculos numerados y los nombres compuestos en la tipografía de la firma. En la esquina inferior derecha, en cuerpo seis, ponía «Casa Luján. Protocolo».

—¿Has traído rape?

—He traído rape.

—Mi madre dice que el rape es de gente que no sabe cocinar.

—Tu madre tiene razón.

Puso el agua, sacó dos copas y volvió al salón, y se quedó de pie mirando el plano desde arriba, que era la única manera de verlo entero.

—Cuatro —dijo.

—Cuatro está bien. Cuatro está a la derecha del todo, se ve entero el patio.

—Cuatro es la mesa donde has puesto a la gente que no sabías dónde poner.

Alba se sentó sobre los talones al borde del plano.

—Está con Pau y con Laura, que le van a hablar toda la noche. Está a nueve metros de nosotros. Y a la una todo el mundo está de pie.

—Alba, mi madre no conoce a nadie más en esa boda. No conoce a nadie. Va a estar sentada tres horas al lado de una amiga tuya de la facultad y de un chico que le va a preguntar a qué se dedicaba.

—Era administrativa en un instituto. No pasa nada.

—Claro que no pasa nada. —Se oyó a sí mismo y bajó el tono—. No pasa nada por eso. Pasa por lo otro.

—¿Qué otro?

Y ahí estuvo el problema, porque para explicarlo había que decirlo, y decirlo era feo.

Su madre se había comprado un vestido en marzo.

En marzo, siete meses antes. Se lo había comprado en El Corte Inglés de Goya con su hermana, un sábado, y habían comido después en el italiano de abajo, y se lo había llevado a una señora de Chamberí que le arregla las cosas desde hace treinta años y que le había subido dos centímetros de bajo y le había metido las sisas.

Se lo había puesto para él en el salón, en abril, con los zapatos y todo, y había dado media vuelta delante del espejo del recibidor y le había preguntado si estaba bien, y él le había dicho que sí, y era verdad que estaba bien.

Y desde marzo, cada vez que Mateo veía el plano de mesas de Casa Luján con su tipografía y su cuerpo seis, pensaba en la misma fotografía: su madre, con ese vestido, de pie junto a Teresa Luján el día de la boda, en las páginas de una revista que había pagado sesenta mil euros por estar allí.

No pensaba en que su madre fuera a estar incómoda.

Su madre había dado clase de mecanografía a cuatrocientos adolescentes y no se incomodaba con nadie.

Pensaba en que él la iba a ver a través de los ojos de otros, y en que se le iba a notar que la estaba viendo así, y en que ella se iba a dar cuenta.

Eso era lo que llevaba siete meses sin decirle a nadie.

—Nada —dijo—. Que quiero que esté en la principal.

Alba lo miró un momento largo.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale. La ponemos en la principal. —Cogió el lápiz y empezó a tachar—. Movemos a mi tía Nuria a la cuatro y ya está.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque tu tía se va a dar cuenta.

—Pues claro que se va a dar cuenta. —Alba lo dijo sin ninguna maldad, con el lápiz en la mano, como quien explica un plazo de entrega—.

Mateo, en una boda alguien tiene que estar en la cuatro.

Siempre. Tú lo que quieres es que no sea tu madre.

Perfecto. Entonces es otra persona. Elígela tú, si quieres.

Se quedaron los dos mirando el plano.

—Y otra cosa —dijo ella—. Le he pedido a Quim que la recoja él en la estación con el coche de la casa. No va a llegar en taxi con la maleta a un sitio que no conoce.

—Eso no hacía falta.

—Ya sé que no hacía falta.

Después escribió «Carmen Rivas» con letra pequeña en el hueco de la mesa principal, y lo escribió bien, con las dos erres, sin preguntar cómo se escribía.

Cenaron tarde y mal, porque el rape se le pasó, y hablaron de la galería del piso de Marina y de si cabía una lavadora debajo del fregadero, y a las once Mateo se levantó, fue a por el ordenador y volvió al salón, y Alba, que estaba descalza en el sofá con una copa de vino, se enderezó al verle la cara.

—¿Qué pasa?

—Necesito que oigas una cosa. Son dieciocho segundos.

Lo puso una vez. No lo puso dos.

Ella no se movió durante los dieciocho segundos y tampoco después. Tenía la copa en la mano y no la dejó.

—¿Eso es mi padre?

—Sí.

—¿Y la otra es mi madre?

—Sí.

Mateo se lo contó en cuatro minutos, sin volver a poner nada.

Que existía un archivo entero de casi una hora, grabado aquella noche en el salón de pruebas.

Que ese fragmento era del final del intervalo.

Que entre el golpe y la llamada al ciento doce habían pasado veintiocho minutos.

Que él no tenía el archivo, solo el fragmento y una transcripción, y que la fuente no se la habían querido dar.

Que lo había recibido de su tía. Que lo había entregado a su firma y que por eso ya no estaba en la operación.

Alba escuchó todo sin interrumpir.

Después dejó la copa en el suelo, con cuidado, al lado del pie del sofá.

—¿Quién tiene el original?

—No lo sé. Tu tía dice que sabe dónde está.

—¿Cuántas copias hay?

—Del fragmento, la que entregué yo y la que tenga ella. Del archivo entero, no lo sé.

—¿Hay algo programado?

Mateo tardó una fracción de segundo.

—¿Programado?

—Preparado para salir. Un envío, un depósito, lo que hagáis vosotros. —Se apartó el pelo de la cara—. Tú eres abogado. Tú no dejas una cosa así encima de una mesa.

—Todavía no.

—Y si lo hubiera, ¿cómo estaría? ¿Cifrado?

—Alba.

—Es una pregunta.

—Sí. Estaría cifrado.

Ella asintió despacio, dos veces, mirando el suelo entre sus pies.

Y luego se levantó y cruzó los tres metros que los separaban y lo abrazó.

Fue un abrazo largo. Le puso la cara en el cuello y lo apretó con las dos manos en la espalda, y se quedaron así de pie en medio del salón un rato que a Mateo le pareció mucho tiempo.

Ella no lloró. Él le sostuvo la nuca con una mano, y notó que respiraba despacio, y pensó que estaba tranquilizándose.

—Necesito una noche —dijo Alba contra su hombro.

—Claro.

—Una noche sola. Mañana hablamos.

—Claro.

Se separaron y ella recogió la copa del suelo y las dos de la mesa y se las llevó a la cocina, y él la oyó abrir el grifo y fregarlas a mano, que era una cosa que Alba no hacía nunca porque tenía lavavajillas y lo usaba para dos vasos.

Cuando volvió, Mateo estaba de pie junto al plano de mesas.

—Óyeme —le dijo, y lo dijo bien, con calma, como cuando explicaba a un cliente que la mejor operación es la que no se hace—.

Esto no lo tienes que resolver tú. Tú tenías doce años.

Tú no hiciste nada. La única persona que tiene que responder de esto es tu madre, y no va a poder hacerlo con nadie a su lado, y menos contigo, porque contigo lleva dieciocho años haciendo exactamente esto.

—Le apretó los brazos—. Vamos a hacerlo bien y vamos a hacerlo con alguien que sepa.

Hay una penalista en Barcelona, Ariadna Serna.

Es la mejor que conozco. La llamamos el lunes, vamos los dos, le contamos lo que hay y ella nos dice qué se hace.

Y luego nos vamos de aquí. Nos vamos a Marina y ya está.

Alba lo escuchó entero, con las manos todavía húmedas.

—Escríbeme el nombre —dijo.

Mateo arrancó la esquina de una hoja del bloc del recibidor y escribió «Ariadna Serna» y debajo el nombre del despacho.

Alba dobló el papel en cuatro. Fue a por el bolso, que estaba en la silla del recibidor, abrió el bolsillo pequeño de la cremallera, metió el papel dentro y cerró la cremallera.

—Vete a dormir —dijo—. De verdad. Mañana.

Él se fue a las doce y media. En el rellano, esperando el ascensor, oyó cómo ella echaba la llave por dentro, dos vueltas, que era otra cosa que no hacía nunca.

Ya en el coche, con el motor en marcha y el cinturón puesto, se quedó un momento con las manos en el volante y sintió algo parecido al alivio.

Había hecho lo difícil. Se lo había contado.

Ella había preguntado lo que preguntaría cualquiera, había preguntado con la cabeza fría porque llevaba treinta años entrenada para tener la cabeza fría delante de su madre, y después lo había abrazado.

Le escribió desde el semáforo de la ronda: «Estoy contigo. Descansa.»

Alba le contestó a los diez minutos: «Ya lo sé.»