7. Teresa. Sábado, 1600
A las once y media de la mañana hay doscientas doce personas invitadas a una boda que no se va a celebrar y nadie ha avisado a ninguna.
Lo resolvemos entre Gemma, de la revista, que se ofrece porque no sabe qué otra cosa hacer, y una chica de la agencia de eventos, y yo, con la lista impresa y tres teléfonos, en el despacho pequeño de administración, con la puerta cerrada, mientras a doce metros hay dos coches de los Mossos en el patio.
El mensaje que decidimos es de dos líneas y no dice nada, y hay que decirlo doscientas doce veces.
La chica de la agencia llora en la llamada cuarenta y algo, cuando una señora de Manresa le pregunta si el chico está bien, y sale al pasillo y vuelve a los cinco minutos y sigue.
El catering se entera por su cuenta y llama a la una para preguntar qué hacen con ciento ochenta raciones de rape. Les digo que las repartan entre ellos, y el hombre me dice que eso no se puede hacer por la trazabilidad, y estamos cuatro minutos hablando de la trazabilidad del rape.
Han habilitado el probador cuatro. Tiene mesa de cristal, dos butacas, una puerta que cierra y está a treinta metros del archivo, y a la inspectora le sirve porque puede entrar y salir sin cruzar toda la casa.
En la percha del rincón sigue colgada una funda con el vestido de la boda de octubre. Nadie la ha quitado.
Àngels Duran ha llegado a las tres y cuarto en un coche que ha dejado mal aparcado en la cancela. Es abogada penalista, tiene mi edad y un tono de voz que no cambia nunca, y antes de entrar se para en el patio y mira el edificio entero, de arriba abajo, como se mira una casa que se va a comprar.
—¿Todo esto es suyo?
—El cuarenta y cuatro por ciento.
—Ya. —Sigue andando—. Se lo van a preguntar mucho.
Me ha explicado dos cosas en el pasillo.
—Usted no está obligada a declarar. No tiene deber de decir verdad. Si miente, no comete delito por mentir.
—De acuerdo.
—Y ahora la segunda, que es la importante.
Todo lo que diga hoy se va a comparar durante los próximos dos años con todo lo que diga después.
No la van a juzgar por mentir. La van a medir.
—Se ha quedado quieta un momento—. Teresa, si va a decir algo hoy, dígalo pensando que dentro de veinte meses alguien lo leerá en voz alta delante de usted.
—Entendido.
—No. —Ha sonreído sin sonreír—. No lo ha entendido. Nadie lo entiende la primera vez.
La inspectora se llama Laia Rius. Cuarenta y muchos, un jersey gris, un resfriado de los de octubre. Se suena dos veces en los primeros diez minutos y la segunda vez pide perdón. Trae una carpeta y una tableta y a un agente joven que no dice nada en toda la tarde.
Empieza por lo que tiene.
—El registro de la cerradura del archivo dice que alguien abrió con la llave maestra a las cero horas y tres minutos. Hay tres maestras en la casa. La suya está registrada.
—Sí.
—En el salón de pruebas hay humedad reciente en la junta de latón de la tarima y restos diluidos en la propia junta y en la moqueta del umbral. Y hay fibras de raso marfil en las ruedas del carro y en el suelo del pasillo de servicio, en una línea continua desde el salón hasta el almacén.
—El archivo.
—¿Perdón?
—No es un almacén. Es el archivo de tejidos. Está climatizado.
Rius me mira un segundo y anota algo, y no sé si anota el dato o me anota a mí.
—El archivo, entonces. —Pasa una hoja—. Y esta mañana hemos abierto el contenedor del muelle, que es de recogida los martes. Dentro hay seis toallas de trabajo y una bayeta con sangre.
Àngels no se mueve. Yo tampoco.
Estuve una hora entera aquella noche pensando en la junta de latón y en las ruedas del carro, y no pensé ni un segundo en dónde iban las toallas. Las bajé al contenedor del muelle a las cero y dieciséis, con la misma naturalidad con la que bajo cualquier cosa que sobra.
—Señora Luján —dice Rius—, ¿quiere hablar conmigo o prefiere no hacerlo?
Y ahí decido.
No lo decido en ese momento, en realidad. Lo decidí a las once y cuarenta y tres de anoche, cuando no hice la tercera pregunta. Todo lo de hoy es solo el desarrollo.
—Quiero hablar.
Y hablo. Digo que llegué al salón de pruebas pasadas las once y media, después de que Alba me llamara diciendo que Mateo se había caído.
Digo que cuando llegué él ya no respondía y que le busqué el pulso y no lo encontré.
Digo que mandé a mi hija arriba porque estaba en estado de shock, que se acostó, y que a partir de ahí lo hice todo yo: limpiar, envolver, mover el cuerpo, abrir el archivo, y escribir con su teléfono el mensaje al padrino.
—¿Y por qué el mensaje?
—Para que nadie lo buscara esa noche.
—¿Y por la mañana?
—Por la mañana pensaba decir que se había ido. Que había cancelado la boda y se había marchado. Es una cosa que pasa. —Oigo lo que estoy diciendo y sigo diciéndolo—. Todas las novias del mundo pueden perdonar a un hombre que se va. Ninguna puede casarse con un muerto en el archivo.
Rius me deja terminar la frase y no la comenta.
—¿Usted sola movió el cuerpo?
—Sí.
—Setenta y ocho kilos.
—Con el carro de colección. Ese carro es bajo.
Lo diseñamos así porque cargamos trenes de cuatro metros y no se pueden levantar.
—Y aquí añado una cosa que no me han preguntado, porque me sale, porque siempre me sale—: Y yo tengo la espalda hecha polvo desde el noventa y ocho.
En esta casa no levanto nada. Todo lo muevo con ruedas.
Àngels no me mira. Rius sí.
—Enséñeme cómo lo subió al carro.
—¿Cómo?
—Con las manos. Aquí, en el aire. Hágalo.
Me levanto. Pongo las manos como las puse: una abierta debajo de la nuca, la otra bajo la cadera, y hago el gesto de rodar hacia mí y empujar hacia arriba, y a mitad del gesto me doy cuenta de dos cosas a la vez.
La primera es que ese movimiento no lo hace una persona sola.
La segunda es que ella ya lo sabía y por eso me lo ha pedido.
Rius no dice nada. El agente joven escribe.
—Siéntese, por favor. Sigamos. ¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—Por qué lo movió. Su hija le dice que su prometido se ha caído y está muerto. Usted es la dueña de la casa. Podía llamar al ciento doce a las once y media y hoy estaríamos hablando de un accidente.
Me quedo callada. Es la primera pregunta de la tarde para la que no tengo una frase preparada, y me oigo contestar con la verdad, que es lo peor que se puede hacer cuando se está mintiendo.
—Porque a las once y media de anoche había doscientas personas viniendo a esta casa a una boda. Y usted no sabe lo que es que una novia salga en la prensa el día de su boda.
—No —dice Rius—. No lo sé.
Se suena la nariz. Mira sus papeles. Y luego, y esto me descoloca más que todo lo anterior, pregunta:
—¿Y la puerta que da al patio desde el salón de pruebas?
—No hay puerta al patio desde el salón de pruebas.
—Aquí me han dicho que sí.
—Pues le han dicho mal. Hay una ventana alta que no abre desde el noventa y siete.
—Ya. —Vuelve atrás dos hojas, encuentra algo, aprieta los labios—. Perdone. Eso es del salón de arriba.
Y ahí, durante un segundo, esta mujer me cae bien, que es la cosa más estúpida que me ha pasado en todo el día.
Salimos a las seis menos veinte. En el pasillo de administración está Juli con la puerta abierta y las luces encendidas.
—Ha entrado el pico —me dice antes de que le pregunte nada—.
Mil cien visitas por hora a mediodía. En la última hora, trescientas cuarenta.
Veintiséis solicitudes de cita en seis horas; en una semana normal tenemos nueve.
Y cero devoluciones. Cero, Teresa. Ha habido dos que iban a devolver y las han cancelado.
—Cierra la web.
—No.
—Juli.
—No la voy a cerrar. —Se mira las manos un momento—. Si esas veintiséis se convierten en catorce citas y de esas catorce firman seis, eso es la nómina de octubre. Yo no tengo otra cosa. Le prometo que esto no me gusta. Anoche cené a dos mesas de ese chico. Pero no tengo otra cosa.
—Estás vendiendo vestidos porque hay un muerto en mi archivo.
—Estoy pagando nóminas.
—Esto es una casa de novias, Juli. Si esto sale en la prensa, se acabó.
—Yo tengo setecientos mil de esa deuda avalados a título personal —dice, sin levantar la vista de la pantalla—. Firmé en junio. Usted estaba delante.
—No me acuerdo.
—Ya lo sé.
Lo miro y digo, sin pensarlo mucho:
—Recoge tus cosas. El lunes hablo con el consejo, pero hoy ya no trabajas aquí.
Juli no se mueve. Y no se mueve de una manera que no es desafío, sino incomodidad, la incomodidad del que sabe una cosa que el otro debería saber.
—Teresa, usted no puede.
—Soy la consejera delegada.
—Sí. —Abre una carpeta, pasa hojas, y me pone delante un acuerdo del consejo de junio, con mi firma al pie—.
Punto cuarto. Mientras dure la situación de tensión de tesorería, la contratación y el cese de la dirección financiera requieren acuerdo del consejo.
Lo aprobamos por unanimidad. Usted firmó.
Leo mi propia firma. Me acuerdo perfectamente de aquel consejo. Duró cuarenta minutos, se aprobaron once puntos y yo estaba pensando en el desfile de Milán.
—¿Y esto quién lo propuso?
Juli tarda medio segundo.
—Nuria.
Rius sale del probador cuatro con el abrigo en el brazo cuando yo voy hacia la escalera. Me alcanza en el pasillo.
—Una cosa más y la dejo. Ha dicho que hay tres llaves maestras.
—Sí.
—¿Quién las tiene?
—Yo. Marga Vidal, la jefa de taller. Y mi hija.
Rius se para. Saca la libreta pequeña del bolsillo del abrigo, la abre y lo escribe.
—Gracias —dice—. Buenas noches.