La novia intacta 6. Mateo. Once días antes
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6. Mateo. Once días antes

La cafetería del hospital Trueta estaba llena a las cinco de la tarde y era el sitio que había elegido ella, y Mateo tardó en entender por qué hasta que Nuria le explicó, sin que se lo preguntara, que su madre había estado ingresada allí tres semanas en enero y que se había acostumbrado a que fuera un sitio donde nadie te mira.

—Necesito oír la grabación —dijo él.

—Ya te la he dado.

—Me ha dado dieciocho segundos y un papel escrito a ordenador.

Con eso no puedo ir a ninguna parte. El perito me dice lo único que puede decirme: que esos dieciocho segundos no están cortados por dentro.

Nada más. Si mañana su hermana me pone delante a un abogado y le dice que eso es un montaje, tiene razón hasta que se demuestre lo contrario.

—Yo firmo lo que haga falta.

—Usted no es una prueba. Usted es una socia con un dieciséis por ciento que se revaloriza si la venta se cierra. —Lo dijo despacio, porque quería que ella lo oyera como lo oiría un juez—. En cuanto usted abra la boca, lo primero que va a preguntar cualquiera es cuánto gana con ello.

Nuria removió el café que no se había tomado.

—Entonces no lo abras.

—Ese es el problema. —Mateo puso las manos planas sobre la mesa—. Ya no puedo no abrirlo. Usted ha venido a mi despacho y me ha dicho que existe una grabación íntegra de casi una hora en la que un hombre pide una ambulancia y no se la dan. Yo eso ya lo sé. No puedo dejar de saberlo.

—Claro que puedes.

—No. Si yo me callo y la venta se firma, y dentro de dos años esto sale, la primera pregunta no va a ser qué hizo Teresa.

Va a ser qué sabía el abogado que estaba en la casa.

—Bajó la voz—. Nuria, se lo digo con toda la claridad de que soy capaz.

O me deja escuchar el archivo, con su abogado delante si quiere, sin copia, en la habitación que usted elija, o tengo que comunicar que una socia de Casa Luján afirma poseer una grabación relevante para una muerte.

A mi firma, al comprador y, si me lo dicen ellos, a los Mossos.

Ella lo miró un rato largo. Tenía los ojos secos y muy quietos.

—¿Sabes lo que me estás pidiendo?

—Le estoy pidiendo cuarenta y cinco minutos.

—Me estás pidiendo que te deje oír cómo mi hermana me llama a mí a las once y dos de la noche y cómo yo le digo que llame a una ambulancia, y cómo ella me pregunta qué va a pasar con la niña y con la empresa, y cómo yo cuelgo.

—Se le movió la boca un poco—. Y cómo después, durante dieciocho años, no vuelvo a decir una palabra y cobro dividendos.

—Sí. Eso le estoy pidiendo.

—Pues no.

—Nuria…

—No, Mateo. —Se puso el bolso en las rodillas—.

Tú tienes una idea de esto en la que al final alguien firma unos papeles y la casa se salva y Teresa se queda callada y todos aprendemos algo.

Yo no. Yo lo único que quiero es que mi hermana no pueda vender diciendo que ahí no pasó nada.

Nada más. No quiero un juicio. No lo voy a tener yo con sesenta y tres años y un piso.

—Entonces esto acaba mal para las dos.

—Ya acabó mal hace dieciocho años. —Se levantó—. Haz lo que tengas que hacer.

Mateo se quedó veinte minutos en aquella mesa haciendo cuentas de tiempo: cuánto tardaría en escribir la comunicación, cuántos días le darían para presentarse, cómo se lo iba a contar a Alba y en qué orden. Calculó que tenía una semana.

Tenía treinta y seis horas.

El jueves a las nueve y diez, cuando pasó la tarjeta por el torno del vestíbulo, la puerta no se abrió.

Lo intentó otra vez. El chico de seguridad, el que le preguntaba por el Girona todos los lunes, se levantó del mostrador y le dijo que subiera, que le acompañaba, y no le miró a la cara en los doce pisos.

En la sala pequeña estaban Roser Amat, Toni y una mujer de recursos humanos con una carpeta.

—Siéntate —dijo Roser.

—¿Puedo saber qué está pasando antes de sentarme?

—Ayer por la tarde recibimos una comunicación de doña Nuria Luján Ferrán, socia de Casa Luján Novias.

—Roser leía de un papel y no lo necesitaba—.

Manifiesta que has mantenido con ella reuniones sobre asuntos del cliente después de tu apartamiento formal, que conservas documentación relativa a ese cliente y que mantienes acceso material a sus instalaciones y a su información por tu relación personal con la señora Alba Luján.

Toni miraba la mesa.

—Ella vino a mí —dijo Mateo.

—Ya lo sé.

—Vino ella. Sin cita. Y hace doce días le entregué a usted el soporte que me dio.

—Ya lo sé. Y por eso esto es una suspensión y no otra cosa. —Roser dejó el papel—. Mateo, tú entregaste un pendrive. No me dijiste que hubieras vuelto a verla.

—Fui a verla ayer para pedirle la fuente. Precisamente para poder llevarles algo sólido.

—Fuiste a verla ayer —repitió Roser, muy despacio— para pedirle la fuente.

Y ahí, en el modo en que lo repitió, Mateo entendió cómo sonaba desde fuera lo que llevaba dos semanas haciendo. No lo aceptó. Solo lo oyó.

Le pidieron el portátil de la firma, el móvil de la firma y la tarjeta.

Le dijeron que la suspensión era de empleo y sueldo, que duraría lo que durase la instrucción interna, que no debía comunicarse con Nuria Luján ni con ningún representante de Casa Luján, y que no debía acudir a Can Mirall en ninguna condición que no fuera estrictamente personal.

—Voy a casarme allí dentro de once días —dijo.

Nadie contestó a eso.

Bajó con una caja de plástico gris que le dio la mujer de recursos humanos y que contenía tres libros, un cargador y una foto enmarcada de su padre en un barco. En la calle se dio cuenta de que llevaba la caja como si fuera algo que hubiera comprado.

Se sentó en el coche. Sacó su propio portátil de la bolsa, el suyo, el que tenía desde la facultad y en el que hacía las declaraciones y las cartas del piso, y lo abrió encima del volante.

Ya no tenía el audio. Ya no tenía servidor, ni acceso al data room, ni margen para pedirle un favor a nadie del despacho, ni la posibilidad de presentarse en ningún sitio como abogado de nada.

Tenía la transcripción, sus notas, y una cosa más, que llevaba doce días en la carpeta de descargas sin que la mirase.

La carta de manifestaciones y garantías de los vendedores de Casa Luján Novias, S. L., versión de cierre, con fecha del mes anterior.

La abrió por la sección cuarta. La había redactado él, o mejor dicho, había redactado el esqueleto de esa sección dos años y medio antes, en la mediación, cuando aquella familia le pareció un caso bonito de gobierno societario y una historia con buena luz. Reconoció sus propias comas.

4.7. Los Vendedores manifiestan que no existe ningún hecho, acto u omisión, propio o de personas por las que deban responder, que pueda dar lugar a responsabilidad penal, ni procedimiento, denuncia o investigación de tal naturaleza, presente o previsible, en relación con la Sociedad, sus activos o sus inmuebles.

Y debajo, en la página de firmas, cuatro nombres. Teresa Luján Ferrán. Núria Luján Ferrán. Juli Ferrer Colom.

Y Alba Luján Vilanova.

Mateo se quedó mirando la firma de Alba mucho rato. Era la que hacía siempre, la de las tarjetas y la de los albaranes, con la a final subiendo.

No era una historia sobre una mujer que había dejado morir a su marido hacía dieciocho años.

Eso era lo que no se podía demostrar. Lo que se podía demostrar era esto: que cuatro personas habían firmado un mes antes que no existía ningún hecho que pudiera dar lugar a responsabilidad penal, y que al menos dos de ellas sabían que sí.

Sacó una libreta y empezó un índice numerado, porque era la única manera que conocía de pensar. Uno, la transcripción. Dos, el fragmento. Tres, el atestado de dos mil siete y el expediente sucesorio. Cuatro, la declaración de Nuria si la conseguía. Cinco, la carta de manifestaciones.

Escribió el seis y se quedó parado con el bolígrafo apoyado.

Seis, escribió. Quién sabía qué, y desde cuándo.

Y debajo, la primera línea de la lista, porque el orden lo pedía y porque él no sabía hacer las listas de otra manera, era el nombre de Alba.

A las nueve de esa misma noche estaba sentado en el patio de Can Mirall probando el menú.

La cena de prueba llevaba tres meses en el calendario.

Iban el maître, el jefe de cocina, dos camareros que servían como si hubiera doscientas personas, Teresa, Alba y él, en una mesa redonda de seis puesta para cinco, con la vajilla de la casa y dos candelabros, en un patio vacío con la cal de la carpa todavía sin marcar.

Podría haberla anulado. Anularla exigía dar una razón, y él no tenía ninguna razón que pudiera decirse en voz alta a las cuatro de la tarde de un jueves, ocho horas después de que le retiraran la tarjeta del despacho.

Fueron cinco pases y un postre.

—El segundo es el que a mí me preocupa —dijo el jefe de cocina—. Con doscientos comensales, el pescado sale tibio o sale seco. No hay término medio.

—Pues que salga tibio —dijo Teresa.

—Tibio no gusta.

—Seco tampoco. Tibio se come.

Mateo comió los cinco pases. Dijo que el tercero estaba muy bueno, y era verdad. Alba le puso la mano en la rodilla debajo del mantel durante el cuarto y la dejó ahí un rato.

En el postre, Teresa preguntó por su madre.

—¿Ya tiene tren?

—Sale el sábado a las seis y media.

—¿De la mañana?

—De la mañana.

—Dios mío. —Se limpió la comisura con la servilleta—. Que la traigan del hotel a las once, no antes. Aquí a las once esto es un campo de batalla y no hay dónde sentarse.

—Va a querer venir antes.

—Ya, pero que no venga.

Y Mateo dijo que vale, y bebió agua, y se quedó mirando la vajilla, que era de porcelana blanca con un filo gris finísimo y que costaba, según le había contado Alba en junio, cuarenta y un euros el plato llano.

Ochenta y seis nóminas, había dicho ella dos horas antes por teléfono. Cincuenta y dos en una lista.

—Está muy callado el novio —dijo el maître.

—Es que ha tenido un día largo —dijo Alba.

—Todos los tenemos esta semana.

Se fueron a las once y cuarto. Mateo ayudó a recoger dos sillas porque le salió, y el camarero joven le dijo que no hacía falta, y él las llevó igualmente hasta el porche del muelle y las dejó apiladas contra la pared.

Teresa le dio dos besos en la cancela, como siempre, y le dijo que descansara.