5. Teresa. Sábado, 1030
Nadie me ha preguntado si hoy se trabaja.
Cuando bajo al atelier a las diez y veinticinco, Marga ya tiene el vestido de la señora Bertrán extendido sobre la mesa de corte, con las dos costureras jóvenes montando el forro del cuerpo, y ha puesto en marcha la plancha industrial, y ha abierto la ventana alta del norte porque siempre la abre.
Ha decidido ella. Ha decidido a las nueve y media, mientras yo estaba con un subinspector explicando dónde está el cuadro eléctrico, y ha hecho bien, porque la señora Bertrán casa a su hija mañana en Vic y ese vestido sale hoy o no sale.
Aun así, me quedo dos segundos en la puerta con una sensación rara. Es mi taller y alguien lo ha encendido sin mí.
La sala del consejo la tienen los Mossos. Han pedido una mesa grande, una puerta que cierre y estar cerca, y esa es la única que cumple las tres cosas, así que se han llevado allí las cajas y los ordenadores y han puesto en el respaldo de mi silla una carpeta de plástico con una goma.
De modo que la reunión la hacemos aquí. Juli en la punta de la mesa de corte, con el portátil apoyado en un rollo de papel de patrón.
Alba de pie, a su izquierda. Yo enfrente.
Marga y las chicas a cuatro metros, cosiendo.
Y la señora Bertrán y su hija en el probador dos, detrás de la puerta corredera, esperando desde las diez.
—¿Empiezo? —dice Juli.
—Empieza.
—Tenemos caja para seis semanas de nóminas. Eso no ha cambiado desde el jueves y no va a cambiar. —Gira el portátil hacia mí sin que yo se lo pida—. El puente vence dentro de siete semanas, eso tampoco ha cambiado. Lo que cambia es lo otro.
—¿Qué otro?
—El waiver. —Se corrige solo—. La dispensa. Incumplimos dos ratios en el cierre de junio. El banco no nos ha ejecutado nada porque nos firmó una dispensa condicionada a que la entrada de capital de Varenne se formalice. Y eso tiene fecha. Vence el lunes.
—¿Qué dos ratios?
—Deuda sobre ebitda y cobertura de intereses. —Levanta la vista—. Se lo expliqué en junio.
—Explícamelo otra vez.
—Que debemos más de lo que ganamos y que lo que ganamos no llega para pagar los intereses. Eso es todo. Lo demás son siglas.
—Pues se pide otra.
Juli me mira. Tiene cuarenta y ocho años y esta semana ha dormido lo mismo que yo.
—Teresa, eso nos lo dieron porque había una operación firmada la semana que viene.
Si el lunes llamo a Rocamora y le digo que el novio de la accionista está muerto en el archivo y que el comprador ha parado, no me da una prórroga.
Me pide el vencimiento anticipado y me lo pide entero. Seis coma dos.
—No lo hará.
—Puede hacerlo.
—Llevo treinta años con ese banco.
—Con ese banco lleva treinta años usted. Yo llevo cuatro meses con la persona que firma. —Lo dice sin levantar la voz, y luego baja la vista al portátil, que es su manera de pedir perdón.
Detrás de la puerta corredera, la señora Bertrán dice algo y su hija se ríe.
Alba, que no ha abierto la boca en veinte minutos, habla.
—¿Cuánto de la exclusiva está cobrado?
—Sesenta por ciento a la firma —dice Juli—. Se cobró en julio.
—¿Y los anticipos de las clientas de octubre y noviembre?
—Ciento nueve mil, más o menos.
—¿Devolvibles?
—Contractualmente, si no entregamos.
Alba asiente una sola vez, como quien apunta algo en un sitio donde no se pierden las cosas.
Yo la miro y pienso que está aguantando de una manera admirable, y que a lo mejor mi hija se parece a mí más de lo que yo quería, y me permito eso durante unos segundos, porque son las diez y media de la mañana y todavía no sé nada.
—Se cancela todo —digo—. Boda, banquete, revista, anuncio. Todo. Y el lunes se pospone el consejo.
—El consejo no lo puede posponer usted sola.
—El consejo lo convoco yo.
—Ya. —Juli tamborilea—. Pero descolgar el teléfono y decirle a Rocamora que no hay operación tampoco lo puede hacer usted sola.
Me acerco a la mesa de corte mientras habla.
El cuerpo del vestido de la Bertrán está montado y hay un encaje en el escote que Marga ya ha dado por bueno y que no está bueno: hay dos centímetros donde el motivo no continúa y se ve el corte de la flor.
Cojo el descosedor y me pongo a sacar el hilván sin pedir permiso.
—Teresa —dice Marga.
—Dos minutos.
—Ese encaje lo he cerrado yo.
—Y está partido por la mitad de una flor.
Marga se calla. Las dos chicas se miran.
Yo sigo descosiendo, y por dentro me estoy diciendo una cosa que suena a razón y no lo es: que si esta casa ha aguantado la muerte de Gonzalo, aguanta esto; que la gente compra vestidos de novia por motivos que no tienen nada que ver con las noticias; que dentro de un mes esto será una desgracia y no un tema.
El teléfono de Juli suena a las diez y cuarenta y uno.
Lo mira, se pone de pie y sale dos pasos hacia el pasillo, y desde ahí dice «buenos días» en francés, y después «sí», y después «un momento, por favor», y vuelve a entrar y lo pone en manos libres encima del rollo de patrón.
—Es Rouvier.
La voz que sale es de hombre mayor, educadísima, en un castellano cuidado y con las eses largas.
—Buenos días, señora Luján. Perdone que la llame un sábado y en estas circunstancias.
—Buenos días.
—Voy a ser breve y voy a serlo por escrito también, esta tarde. Esta mañana a las nueve hemos recibido en el despacho un envío. Un expediente. Lo firma un abogado llamado Mateo Rivas, que hasta hace dos semanas trabajaba en la contraparte y que consta suspendido por su propia firma.
Marga levanta la cabeza. La plancha sisea sola.
—El expediente afirma que existe una contingencia penal no revelada relacionada con la muerte del señor Gonzalo Vilanova en el año dos mil siete, y sostiene que las manifestaciones que ustedes nos han entregado son falsas en ese punto. ¿Me sigue?
Digo que sí. He dicho que sí antes de decidir decirlo.
—Nosotros no valoramos si es cierto. Eso no nos corresponde.
Lo que hacemos es congelar la firma. Necesitamos dos cosas antes del lunes: una relación documentada de hechos, con fechas y fuentes, y una evaluación del riesgo penal que pueda afectar a la señora Alba Luján en su condición de persona clave.
No queremos una explicación. Queremos hechos que podamos verificar.
—Señor Rouvier —dice Juli.
—Dígame.
—Mateo Rivas murió anoche. Aquí. Lo encontramos esta mañana.
Hay un silencio en el altavoz que dura lo que dura. Después Rouvier dice, y se le nota que ha dejado de leer:
—No lo sabía. Lo lamento sinceramente. —Otra pausa—. Eso no cambia nuestra petición. Lo siento. Al contrario.
—¿Al contrario? —dice Juli.
—Señor Ferrer, si el remitente de ese expediente ha fallecido en las instalaciones de la sociedad la misma noche en que lo programó, nosotros no podemos tratar esto como una reclamación de un antiguo empleado. Se lo digo por escrito esta tarde.
Cuelga a las diez y cuarenta y ocho.
Estamos los cuatro alrededor de una mesa de corte con un vestido de novia extendido encima. Marga ha parado. Las chicas han parado. Yo tengo el descosedor en la mano derecha y el encaje levantado con la izquierda.
Y miro a Alba.
Mi hija no ha cambiado de cara. Sigue exactamente igual que hace tres minutos, con la barbilla un poco baja y los ojos en el altavoz.
Lo único que veo, y lo veo de refilón porque estoy pendiente de Juli, es que tiene la mano abierta sobre el papel de patrón y que esa mano no se ha movido en todo el rato, ni siquiera cuando ha sonado el nombre de Mateo.
Está apoyada del todo, con los dedos separados, como cuando se sujeta una tela para que no resbale al cortar.
Después dice:
—¿A las nueve?
—A las nueve —dice Juli.
—Entonces lo tiene también su propio despacho. Y quien más haya en la lista.
Y luego, sin transición:
—Habrá que saber cuánto de los ciento nueve mil está en cuentas y cuánto ya se ha gastado en tejido. Y si la revista puede reclamar el sesenta por ciento o compensarlo con otra cosa.
Juli se queda mirándola.
—Alba.
—¿Qué?
—Nada.
Y en ese momento se cae el alfiler.
Lo oigo yo, que es lo único que se oye: un ruido diminuto de metal contra el suelo que no llega a producirse, porque el alfiler no cae al suelo.
Una de las chicas se ha llevado la mano al pelo y el imperdible que llevaba en la boca ha entrado por el escote del vestido de la Bertrán y se ha ido hacia el forro.
Todo se para de verdad.
—No lo muevas —dice Marga.
—Está aquí.
—No lo muevas, Ivet.
Levantan el vestido entre tres, con las manos abiertas por debajo, y lo tumban del revés sobre la mesa, y Marga pasa la barra imantada por el forro, dos veces, tres, despacio, empezando por la costura del costado.
Yo dejo el descosedor y me pongo del otro lado a abrir la abertura del forro con los dedos.
Juli está de pie con el portátil abierto en las manos y no sabe dónde meterse.
Alba sujeta el bajo para que no arrastre.
Nadie habla de Varenne durante cuatro minutos.
—Puede haberse ido a la pretina —dice Marga.
—En la pretina hay hueso.
—Por eso.
Aparece en el vivo de la cintura, enganchado en la vuelta. Marga lo saca con la pinza y lo levanta para que lo veamos todos, y lo deja en el imán, y entonces dice:
—Si esta señora se pincha mañana en Vic, no se acuerda de la muerte del chico. Se acuerda de que le clavamos un alfiler.
Nadie contesta. Volvemos a poner el vestido del derecho.
La señora Bertrán sale del probador a la una menos veinte con la caja, y en la puerta me coge las dos manos y me dice que su hija está guapísima y que hoy me ve mala cara, que descanse, que se nota que estas semanas son duras.
La hija se ha maquillado para venir. Han llegado a las diez, han esperado tres horas y se van dándome las gracias.
Les llevo yo la caja hasta el coche. Pesa nueve kilos, hay cuarenta metros hasta la cancela y no dejo que la lleve nadie más.