La novia intacta 4. Mateo. Catorce días antes
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4. Mateo. Catorce días antes

—Aquí cabe la mesa —dijo Alba desde el centro del comedor, con los brazos abiertos y el metro colgando de la mano derecha—. Aquí cabe la mesa y cabe el aparador de tu abuela y todavía se puede pasar por detrás.

—Ese aparador no cabe en ningún sitio.

—Mide.

Midió. Cabía.

El piso de la calle Marina olía a lejía y a yeso, tenía el sol de las once dando de lleno en el suelo hidráulico del comedor y una galería estrecha al fondo de la cocina en la que Alba llevaba veinte minutos empeñada en que se podía trabajar.

Se quitó los zapatos para pisar las baldosas y se puso en cuclillas en medio de aquel cuadrado de luz, con las manos en las rodillas, mirándolas como se mira algo que ya es tuyo.

—Dos mil cuatrocientos —dijo Mateo.

—Dos mil trescientos si firmamos tres años.

—Dos mil trescientos.

—Ya sé lo que estás haciendo. —No levantó la vista—. Estás dividiendo.

—Estoy dividiendo.

Ella se levantó y fue a la ventana y abrió y cerró la persiana, que iba dura, dos veces, como si el problema fuera la persiana.

—Yo pongo mil quinientos.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque entonces no es nuestro piso, es tu piso, y yo pago el alquiler de una habitación en tu piso.

—Eso es lo más antiguo que te he oído decir en tu vida.

—Puede ser.

—Es que es verdad, Mateo. —Se volvió—. Tú ganas ochenta y algo y yo el año pasado, entre la nómina y el reparto, gané doscientos diez.

Y el año que viene voy a ganar bastante más.

Eso no es un defecto tuyo ni un mérito mío.

Es que yo tengo un veintiocho por ciento de una empresa que fundó mi madre y tú no.

—Ya lo sé.

—Entonces.

—Entonces yo todavía le estoy devolviendo a mi madre lo que puso cuando entré en la firma, y llevo cuatro años, y me quedan seis. —Lo dijo mirando la galería y no a ella, y le salió más seco de lo que quería—. Y no me apetece nada explicarle en Navidad que vivo en un piso que paga mi mujer.

Alba tardó un momento en contestar.

—Vale.

—Vale, ¿qué?

—Vale que dos mil trescientos entre dos. —Recogió el metro y lo enrolló—. Pero la fianza la adelanto yo y me la devuelves cuando puedas, y eso no lo discutimos aquí de pie.

Bajaron a la calle y se tomaron un café en la esquina y hablaron de la boda durante cuarenta minutos: del orden del día, de que el anuncio de la operación iba después del brindis y no antes porque su madre quería el brindis limpio, de que Voto había pedido treinta minutos con las dos y ella había dado quince.

—Otra cosa —dijo Mateo—. Lo de las imágenes.

—Lo de las imágenes no lo puedo mover.

—Se lo pedí a tu madre hace tres semanas y me dijo que no.

—Y te va a decir que no otra vez. Mateo, esa cláusula está en todos los contratos de la casa desde hace ocho años. La revista tiene derecho sobre las fotografías del evento y punto.

—Sobre las fotografías de mi madre no.

—Sobre las fotografías del evento, y tu madre va a estar en el evento. —Removió el café—. ¿Qué crees que va a pasar? ¿Que van a sacar a Carmen a doble página?

—No.

—Pues entonces.

No era eso lo que le preocupaba y no lo dijo, porque para decirlo había que decir la otra parte, y la otra parte era fea y llevaba siete meses guardándosela.

Por la tarde fue al archivo del despacho.

Dos años y medio antes, cuando medió en la disputa de gobierno de Casa Luján, le habían dado acceso a la documentación societaria completa, y en aquella documentación había un anexo digitalizado con la grabación de dos juntas antiguas, de las que se grababan porque la abuela de Alba no se fiaba de las actas.

En una de ellas, del año dos mil cinco, hablaba Gonzalo Vilanova durante casi ocho minutos, discutiendo por una ampliación.

Todo ese material tendría que estar en el servidor del cliente, no en su carpeta personal. Lo estaba en las dos.

Puso las dos voces una detrás de otra, en dos ventanas, y las fue alternando con la barra espaciadora durante casi una hora, primero enteras y después por trozos de cuatro o cinco segundos, hasta que dejó de oírlas como voces y empezó a oírlas como dos maneras de empezar una frase.

Un hombre pidiendo una ampliación de capital en el dos mil cinco y un hombre pidiendo una ambulancia.

La misma manera de aspirar antes de la primera sílaba. La misma erre.

A las seis y media apagó la pantalla y se quedó sentado en el archivo, que estaba en la planta menos uno y no tenía ventanas, y pensó en lo que acababa de hacer, que era comparar la voz del padre muerto de su prometida con la de un hombre agonizando, en horario de oficina, con la puerta abierta.

Después llamó a Ferran, que peritaba audio para media Barcelona y le debía dos favores, y le dio los dieciocho segundos sin decirle de dónde salían.

—¿Qué quieres saber?

—Si está manipulado.

—Puedo decirte que dentro de estos dieciocho segundos no hay corte interno. La cola de reverberación es continua, la sala es grande, hay tela cerca del micro. No hay pegado.

—¿Y si te digo que esto es un fragmento de un archivo de cincuenta minutos?

—Entonces no te sirve de nada lo que te acabo de decir.

—Ferran se rio—. Mateo, esto solo dice que estos dieciocho segundos no están tocados por dentro.

Puede ser el minuto tres de una grabación real o el único trozo verdadero de una cosa que alguien montó en su casa.

Tráeme el archivo y el aparato y te digo algo. Sin el aparato, no.

—¿Y con el aparato qué me dirías?

—Con el aparato te diría si esa grabación se hizo con esa máquina, que es lo único que de verdad importa. Todo lo demás es literatura.

Colgó a las siete y a las siete y veinte le escribió Roser Amat, la responsable deontológica, pidiéndole diez minutos el lunes a primera hora.

Nuria le había llamado a él. Nuria, que quería presión privada y ninguna otra cosa, se había puesto nerviosa el jueves al ver que no pasaba nada, había telefoneado al despacho para preguntar cómo iba el asunto y había dicho la palabra asunto a la persona equivocada.

Roser no levantó la voz en ningún momento. Tenía sesenta años, una taza con el escudo del colegio de abogados y una manera de dejar los silencios abiertos que Mateo llevaba una década admirando desde el otro lado.

—Dime que no tienes material de Casa Luján en tu poder.

—Tengo un soporte que me entregó una socia minoritaria.

—Dios santo.

—Vino ella. No fui yo.

—Mateo, tú te apartaste del cliente por una relación personal con la directora creativa y seguiste yendo a comer a esa casa. —Dio la vuelta a la taza—. ¿Sabes qué me van a preguntar el día que esto salga? No me van a preguntar si fuiste tú. Me van a preguntar quién le abrió la puerta.

—¿Y qué quiere que haga? ¿Que se lo devuelva y me olvide?

—Quiero que me lo entregues y que te apartes, que no es lo mismo.

—Si me aparto, esto no lo mira nadie.

—Eso no es asunto tuyo. —Y ahí sí, por una vez, se le endureció la voz—. Eso es exactamente lo que no es asunto tuyo, y llevas dos semanas diciéndote lo contrario.

Le pidió tres cosas. Que entregara el soporte. Que no volviera a hablar con Nuria Luján. Y que no pisara Can Mirall en calidad de nada que no fuera novio.

Mateo entregó el pendrive esa misma tarde, en un sobre, con recibo.

Se quedó la transcripción y se quedó sus notas.

Se lo dijo a sí mismo así: el pendrive era de Nuria y las notas eran suyas, y una transcripción no es una prueba, es un papel.

Estuvo un cuarto de hora largo construyendo esa frase, en el coche, en el aparcamiento, con las llaves en la mano y sin arrancar, y le pareció sólida.

El martes por la mañana descubrió lo otro.

No se lo dijo nadie. Se dio cuenta al abrir el correo y no encontrar la convocatoria semanal del equipo de Varenne, que llevaba recibiendo desde marzo.

Lo comprobó en el calendario compartido: la reunión seguía existiendo, con nueve personas, y él ya no era una de las nueve.

A las once y cuarto pasó Toni por su mesa, se apoyó en el tabique y le dijo que el mandato lo llevaba ahora Puig, que era temporal, que ya hablarían, y que lo de la candidatura mejor lo dejaban para la promoción del año que viene, así, con las manos en los bolsillos, mirando un punto por encima de su hombro.

—Toni.

—Ya lo sé. Lo sé, Mateo. —Y se fue.

A las doce y media entró Sílvia con dos carpetas y le preguntó si podía repasar con él las manifestaciones del asunto de las panaderías, porque era lo que estaban haciendo el viernes anterior cuando los interrumpieron.

—Ahora no puedo.

—Es media hora.

—Sílvia, ahora no puedo.

Ella se quedó de pie con las dos carpetas y dijo que vale, que se lo preguntaba a Puig, y se fue, y él estuvo el resto de la mañana pensando que tendría que haberle dicho algo y que no sabía qué.

A las siete de la tarde salió del despacho y se sentó en un banco de la plaza de abajo, donde no había nadie, con el móvil en la mano.

Alba le había mandado a mediodía la ficha del piso otra vez, con la fecha de la firma y un emoticono, y le había preguntado dos veces si estaba bien.

Podía llamarla y contárselo todo. Podía contarle lo de Varenne, que era suyo, y lo de la transcripción, que no lo era.

Podía decirle que había una grabación en la que su padre pedía una ambulancia y una mujer decía que esperase, y que él no sabía todavía qué había en los treinta y siete minutos siguientes.

Escribió: «Vale. El jueves firmamos.»

Lo mandó. Se quedó un rato en el banco calculando, otra vez, dos mil trescientos entre dos, con un sueldo que a partir de ese mes iba a ser el mismo pero sin bonus y con seis años de deuda con su madre por delante, y le pareció que era una cosa que se podía arreglar más adelante.