La novia intacta 3. Teresa. Sábado, 0708
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3. Teresa. Sábado, 0708

A las cinco y veinte bajo con una linterna en el bolsillo y una excusa preparada, y el patio está lleno de gente.

Hay un camión con la caja abierta contra el muelle, dos focos de obra montados sobre trípodes, y ocho o nueve personas de la empresa de la carpa moviendo perfiles de aluminio.

El chico que dirige lleva un forro polar naranja y un portapapeles y me ve salir de la casa a esa hora, en zapatillas, y me da los buenos días con toda la naturalidad del mundo.

—Buenos días. ¿Hay más enchufes por aquí? Los del patio se nos quedan cortos.

—En la pared del muelle, detrás de la persiana. La llave está colgada.

—Perfecto. Gracias.

Le doy las gracias yo también. Vuelvo dentro.

Me quedo diez minutos de pie en la cocina de las oficinas, con la mano en el mármol, esperando a que se me pase una cosa que no es miedo exactamente, y decido que a las siete pararán a desayunar, porque estos equipos siempre paran a desayunar, y que a las siete tendré veinte minutos.

Y entonces hago lo que hago siempre que no puedo hacer otra cosa, que es trabajar.

Bajo al atelier a las seis menos cuarto, enciendo la fila del norte y saco la hoja de tiempos del día, que está impresa desde el miércoles y clavada con una chincheta en el corcho, y la repaso línea por línea con un lápiz.

Peluquera a las siete y media. Maquillaje a las ocho y cuarto.

Vestido a las nueve y media. Fotografía de familia en el patio a las once menos cuarto, si no llueve.

Coches a las once y diez. Ceremonia a las doce.

Repaso las once líneas dos veces y hago una marca al lado de cada una.

Después voy al vestidor nupcial y compruebo el vestido de mi hija, que lleva desde el jueves en su funda, colgado en la barra alta, con el velo doblado en la balda de abajo entre dos papeles de seda.

Le paso la mano por el bajo para levantar el pelo del raso.

Hay una arruga de percha en el hombro derecho que se irá sola en veinte minutos con el vapor.

Miro la hora. Son las seis y diez.

Voy a la sala de plancha y pongo en marcha las dos calderas, que tardan cuarenta minutos en subir y que si no se encienden a esta hora no están listas para las nueve.

A las seis y media llega Rosa, que entra por el muelle y que en veintiséis años no ha llegado tarde ni un día, y se sorprende de verme allí.

—Buenos días. ¿Ya?

—Ya.

—Está usted en pie desde ayer.

—Es la boda de mi hija, Rosa.

—Ya, ya. —Cuelga el abrigo—. ¿Las calderas?

—Puestas.

A las seis y cuarenta entra el primer camión de flores.

La florista viene con dos chicos y trescientos tallos de eucalipto y ranúnculos blancos, y discutimos cuatro minutos sobre si los centros del patio aguantan al sol de mediodía, y le digo que sí porque el patio a mediodía está en sombra desde la pared del norte, y ella dice que vale, que yo mando.

A las seis y cincuenta baja Alba, vestida y peinada, con la cara lavada.

Se pone a discutir con la florista sobre la altura de los centros, y lo hace bien, y yo pienso: está en shock y funciona igual.

Se me ocurre que a lo mejor mi hija es más fuerte de lo que yo he creído siempre, y me dura la idea unos cuarenta minutos, y después no me vuelve a durar nunca.

A las seis y cincuenta y ocho aparece Pau.

Viene desde el hotel, andando, sin afeitar, con una sudadera y el móvil en la mano, y entra en el atelier sin llamar y sin saludar a nadie.

—Teresa.

—Pau, ¿qué haces aquí?

—Mateo me ha escrito esta noche. —Me pone el teléfono delante. Cinco palabras y una hora—. A las cero y doce. Le he llamado catorce veces. Tiene el teléfono apagado.

Rosa ha parado la plancha. La florista y sus dos chicos están a cuatro metros con los brazos llenos de eucalipto.

—Ven —le digo, y lo saco al pasillo—. Escúchame. Esto no se dice aquí delante.

—¿Tú lo sabías?

—No.

—¿Y ella?

—Pau, baja la voz.

—Es que se casan dentro de cinco horas. —Se pasa las dos manos por el pelo—. ¿Qué hago yo con los anillos?

Y esa es la primera cosa que alguien me pregunta esa mañana para la que no tengo una respuesta preparada.

A las siete y dos, Juli aparece con el ordenador debajo del brazo y me dice que el novio no le ha contestado a un mensaje sobre el orden del anuncio y que si está despierto. Le digo que Mateo se ha ido.

—¿Que se ha ido?

—Le escribió a Pau esta noche. No puede seguir adelante. Está pidiendo estar solo.

Juli se queda con la boca abierta un segundo entero. Después dice, y esto lo dice de verdad, sin cálculo, porque Juli es muchas cosas pero eso lo dice de verdad:

—Dios mío. La niña.

Y luego dice:

—El lunes tenemos consejo.

A las siete y ocho oigo a Marga decir mi nombre.

Lo oigo desde la cocina, con dos puertas de por medio.

Lo dice una sola vez, ni alto ni bajo, con una voz que no le he oído en treinta años, una voz sin aire, y salgo al pasillo de servicio y ella está en la puerta del archivo con la mano todavía en la manilla y una pieza de tul azul colgando del otro brazo.

—Teresa, la puerta no estaba echada.

Eso es lo primero que dice. La puerta no estaba echada.

Marga entra en ese archivo todos los días de evento desde hace veintidós años a comprobar la humedad y a aclimatar el material de reserva, y lo primero que ve, antes que nada, es que el resbalón estaba recogido y que alguien dejó la puerta sin bloquear en una casa donde hay ciento cuarenta mil euros en tejido.

Después me mira a la cara y se le cae el tul al suelo.

Entro. El archivo está a dieciocho grados.

El carro está donde lo dejamos, entre los tules y los forros, y la pieza de duchesse marfil está movida.

Está movida como cuarenta centímetros hacia la puerta, arrastrada, con un pliegue largo que no le hicimos nosotras, y hay una mancha oscura en el suelo de linóleo a un metro del carro, y otra más pequeña más allá, y en la parte de dentro de la puerta, a la altura de una rodilla, hay cuatro rayas.

Marga dice algo. No sé qué dice.

Yo hago lo que hago siempre, que es hablar.

—No toques nada. Sal, cierra y no dejes entrar a nadie. Ni a Rosa. Llama tú al ciento doce desde el fijo de administración, no desde el móvil, que ahí no hay cobertura. Y dile a Quim que pare el montaje.

Marga no se mueve.

—Marga.

—Es el novio —dice—. Es el chico.

—Sí.

Salgo con ella. Cierro. Me quedo con la espalda contra la puerta, y por dentro estoy ordenando pasos otra vez, uno detrás de otro, y el paso que ordeno no es llamar a nadie. El paso que ordeno es separar a mi hija de esto durante los minutos que hagan falta.

No hago ni uno solo de esos pasos, porque el pasillo se llena.

Rosa aparece con la plancha todavía en la mano.

Ivet, que tiene veintitrés años y lleva aquí catorce meses, entra detrás de Marga sin que nadie se lo pida, ve lo que hay a través de la puerta entreabierta y se va contra la pared de enfrente y se queda ahí, muy quieta, mirándose las manos.

Juli llega corriendo y frena en seco a cinco metros.

Y entra Quim, el del forro polar naranja, porque Marga le ha dicho que pare el montaje y él ha venido a preguntar por qué.

Es Quim el que lo dice, sin ninguna intención, en el silencio.

—Oye, ¿el coche gris de ahí fuera es del chico? Porque llevamos desde las cinco y de aquí no ha salido nadie.

Juli levanta la cabeza.

—¿Cómo que no ha salido nadie?

—Que no. Está la cancela abierta desde las cinco menos cuarto y hemos estado descargando ahí mismo toda la noche. No ha salido ni un coche.

Y Juli, que es director financiero y lleva cuatro meses peleándose conmigo por cada gasto, dice lo que tenía que decir:

—Hay cámara. En la cancela hay cámara.

Miro el reloj de la pared del pasillo, que adelanta dos minutos y lleva adelantando dos minutos desde que lo colgamos. Son las siete y diecinueve.

Ha durado siete minutos.

Los Mossos llegan a las siete y cuarenta y uno.

Van dos de uniforme primero y después vienen más, y a las ocho y media el pasillo de servicio ya no es mío, y a las nueve menos cuarto hay una cinta atravesando la entrada del atelier y una chica joven con guantes preguntándome si el edificio tiene planos.

En el patio, las dos calderas de la sala de plancha siguen encendidas. Se lo digo a un agente y le explico que si no se apagan se estropean, y él me dice que espere, y a las nueve y veinte viene alguien conmigo y me deja apagarlas.

A Alba se la llevan a la sala de las clientas con una agente. Antes de irse me busca con la mirada por encima del hombro de la agente, y yo asiento, y no sé qué le estoy diciendo que sí.

Un subinspector con una tableta me pide los datos.

—Nombre completo.

—Teresa Luján Ferrán.

—¿Y su relación con el edificio?

—Soy la fundadora de Casa Luján. Esto lo abrí yo en el noventa y cinco.

Lo digo así. Nadie me ha preguntado en qué año, ni quién lo abrió, ni cuántas éramos.

El hombre lo anota, o hace como que lo anota, y pasa a la siguiente pregunta. Son las nueve menos cinco de la mañana.