2. Mateo. Diecisiete días antes
El viernes por la tarde cerró la venta de una cadena de tres panaderías de Sabadell que dos hermanos llevaban catorce meses sin poder vender porque ninguno de los dos se fiaba del otro lo suficiente como para firmar primero, y lo cerró de la única manera en que aquello podía cerrarse, que era conseguir que los dos firmaran a la vez en habitaciones distintas mientras él iba y venía por el pasillo con la carpeta.
Cuando salió el mayor de los dos, que se llamaba Ramiro y que tenía sesenta y ocho años y las manos de haber amasado, le puso la mano en el hombro y le dijo que tenía usted razón en lo del inventario.
—Ya lo sé —dijo Mateo.
Y esa fue, sin ninguna duda, la mejor hora de su semana.
Volvió a su mesa a las seis y cuarto y estuvo veinte minutos escribiendo un correo de cierre que nadie iba a leer entero, porque los correos de cierre se escriben para que dentro de tres años alguien pueda reconstruir por qué se hizo lo que se hizo, y se los escribe siempre el que ha estado en el pasillo.
A las siete menos veinte le llamó Alba.
—¿Has mirado lo del hotel?
—He mirado lo del hotel.
—¿Y?
—Y mi madre no se va a quedar en el Cala, Alba. Son doscientos ochenta euros la noche.
—Los paga la casa.
—Ya sé que los paga la casa.
Hubo una pausa al otro lado en la que él oyó ruido de perchas, porque Alba a esa hora estaba siempre en un probador.
—Mateo, tu madre viene de Madrid a la boda de su hijo y va a dormir dos noches. No la vamos a meter en un hostal de la Rambla para que tú te quedes tranquilo.
—No he dicho un hostal.
—Has dicho el Peninsular.
—El Peninsular está bien.
—El Peninsular está bien —repitió ella, con el tono que ponía cuando estaba de acuerdo en las palabras y en nada más—. Vale. Se lo digo a Gemma y que lo cambien.
Y entonces, porque llevaba nueve días con una cosa en la cabeza y porque acababa de tener una buena hora, estuvo a punto de contárselo. Lo tuvo entero en la boca, ordenado incluso, con la frase de entrada y todo: hay algo que me han enseñado y no sé qué hacer con ello.
—¿Estás ahí?
—Estoy aquí. Nos vemos mañana.
Colgó y se quedó mirando el teléfono encima de la mesa, y después lo apartó y llamó a Sílvia, que era la única que quedaba en la planta, para acabar de una vez el borrador que llevaban toda la semana arrastrando.
Sílvia tenía veintiséis años, llevaba cuatro meses en la firma y todavía leía los contratos por orden, de la primera página a la última, como se lee una novela.
—Aquí —dijo Mateo, y golpeó con el nudillo la hoja impresa, encima de la mesa de la sala pequeña—.
Todo lo demás son mecánicas. Precio, calendario, ajustes.
Esto de aquí son las manifestaciones y garantías, y este párrafo dice que el vendedor declara que no existen litigios, delitos ni contingencias no reveladas.
Tres líneas. Si una de las tres líneas es falsa, el comprador puede irse, o quedarse y cobrárselo. Se lo puede cobrar durante años.
—¿Y por qué las firman?
—Porque nadie cree que le vayan a preguntar.
Sílvia tomó nota. Mateo se dio cuenta de que había dicho «este párrafo» como quien enseña una radiografía y sintió, muy brevemente, el gusto de ser el que sabe dónde está la fractura.
Después recepción llamó para decir que había una señora esperando desde hacía diez minutos, sin cita, que decía ser socia de Casa Luján.
Nuria Luján se sentó sin quitarse el abrigo. Tenía un abrigo caro y viejo, de los que se compran una vez, y llevaba una carpeta de gomas del tamaño de un folio.
—Sé que ya no llevas el asunto —dijo—. Sé que te apartaste. Me lo explicó tu socio con mucha educación.
—Entonces sabe que no puedo hablar con usted de Casa Luján.
—No vengo a hablar de Casa Luján. Vengo a hablar de mi cuñado.
Puso el móvil en la mesa, boca arriba, y encima la carpeta.
—Antes de nada. Esto no sale de aquí, no va a la policía, no va a un periódico y no va a tu comprador francés. Va a mi hermana. Quiero que Teresa se siente delante de esos abogados suyos y diga en voz alta lo que hay, y que después firme. Eso es todo lo que quiero.
—Nuria, no soy su abogado.
—Ya. Eres el novio de Alba. —Lo dijo sin ninguna crueldad, que fue peor—. Y eres el único que sabe leer ese contrato y el único que puede entrar en esa casa sin llamar.
Le dio al play.
Fueron dieciocho segundos. Un hombre pedía una ambulancia. No gritaba; hablaba como quien lleva un rato hablando y ya está cansado, y decía por favor dos veces, y en medio una voz de mujer, más lejos del micrófono, decía que esperara. Después el archivo se cortaba.
Mateo no dijo nada durante un momento. Notó que Sílvia había dejado de escribir en la sala de al lado, aunque la puerta estaba cerrada y Sílvia no podía haber oído nada.
—¿Quién es?
—Gonzalo Vilanova. El marido de mi hermana.
Se cayó en la casa hace dieciocho años, borracho, y se abrió la cabeza, y Teresa llamó al ciento doce.
Eso es lo que dice el atestado. —Abrió la carpeta y sacó tres folios grapados—.
Esto es la transcripción de lo que hay entre las once menos un minuto y las once y cuarto de aquella noche.
Quince minutos. La llamada al ciento doce entró a las once y veintisiete.
—¿De dónde ha salido el audio?
—De donde estaba.
—Nuria.
—Existe, es entero, dura casi una hora y yo sé lo que hay en él.
—Se ajustó el abrigo—. No te voy a decir dónde está y no te voy a dar más.
Si te doy la grabación completa, mañana la tiene un juez y pasado mañana no hay empresa, ni venta, ni indemnizaciones, ni nada.
Y hay ochenta y seis personas ahí dentro.
—Y usted tiene un dieciséis por ciento que no vale nada si la venta no se cierra.
—Sí. —Ni parpadeó—. Tengo un dieciséis por ciento. También tengo sesenta y tres años y un piso que hipotequé en el noventa y cuatro para que existiera esa casa. Cuando escribieron el libro del vigésimo aniversario, salgo dos veces. En dos pies de foto. Con el nombre mal.
Mateo no entendió qué pintaba eso ahí y lo apuntó mentalmente en la carpeta equivocada, la de los rencores familiares que hay que escuchar y no usar.
—Si esto es lo que parece —dijo—, no es una contingencia. Es un delito.
—Es una contingencia hasta que alguien la denuncia. Tú de eso sabes más que yo.
Ahí estuvo. Ese fue el momento, y él lo supo mientras ocurría, que es lo que después le costaría explicarle a Roser Amat sin sonar ridículo.
Tenía tres salidas limpias. Podía decirle que se fuera.
Podía llamar a Roser y contarle que una socia de un antiguo cliente había aparecido en el despacho con material sobre una muerte.
Podía darle el teléfono de un penalista y acompañarla al ascensor.
Lo que hizo fue mirar la transcripción del revés, girarla hacia él con un dedo y leerla entera delante de ella. Tardó cuatro minutos. Nuria esperó sin moverse.
Cuando terminó, dijo:
—Déjeme el fragmento. Y la transcripción.
—¿Para qué?
—Para saber si es verdad. Con dieciocho segundos y un papel no se puede presionar a nadie. Se puede quedar en ridículo.
Nuria sacó del bolsillo un pendrive negro sin etiqueta y lo dejó sobre la mesa, y se quedó un segundo de más con la mano encima.
—Yo estoy dentro de esa grabación —dijo—. Que lo sepas antes de escucharla treinta veces. Yo estoy dentro y no salgo bien.
Se fue a las ocho menos veinte. Mateo la acompañó al ascensor porque era lo que se hacía, y mientras bajaban los doce pisos, ninguno de los dos dijo nada, y en el vestíbulo el chico de seguridad levantó la vista del mostrador y le dio las buenas noches y le preguntó por el Girona, y Mateo contestó algo sobre el partido del domingo sin saber lo que estaba diciendo.
Bajó al aparcamiento, se sentó en el coche y volvió a poner los dieciocho segundos con el teléfono pegado al oído, tres veces, hasta que dejó de oír a un hombre y empezó a oír una habitación: un espacio grande, con eco alto, algo de tela cerca del micrófono.
No abrió expediente. No dio de alta el asunto.
No anotó la reunión en el registro de tiempos, que era la primera cosa que hacía siempre, incluso con las visitas que no llevaban a nada, porque llevaba once años en la firma y en once años nunca había tenido una hora del día que no estuviera en algún sitio.
En casa se hizo la cena, que consistía, como todos los viernes que Alba se quedaba en Girona, en poner una sartén al fuego y tardar cuarenta minutos en algo que se resolvía en doce.
Cocinaba mal y con método. Pesaba el arroz.
Leía la receta entera antes de empezar y luego la volvía a leer a la mitad, y el resultado sabía siempre a lo mismo, y su madre se lo había dicho una vez y él se había ofendido durante dos días.
A las nueve y diez le escribió Alba. Un pantallazo de un piso en la calle Marina, tercero sin ascensor, mucha luz, y debajo: «Este. Este sí.»
Mateo miró la foto un buen rato. Contó las ventanas. Amplió la cocina, que era estrecha y tenía una galería al fondo.
—Mañana lo vemos —dijo en voz alta, en la cocina, y después lo escribió, y añadió que había salido tarde, que era verdad, y que había sido un día tonto, que no.