La novia intacta
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1. Teresa. Viernes, 2343
La puerta del antiguo salón de pruebas pesa más de lo que debería.
La cambiamos hace nueve años y el carpintero nos coló un roble macizo que nadie pidió, y desde entonces hay que empujarla con el hombro.
La empujo con el hombro. Dentro huele a producto de limpieza y a algo más, un olor metálico y tibio que reconozco antes de saber de dónde viene.
Mateo está en el suelo, entre la tarima de pruebas y el espejo grande.
Tiene una pierna doblada debajo de la otra de una manera que no elegiría nadie despierto.
La sangre le sale de detrás de la oreja y ha llegado hasta la junta de la tarima, que es de latón y está sin sellar desde hace veinte años, y he pensado mil veces en sellarla.
Alba está de pie a dos metros. Lleva todavía el vestido verde de la cena de ensayo y va descalza, con los zapatos en la mano, uno en cada mano, como si los hubiera cogido para correr.
—No respira —dice.
Hace tres minutos me ha llamado. Estaba en la casa del director, en la habitación de arriba, con la hoja de tiempos de mañana encima de la cama y una taza de manzanilla que ya estaba fría, tachando las cosas que ya estaban resueltas.
Peluquera a las siete y media. Coches a las once y diez.
Llevaba desde las diez y media dándole vueltas a si la carpa aguantaría si llovía, que era lo único que me preocupaba en el mundo a las once y treinta y nueve de la noche del viernes.
He visto su nombre en la pantalla y he pensado, con la parte de mí que no sirve para nada, que llamaba porque no podía dormir.
He bajado por el patio con las zapatillas de ir por casa y se me han mojado los pies.
Me arrodillo. Le busco el pulso en la muñeca izquierda, con dos dedos, apretando en el sitio donde una siempre lo encuentra. No lo encuentro. Tengo las manos frías del patio, de la humedad de octubre, y el pulgar me tiembla un poco.
Podría probar en el cuello. Podría acercarle el dorso de la mano a la boca. Sé hacer las dos cosas.
Miro a mi hija.
—¿Qué ha pasado?
—Me ha agarrado. —Se le mueve la mandíbula—. Le he apartado y se ha caído.
—¿Le has apartado o le has empujado?
—Le he apartado.
Espero. Alba no añade nada, y en veinte años he aprendido que cuando no añade nada es porque ya ha dicho lo que había decidido decir. Hay una tercera pregunta y la tengo entera en la boca. La tercera pregunta es a qué hora.
No la hago.
Me levanto. Me quedo un momento con la mano en el respaldo de la silla dorada que usamos para las madres, mirando el suelo, calculando.
La sangre no ha llegado a la moqueta del pasillo.
Eso es lo primero. La tarima está barnizada y el barniz es viejo pero no está roto.
La junta de latón sí, la junta se ha bebido lo suyo. Va a haber que levantarla.
—Ve al probador tres y tráeme las toallas de la balda de abajo. Las blancas no, las de trabajo.
Alba no se mueve.
—Mamá.
—Las de trabajo, Alba. Y el cubo azul. Y llena el cubo en el grifo del tres, que el del uno gotea y se oye en el pasillo.
Se mueve.
Mientras no está, me quito la sudadera y me subo las mangas del pijama, y hago lo que llevo treinta años haciendo, que es mirar un desastre y ordenarlo en pasos.
Primero lo que se seca. Después lo que se recoge.
Después lo que se lleva. Es un método que sirve para el vino tinto sobre un encaje de Calais y sirve para esto, y esa frase no me la digo entera, pero está.
Volvemos a las once y cincuenta. Empezamos.
La sangre en madera vieja no se limpia, se retira y luego se discute con ella.
Hago la primera pasada con las toallas secas, la segunda con agua tibia y la tercera otra vez seca, y la junta de latón la abro con la punta de unas tijeras de bordar y la limpio por dentro con un algodón.
Alba trabaja detrás de mí con el cubo, de rodillas, empezando por el zócalo y viniendo hacia el centro, que es como se friega y que nadie le ha enseñado esta noche.
Tardamos más de lo que yo pensaba. En la primera pasada las toallas se empapan enseguida y hay que ir a por más, y a la mitad me doy cuenta de que estamos usando agua caliente y hay que cambiarla, porque el agua caliente fija.
—Fría —digo.
—Está fría.
—Está tibia. Vacíalo y ponla del todo fría.
Se levanta y va. Vuelve. Seguimos.
En un momento se le cae el cepillo y el ruido nos deja a las dos quietas durante tres o cuatro segundos, mirándonos.
—Es un edificio de piedra —digo—. Aquí no se oye nada de una sala a otra.
No sé por qué lo digo. Es verdad, además.
—¿Y el espejo? —dice Alba a los diez minutos.
—¿Qué le pasa al espejo?
—Hay algo abajo.
Lo miro. Hay dos salpicaduras en el marco, a treinta centímetros del suelo, del tamaño de una lenteja. Las quito yo con el pico de una toalla mojada y le paso el paño seco dos veces, y después le paso el dedo para comprobar que no queda cerco, porque en el barniz del marco el agua deja cerco.
A las doce y cuarto voy al archivo de tejidos a por la tela.
No enciendo la luz grande. Con la linterna del móvil busco en la estantería de la derecha, donde está el material de la boda de mañana, y saco la pieza de duchesse marfil que sobró del mantelaje, cuatro metros veinte, lote 4471.
Es tela buena. Cuesta ciento diez euros el metro.
Pienso eso, cuánto cuesta el metro, mientras bajo la pieza y la llevo bajo el brazo por el pasillo de servicio.
Lo envolvemos en el suelo. Le pongo la tela doblada en cuatro debajo de la cabeza primero, para que no siga goteando, y después le pasamos el resto por encima y por debajo, rodándolo hacia mí y hacia ella, como se rueda un cuerpo en un colchón para cambiar una sábana.
Pesa. Pesa de un modo que no se parece a nada.
Un maniquí de setenta kilos se levanta entre dos. Esto no se levanta: se traslada.
En la segunda vuelta se le queda la mano fuera y Alba se la mete dentro y le coloca los dedos, uno por uno, con cuidado, y yo la miro hacerlo y no digo nada.
El carro es el bajo, el de la colección, cuatro ruedas de goma y una que va a su aire desde el invierno pasado. Lo acercamos todo lo que podemos. Yo me pongo en la cabeza y Alba en los pies, y a la de tres subimos.
Se nos va. La rueda mala gira, el carro se desplaza un palmo y a Mateo se le cae la cabeza hacia atrás, fuera de la tela, y yo se la sujeto con la mano abierta, la palma en la nuca, los dedos en el nacimiento del pelo.
Está caliente.
Claro que está caliente, pienso. Hace veinte minutos estaba de pie.
Cruzamos el umbral del pasillo de servicio, que tiene un desnivel de dos centímetros que también llevo veinte años queriendo arreglar, y al pasarlo el peso se me mueve en la mano.
Un tirón corto, hacia arriba, como cuando un vestido colgado se engancha y se suelta.
Miro la rueda. La rueda ha saltado el desnivel. Es eso.
El pasillo de servicio tiene ciento diez metros y hacemos treinta y cuatro pasos hasta la esquina y otros cuarenta hasta la puerta del archivo. Los cuento. No sé por qué los cuento.
En la esquina la rueda mala se cruza y hay que tirar de la barra hacia mí en lugar de empujar, y el carro pasa raspando la pared, y de la pared cae un poco de yeso que ya estaba suelto.
A las cero horas y tres minutos abro con la maestra. El lector hace su ruido de siempre, dos tonos, y la luz pasa a verde.
Dentro, el archivo está a dieciocho grados y al sesenta por ciento de humedad, porque así se conservan las sedas y porque esa cifra la puse yo.
Dejamos el carro entre la estantería de tules y la de forros, que es donde no llega nadie hasta el lunes.
Lo tapo bien. Le recojo un pie que se ha quedado fuera.
Antes de salir, saco el pasador de la cerradura.
Es una pieza de latón del tamaño de un dedo meñique que mantiene el resbalón recogido, y sirve para cuando entramos y salimos veinte veces con colecciones.
La puerta queda cerrada a la vista y no se bloquea.
Lo hago porque a las cinco y media voy a volver, y a las cinco y media no quiero que quede otra apertura en el registro.
Lo pienso con esas palabras: otra apertura en el registro.
Después me sorprenderá haber sido capaz de pensar con esas palabras a esa hora.
Salimos a las cero y once.
En el pasillo, Alba saca el teléfono de Mateo del bolsillo de su vestido.
—Hay que escribir a Pau.
—¿A Pau?
—Al padrino. Duerme en el hotel. Si mañana Mateo no aparece y nadie ha dicho nada, el primero que va a llamar a la policía es él.
Tiene razón. Es lo primero que dice esta noche que es completamente cierto.
Marca el código de Mateo sin pensarlo, con el pulgar, como quien abre su propia puerta, y eso no lo registro. Empieza a escribir en voz alta.
—No puedo hacerlo. Lo siento mucho. Necesito estar solo.
—No.
—¿No qué?
—Un hombre que se va no pide perdón tres veces. Un hombre que se va escribe cuatro palabras y apaga el teléfono. —Le quito el aparato de la mano y borro la mitad—. «No puedo. Necesito estar solo.» Ya está. Y no pongas puntos al final. Él no ponía puntos.
—¿Y si Pau contesta?
—Pau va a contestar. Por eso lo apagas después de mandarlo.
Alba me mira un segundo largo. Después coge el teléfono, lo manda, lo apaga y se lo guarda en el bolsillo del vestido, y yo no le digo que me lo dé.
Salimos al patio a las cero y catorce. Está el coche.
El Golf gris de Mateo, en la segunda plaza, debajo del plátano, con el parabrisas ya empañado.
Me quedo mirándolo. Para sacarlo de aquí hay que cruzar la cancela, y en la cancela hay una cámara desde hace once años, y esa cámara la miré yo el martes con el técnico de la revista porque queríamos poner un arco de flores.
La cámara ve todo lo que entra y todo lo que sale. Ve las matrículas. Ve quién conduce.
—Mañana lo resolvemos —digo.
—¿Cómo?
—Mañana.
No tengo la más mínima idea de cómo, y no lo digo, y ese es el primer momento de la noche en que me siento vieja.
Alba se va hacia la escalera de fuera. Yo vuelvo al salón de pruebas a por el cubo azul, meto dentro las toallas y la bayeta, cruzo el patio hasta el muelle y levanto la tapa del contenedor grande, el de la pared. Lo echo todo. Tardo tres minutos.
Subo. En el rellano de la casa del director hay una corriente que viene del pasillo de servicio, siempre, porque el edificio respira mal desde la rehabilitación. Son las cero y diecinueve. Y entonces se oye un golpe.
Es un golpe apagado, sordo, con la pared de por medio. No es un golpe seco de algo que cae. Es más blando. Podría ser el aire en la tubería del ala vieja, que hace ese ruido cuando el termo arranca de madrugada. Podría ser el camión del montaje maniobrando en la calle.
Me quedo con la mano en la barandilla.
Cuento hasta seis.
Sigo subiendo.
En la habitación me siento en el borde de la cama y me quito las zapatillas mojadas y las pongo juntas, alineadas con el rodapié, como las pongo siempre. Tengo las uñas de la mano derecha con una línea marrón debajo. Me las limpio con el pico de un pañuelo, una por una, sin prisa.
Pongo el despertador a las cinco y diez. Me tumbo vestida, encima de la colcha, con la luz encendida, y hago la lista de mañana: el coche, la tela que falta del mantelaje, qué se le dice a Carmen, y a qué hora exactamente empieza el montaje de la carpa.