La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 30 #3
98%

Capítulo 30 #3

Cuando estuve desnuda, me tendió en la cama y dio un paso atrás para admirarme.

Sus profundos ojos ámbar me recorrieron con deseo y con admiración a la vez.

Todavía me estaba acostumbrando a sentir lo que yo despertaba dentro de él, esa mezcla embriagadora de amor, deseo, aprecio y veneración.

Ahuyentaba cualquier duda o demonio y solo dejaba espacio para lo bueno.

Alaric retrocedió y se quitó la ropa; cada prenda que se quitaba me ofrecía una vista nueva.

Siempre había sido fuerte y de un atractivo salvaje, pero sin el azote de sombra robándole las fuerzas y serpenteando oscuro bajo su piel, estaba magnífico.

Me encantaba ver su pecho sin el recordatorio de su enfermedad, y cuando se quitó los pantalones y su grueso miembro quedó libre, la excitación me recorrió como una riada.

Gruñó desde el fondo de la garganta al sentir mi deseo a través del vínculo.

Se movió rápido, se unió a mí en la cama y me alzó entre sus brazos.

Me fue besando el cuello y hundió la nariz en él, para asegurarse de que yo seguía oliendo a él, aunque ahora me marcaba con su aroma cada mañana y cada noche.

Sus manos recorrieron mi cuerpo, me acariciaron los costados, me apretaron los muslos, jugaron con mis pechos hasta que se me escapó un gemido y el ansia dolorosa entre mis piernas se volvió imposible de ignorar.

No tuve que decirle a Alaric lo que quería ni confesarle mi deseo desesperado de sentirme llena. Me separó las piernas sin que se lo pidiera y acarició mi humedad con esos dedos fuertes, y se bebió cada estremecimiento y cada jadeo que me arrancaba.

Justo cuando aquel tormento estaba a punto de volverse insoportable, ocupó el lugar que le correspondía entre mis muslos, movió las caderas para cubrirse con mi excitación y luego se deslizó dentro de mí.

Gemimos al unísono, sintiendo cada uno el placer del otro.

Envuelto y llena, rodeada y penetrada. Yo conocía su honda satisfacción al cubrir mi cuerpo menudo con el suyo, y él sentía la inmensa seguridad que eso me provocaba.

Sin movernos siquiera, éramos uno. Mente, cuerpo y alma.

Y cuando por fin movió las caderas, salimos disparados hacia las estrellas y nos unimos a los cielos en una vasta infinidad.

No había principio ni fin en nosotros, solo la fusión de nuestro placer.

Yo fluía dentro de él y él fluía dentro de mí.

A cada embate de sus caderas yo respondía alzándome a su encuentro, con un ritmo más natural que el cambio de las estaciones o que una flor al abrirse.

Cada centímetro de mi cuerpo vibraba con un éxtasis exquisito, primitivo y salvaje, pero tan dolorosamente profundo que me dejaba sin capacidad de pensar. Nuestros lobos se encontraron en nuestras mentes, se sumaron a nuestro apareamiento y aullaron con su propio placer y alegría desbordantes.

Cuando el borde se acercaba, le ofrecí la garganta.

—Quiero recibir el mordisco.

—Ya estamos unidos —respondió Alaric, que apenas podía pensar con los dos tan cerca del final.

—Quiero que todos sepan que soy tuya. Quiero la prueba física de que el destino nos eligió para estar juntos.

El amor estalló a través del vínculo y me dejó sin aliento.

Bajó el rostro hasta el lugar donde mi hombro se unía al cuello, sin que sus embates perdieran el ritmo, mientras yo seguía ondulando debajo de él.

Sus dientes me rozaron la piel y un nuevo cosquilleo me recorrió el cuerpo. No tuvo que avisarme. Lo supe.

Justo cuando alcanzamos la cima, sus dientes se hundieron en mi carne. El dolor fue tan maravillosamente agudo que se confundió con el placer, y nuestros orgasmos simultáneos fueron tan intensos que resultaban indistinguibles del dolor.

Nuestro vínculo no podía profundizarse más, nuestra conexión no podía volverse más honda y nuestro amor ya era absoluto, pero recibir el mordisco de apareamiento colocó en su sitio algo dentro de mí que ni sabía que estaba descolocado.

Aflojó la mordida, me lamió la sangre de la piel y curó la herida. Se cerró rápido, pero dejó una marca plateada que anunciaba al mundo entero que yo pertenecía a mi compañero y él me pertenecía a mí.

Nos movimos juntos hasta que el placer se transformó en una satisfacción que calaba hasta los huesos, y allí descansamos, unidos aún mientras nuestra excitación se desvanecía.

—Te quiero muchísimo —dijo Alaric con la voz ronca, y hundió la nariz en la marca de mi cuello.

—Yo también te quiero —respondí, y deslicé las manos por su espalda, sintiendo sus músculos fuertes, ya no tensos de dolor.

«Yo también», pensó, y me cubrió el cuello de besos perezosos.

Suspiré de puro contento y me deleié en aquel momento, en aquel día.

Mi hijo podía correr sin miedo a que su propio cuerpo lo traicionara. Mi compañero podía despertar cada mañana sin preguntarse si sería capaz de ver. Y yo podía dejar de creer, al fin, que la sangre que corría por mis venas era algo peligroso.

Mi sangre nunca había sido una maldición. Era un don. De algún modo, después de todo lo que habíamos perdido, había devuelto a mi familia a casa.