Capítulo 30 #2
Varios días después, Alaric me llevó a la parte del palacio que había quedado destruida en la explosión. La había hecho reconstruir, y allí me esperaba un laboratorio aún más grande, equipado con el mejor material.
—¿Mandaste construir todo esto incluso cuando creías que estaba muerta? —pregunté.
Él asintió.
—Creo que lo hice, al principio, para castigarme. Por haberte fallado. Nunca pude dejarte ir de verdad, aunque perderte fuera una agonía y el vínculo me quemara en el pecho cada día... Supongo que ahora sé por qué.
Le tomé la mano y la apreté. Los dos habíamos sufrido muchísimo porque la gente nos creía débiles. Ser omega o tener el mal de las sombras: a ojos de los demás, ambas cosas eran una maldición. Pero habíamos salido adelante y habíamos demostrado lo fuertes que éramos.
—¿Sigues sin síntomas? —le pregunté, aunque conocía la respuesta.
En los días transcurridos desde que le había dado mi sangre en el campo de batalla, no había tenido ninguna recaída.
Pero, si bien ser omega no era una maldición, el mal de las sombras sí era una enfermedad devastadora, y nuestro hijo seguía sufriéndola.
—Ninguno —confirmó Alaric. Se levantó la camisa y me mostró lo que veía cada día. Las venas negras habían desaparecido. La cura había funcionado.
—Entonces es hora de darle la cura a Noah.
Un chispazo de emoción y esperanza recorrió el vínculo, de él a mí y de vuelta.
—¿Estás segura? —preguntó.
—No voy a permitir que nuestro hijo sufra más.
Me temblaban las manos mientras preparaba la poción.
Durante años había visto sufrir a Noah. Había aprendido a reconocer las señales más sutiles antes de que un ataque se volviera grave.
Me sabía de memoria cada cambio en su respiración, cada temblor de sus manos, cada arruguita entre las cejas.
Había construido mi vida en torno a evitarle el dolor y, aun así, había fracasado una y otra vez.
Ahora podía quitárselo. Para siempre.
Cuando la poción estuvo lista, le tendí a Alaric un cuchillo.
—Quiero que lo hagas tú.
Necesitaba que formara parte de esto. Todavía arrastraba una culpa enorme por haberle transmitido la enfermedad a Noah.
Alaric apoyó la hoja contra la palma de mi mano, pero vaciló: no quería hacerme daño. Puse mi mano sobre la suya y nos cortamos juntos. A través del vínculo, Alaric absorbió el dolor del corte y lo cargó él, para que yo no tuviera que soportarlo.
Mi sangre cayó en la poción y la reacción fue instantánea, igual que en el campo de batalla.
—Está lista —dije.
Alaric me envolvió la mano con una venda, aunque pronto sanaría, y luego vertí la poción en un frasco.
Encontramos a Noah jugando en su habitación, y se sentó en el regazo de Alaric mientras yo le explicaba lo que haría la poción.
—Te va a quitar el dolor y la enfermedad para siempre —dije, con el corazón en un puño.
Noah frunció el ceño.
—¿Me va a doler?
Miré a Alaric; él era quien tenía la experiencia. Noah siguió mi mirada.
—¿Papá?
Alaric le besó el pelo.
—No, no te va a doler. No te vas a creer lo bien que te vas a sentir después. Tu mamá es muy lista.
—Lo es. —Noah sonrió.
Le di la poción y me aferré a la mano de Alaric mientras esperábamos a que surtiera efecto.
A él se la había dado cuando se estaba muriendo, y entonces había usado el vínculo de compañeros junto con la poción.
¿Y si no funcionaba igual? ¿Y si la cura no había sido la sangre Omega, sino el vínculo de compañeros?
«Funcionará», dijo Alaric en mi mente para tranquilizarme.
Durante unos instantes no ocurrió nada. Pero entonces los hombros de Noah se relajaron. La tensión que había habitado su cuerpecito durante tanto tiempo pareció desvanecerse. Su respiración se volvió más profunda. Parpadeó con sueño.
—Me siento… —Buscó la palabra—. Bien.
Me tapé la boca. Alaric lo rodeó con más fuerza con el brazo.
—¿No te duele nada? —pregunté, sin atreverme a tener esperanza.
Noah negó con la cabeza. Se zafó de los brazos de Alaric y bajó al suelo con las piernas firmes. Se movió de un lado a otro con pequeños vaivenes descoordinados.
—Es tan distinto.
Las lágrimas me rodaron en silencio por las mejillas. Alaric buscó mi mano. Nuestros dedos se entrelazaron. A través del vínculo, su amor me rodeó.
—¿Por qué estás triste, mamá? —preguntó Noah.
Me limpié la cara.
—No estoy triste. Estoy muy feliz.
Se lanzó a mis brazos con tanta fuerza que solté un pequeño «uf». Iba a tener que acostumbrarme a eso. Me moría de ganas.
—Yo también estoy feliz —murmuró.
Alaric nos envolvió a los dos con sus enormes brazos, compartiendo el momento mientras el amor fluía entre nosotros.
Noah jugó todo el día: corrió y saltó fuera, sin miedo y sin cansarse enseguida.
Cuando llegó la noche estaba agotado, pero era un cansancio bueno, tranquilo. Al acostarlo, lo hice sin temor a que se despertara gritando y retorciéndose de dolor.
Cuando se quedó dormido, Alaric me llevó a nuestros aposentos.
—Tengo algo que quiero darte —dijo Alaric, y me acarició la mejilla.
Incliné la cabeza.
—Siento que ya me has dado todo lo que podría desear.
—Esto es más bien devolverte algo —dijo, y metió la mano bajo la camisa. Sacó la cadena que llevaba al cuello: de ella pendía una alianza de oro calcinada.
Se me cortó la respiración.
—¿Es…?
—¿Tu anillo de bodas? Sí —dijo mientras desabrochaba la cadena y sacaba el anillo—. Puedo hacer que lo limpien y lo restauren, pero quiero que vuelvas a llevarlo.
—No. —Alargué la mano hacia el anillo—. Quiero conservarlo así, como recordatorio.
—¿Quieres recordar el dolor que pasamos? —Frunció el ceño.
—Quiero recordar lo fuertes que somos y que nuestro amor superó incluso esto —lo corregí.
Sonrió con suavidad y sus ojos ámbar brillaron con intensidad.
Me tomó la mano izquierda y me deslizó el anillo por el dedo.
Esta vez no estaba asustada ni hundida por el duelo, como en nuestra boda, cuando apenas era capaz de asimilar nada.
Esta vez sabía que Alaric era mi compañero y lo amaba tan profundamente que resultaba difícil de comprender.
La alianza, templada por la piel de Alaric, seguía encajándome a la perfección en el dedo. Contemplé el oro ennegrecido durante un largo instante y dejé que todo lo que habíamos vivido me recorriera hasta que se disolvió y solo quedaron el amor y la gratitud.
Cuando levanté la vista, los ojos de Alaric estaban fijos en mí, intensos y llenos de emoción. Me tomó la cara entre las manos y me besó con tal entrega que el corazón se me desbocó.
«Eres la mujer más asombrosa del mundo entero», dijo en mi cabeza mientras nuestros labios se deslizaban juntos. «Cada día me maravillas».
No supe cómo responder, y no tuve que hacerlo. Alaric podía sentir mi gratitud y mi felicidad, e incluso mi incredulidad, a través del vínculo.
«Déjame demostrarte lo asombrosa que eres», ronroneó en mi cabeza.
Su chispa de excitación encendió un fuego dentro de mí. Me condujo hasta la cama y me fue quitando la ropa por el camino. Sus manos y sus labios buscaban cada nuevo centímetro de piel desnuda; me besó y me acarició hasta que todo mi cuerpo ardió de deseo.