La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Seraphina

Horas después de que se llevaran a Arabella y de que Alaric me reconociera formalmente a mí, Seraphina, como su reina y su compañera, seguía con la cabeza dando vueltas. El corazón me latía con demasiada fuerza cada vez que un noble me miraba o un guardia se acercaba.

Tenía el cuerpo rendido de agotamiento, me pesaban hasta los brazos y las piernas, pero una electricidad incómoda chisporroteaba bajo la piel. Había pasado tanto tiempo escondida, esperando que cada sombra ocultara una amenaza, que no sabía cómo asimilar que por fin estábamos a salvo.

Sentí a Alaric antes de verlo: su aura traía calidez y seguridad, y el vínculo las anclaba dentro de mí. La sonrisa suave que me dedicó al cruzarse nuestras miradas me derritió el corazón.

—Ven conmigo —dijo Alaric, y me tomó la mano. Su contacto espantó la pesadez que llevaba dentro—. Tengo una sorpresa para ti y para Noah.

La calidez de Alaric me envolvió, escudo y consuelo a la vez.

Todo había terminado. Las amenazas que se cernían sobre nosotros, Lunethra y el traidor del palacio, ya estaban resueltas y, aunque había que gestionar las consecuencias políticas de la muerte de los reyes de Lunethra y las investigaciones sobre Arabella seguían en marcha, por fin podíamos relajarnos.

No sabía muy bien qué se sentía al relajarse, ni cómo hacerlo, pero estaba impaciente por descubrirlo.

Noah había despertado del sedante y se sentía mucho mejor. Me habría gustado darle la cura de inmediato, pero necesitaba asegurarme de que fuera segura.

Alaric nos guio por los pasillos del palacio, por el camino que un día me resultó familiar hasta sus aposentos.

Contemplé los suelos de piedra, los grandes ventanales que daban a los jardines, los apliques e incluso a los guardias.

Aquel lugar había sido mi hogar durante un tiempo relativamente corto y, sin embargo, conocía cada rincón y cada detalle, como si hubiera sido mío toda la vida.

Miré a Alaric y rocé su mente con la mía. Su calidez y su amor me envolvieron al instante.

«Voy a tener que acostumbrarme a esto», le dije con el pensamiento.

«Tenemos toda una vida», respondió él.

—¿Dónde estamos? —preguntó Noah, con los ojos muy abiertos de curiosidad.

—En mi palacio —contestó Alaric.

—¿Vives en un palacio? Creía que ahí solo vivían los reyes y las reinas —replicó Noah, con las cejas fruncidas por la confusión.

«Tenemos mucho que contarle —le dije a Alaric con el pensamiento—. Incluido que eres su padre».

«Por suerte, tenemos todo el tiempo del mundo. Deja que antes te muestre mi sorpresa».

Presioné la mente de Alaric en busca de respuestas, pero él se retiró negando con la cabeza y sonriendo. Se volvió hacia Noah mientras caminábamos.

—No todos los que viven aquí son de la realeza, pero yo soy el rey —dijo Alaric.

Noah abrió mucho los ojos.

—¿De verdad?

—Sí, tengo corona y todo. —Se rio. Me encantaba ese sonido grave y poco frecuente. Esperaba que de ahora en adelante riera más.

—¿Puedo verla? —preguntó Noah con entusiasmo.

—Claro, pero una cosa a la vez —dijo él—. Veamos primero la sorpresa.

Doblamos hacia el corredor del dormitorio de Alaric y la costumbre me llevó derecha hacia él, así que me pasé de largo del punto donde él se detuvo.

—Aquí dentro —dijo, y abrió una puerta por la que yo nunca había pasado—. Bienvenido a tu nueva habitación, Noah.

Me quedé sin aliento. Bajo un dosel de tela azul medianoche salpicada de diminutas estrellas plateadas había una cama enorme y mullida; una pared entera la cubrían estanterías abarrotadas de libros de cuentos, y un arcón de madera rebosaba juguetes, animalitos de madera y rompecabezas.

Una alfombra gruesa cubría el suelo, lo bastante suave para andar descalzo, y junto a los ventanales altos había una mesita donde Noah podría dibujar y mirar cómo pasaban las nubes sobre los jardines del palacio.

Todo era hermoso, elegido con esmero y muchísimo más lujoso que nada de lo que él hubiera tenido nunca, pero las diminutas zapatillas que aguardaban junto a la cama casi me rompieron el corazón. Esa era la infancia que debería haber tenido desde el principio.

—¿Todo esto es mío? —dijo Noah, y se adelantó corriendo.

—Sí —respondió Alaric con una sonrisa dulce que le arrugó los ojos y le suavizó el rostro.

—¿Cómo has organizado todo esto en tan poco tiempo? —pregunté, y recorrí la habitación con la mirada, maravillada.

—Soy el rey —dijo, enarcando una ceja—. Y la cama era mía cuando era niño.

Noah se volvió hacia él con los ojos como platos.

—¿Voy a dormir en la cama de un rey?

—En aquel entonces era un príncipe… —Alaric me miró y sentí en mi cabeza cómo me pedía permiso para contarle la verdad a Noah. Asentí. Su felicidad inundó el vínculo—. Igual que tú.

Noah frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Me acerqué a la cama, me senté y palmeé el hueco que quedaba a mi lado.

—Ven, siéntate aquí conmigo.

Noah obedeció y se subió a la cama a gatas. Alaric se sentó a su lado, de modo que Noah quedó entre los dos.

—Noah —dije, acariciándole el pelo claro—, ¿te acuerdas de cuando me preguntaste si tenías papá?

—Ajá. —Asintió—. Dijiste que estaba muy lejos y que ya no podía estar con nosotros.

—Así es —respondí, y se me encogió el estómago. No había querido que Noah supiera que su padre había intentado matarme. O eso creía yo—. Bueno, ahora sí puede estar con nosotros. Alaric es tu papá.

Noah tardó un segundo en procesar la información. La ansiedad de Alaric se filtró por el vínculo aunque intentaba ocultármela. Tuve la sensación de que nunca más podríamos esconder lo que sentíamos, y eso me resultó un consuelo inesperado. Lo busqué a través del vínculo e intenté tranquilizarlo.

Noah se volvió hacia Alaric y lo estudió.

—¿De verdad eres mi papá?

—Sí —confirmó Alaric—. ¿Te… parece bien?

Noah me miró y se mordió el labio, nervioso. Le acaricié el pelo para reconfortarlo.

—No pasa nada si esto te resulta difícil —le dije.

Noah no dijo nada, con los ojos cargados de más emociones duras de las que debería soportar un niño de cuatro años.

Al cabo de un momento, se volvió de nuevo hacia Alaric y levantó una mano vacilante. Alaric se quedó inmóvil mientras Noah le apoyaba la manita en el enorme pecho. El aura reconfortante de Alaric nos envolvió a los dos, sin imponerse a los sentimientos de Noah, solo sosteniéndolo.

Despacio, Alaric alzó la mano y cubrió la de Noah, y esperó con paciencia, aunque yo notaba su desesperación ansiosa a través del vínculo.

—Yo... yo...

Noah tartamudeó. Tragó saliva con dificultad, los ojos brillantes de lágrimas.

—Siempre he querido tener un papá.

Me dolió el corazón. Arabella nos había robado tantísimo.

—Me alegro mucho de que seas tú.

Noah levantó los brazos y rodeó a Alaric con ellos, y mi compañero acogió a nuestro hijo entre sus brazos y lo abrazó con fuerza.

—Siento haber estado fuera tanto tiempo —dijo Alaric, con la mejilla apoyada en el pelo de Noah—. Nunca fue mi intención.

—No pasa nada —respondió nuestro hijo, con la voz amortiguada porque tenía la cara aplastada contra el pecho de Alaric.

Acaricié la espalda de Noah y miré a Alaric a los ojos; nuestra felicidad y nuestro alivio estaban tan entrelazados que costaba saber dónde terminaba uno y empezaba el otro.

Noah se apartó de repente.

—Espera, ¿entonces soy un príncipe?

—Así es —confirmó Alaric.

—¿Y tendré una corona? —preguntó, emocionado.

—La tendrás —dijo Alaric, y ahí estaba otra vez esa sonrisa. Esperaba poder verla todos los días a partir de ahora.

Mi loba gruñó satisfecha en el fondo de mi mente; su contento por estar con nuestro compañero y nuestro cachorro, todos sanos y salvos, me dejó más relajada de lo que me había sentido en años. Quizá en toda mi vida.

—Si yo soy un príncipe y tú eres el rey, ¿mamá qué es? —preguntó Noah.

—Una reina —respondió Alaric, y su orgullo resonó a través del vínculo.

—¡Mamá! —Noah se volvió hacia mí—. ¡Eres una reina!

—Sí... lo soy —dije, aún haciéndome otra vez a la idea. No me había sentido muy reina cuando viví aquí, cinco años atrás.

«Eso cambiará», me aseguró Alaric en mi mente. «No quiero gobernar solo».

Le cogí la mano y se la apreté. Ninguno de los dos tendría que hacer nada solo nunca más.

Después de eso, Noah quiso ver el palacio entero, pero solo conseguimos recorrer una planta antes de que se cansara demasiado para continuar. Cenamos en el salón de banquetes, y Noah no dejaba de mirar los altos techos abovedados y los ventanales de doble altura.

Cuando Alaric y yo lo acostamos por fin aquella noche, estaba agotado pero feliz, y se durmió en cuestión de minutos. Yo me quedé allí mucho más tiempo, con Alaric esperando a mi lado con paciencia, mirando respirar a mi hijo e intentando convencerme de que estaba a salvo.

Incluso con Zinnia y Cassian muertos, y con Thorne y Arabella entre rejas, seguía sin poder convencerme del todo de que ahora todo estuviera bien.

—He puesto guardias fuera —dijo Alaric, acariciándome la espalda—. He asignado a Tristan como guardia permanente de Noah. Le confiaría mi vida a ese hombre.

Asentí y tomé prestado algo de la confianza de Alaric a través del vínculo. Le di a Noah un último beso en la frente y sonreí cuando emitió un sonido somnoliento y se dio la vuelta, todavía profundamente dormido.

Alaric me tomó la mano y dejé que me llevara a su dormitorio, a solo unos pasos del de Noah. Estaba exactamente igual que lo recordaba y olía tan intensamente a mi compañero que el aroma se me filtró por los poros y espantó los últimos restos de preocupación.

—Ven aquí —dijo Alaric, llevándome a la cama. Nos fue desvistiendo por el camino y me metió bajo las sábanas con él. Acurrucados, nos quedamos piel con piel, con mi cuerpo pegado a su pecho, demasiado cansados los dos para hacer otra cosa que disfrutar del consuelo de la cercanía.

«No quiero volver a salir nunca de tus brazos», le dije con el pensamiento.

«Bien, porque no voy a dejarte marchar nunca más».

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