Epílogo
Seraphina
Giré despacio frente al espejo y me pasé las manos por la falda del vestido para alisarla.
No se parecía en nada a los vestidos recatados de Lyra, los que yo había llevado al llegar al palacio. Este era inconfundiblemente regio: la tela de un púrpura intenso caía en capas elegantes alrededor de mis pies, bordada con un delicado hilo de plata que atrapaba la luz cada vez que me movía.
Me pasé las manos por el vientre y me giré hacia un lado y hacia otro.
Un torbellino de pelo rubio ceniza y extremidades menudas entró disparado por la puerta.
—¡Mamá!
Apenas tuve tiempo de volverme antes de que Noah se estrellara contra mis piernas.
—¡Cuidado! —le advertí con una sonrisa.
Él se rio mientras yo lo sujetaba por los hombros.
Habían pasado tres meses desde que le dimos la cura y todavía no me acostumbraba a esta versión de mi hijo.
El niño que antes se agotaba con solo cruzar la habitación parecía haber descubierto una reserva inagotable de energía.
Corría por todas partes, se subía a todo y hacía preguntas hasta que incluso Alaric parecía, de vez en cuando, a punto de rendirse.
Y se reía. Muchísimo.
A veces lo oía corretear por los pasillos y tenía que dejar lo que estuviera haciendo solo para escucharlo. Era feliz, y cada vez que recordaba por qué eso no siempre había sido posible, se me encogía el corazón.
—¡Mira! —Noah extendió los brazos para enseñarme su ropa nueva.
Bajé la vista hacia su uniforme, una versión en miniatura, en gris pizarra, del que llevaba Alaric.
—Estás guapísimo.
Él sonrió de oreja a oreja y miró hacia la puerta.
—¿Puedo ir a correr otra vez por los pasillos?
—No, no con eso puesto —respondí. Se le descompuso la cara. Contuve la risa.
—¿Por qué? —protestó, como si estuviera a punto de patalear.
Antes nunca tenía fuerzas para discutir mucho conmigo.
—Porque papá llega a casa pronto y tenemos que ir a una ceremonia —le expliqué.
Eso lo animó y sonrió.
—Tengo muchas ganas de verlo.
—Y yo —dije, y me llevé la mano al vientre una vez más.
Entró una sirvienta con mi tiara. Me quedé quieta mientras me la colocaba con cuidado sobre el pelo. Cuando quedó bien colocada, me agaché frente a Noah.
—Te toca.
Él inclinó la cabeza mientras yo le ponía con cuidado su pequeña corona sobre el pelo rubio. Enseguida levantó la mano para tocarla.
—¿Parezco un príncipe?
—Sí. —Sonreí radiante, con los ojos llenos de lágrimas de felicidad—. Pareces un principito perfecto y guapísimo.
Bajamos juntos la escalera, con Noah adelantándose a la carrera cada vez que yo no lo vigilaba lo suficiente. Cuando llegamos al vestíbulo que daba al gran salón, el palacio había empezado a llenarse de nobles y dignatarios.
Tomé la mano de Noah justo cuando oí que las puertas exteriores se abrían a nuestra espalda. Me volví y vi a Alaric en la entrada.
Seguía llevando el uniforme negro de gala con el que había viajado y tenía el pelo oscuro algo revuelto por el camino. Parecía cansado, pero no con el agotamiento que antes le provocaba el tizón de sombra. En el instante en que sus ojos nos encontraron, la fatiga desapareció.
Noah se soltó de mi mano de un tirón.
—¡Papá!
Alaric avanzó a grandes zancadas hacia Noah, se encontró con él a medio camino y lo alzó en brazos. Noah se le colgó del cuello.
—¡Te he echado de menos!
—Yo también te he echado de menos. —Alaric lo abrazó con fuerza y hundió la cara en el pelo de su hijo.
Los observé con una sonrisa mientras la mente de Alaric rozaba la mía y me inundaba de paz y de amor. Había estado fuera casi dos semanas, en reuniones en Lunethra y cerrando el acuerdo de paz.
Cuando Alaric dejó por fin a Noah en el suelo, se acercó a mí y me puso las manos en la cintura.
—Y a ti también te he echado de menos —ronroneó.
Me besó antes de que pudiera responder. El roce suave y amoroso de nuestros labios resultaba a la vez familiar y emocionante.
«Estas dos últimas semanas sin ti se me han hecho eternas», le dije con la mente.
«A mitad de las negociaciones casi me planteé darlas por terminadas solo para volver contigo», respondió él.
Cuando se separó, entrecerró ligeramente los ojos.
—Hueles distinta.
El corazón me dio un vuelco y abrí la boca, pero antes de que pudiera contestar, las puertas del gran salón se abrieron.
—Majestades —anunció el heraldo—, la ceremonia está lista para comenzar.
Alaric me tomó de la mano. Habría que esperar para poder contárselo.
Entramos juntos. El gran salón estaba abarrotado. Los nobles ocupaban las filas más cercanas al trono, mientras los plebeyos se agolpaban en las galerías y en las puertas abiertas del fondo. Caminé con la cabeza bien alta y me presenté ante ellos como Seraphina y como Omega, sin vergüenza ni temor.
Pasamos junto a Brenner y Penroy, sentados cerca del fondo.
La investigación no había hallado ningún vínculo entre ellos y el complot de Arabella, pero habían dimitido del consejo de Alaric, avergonzados de haber participado siquiera en las negociaciones de la alianza con Lunethra.
Ambos inclinaron la cabeza cuando pasamos.
Al final del salón nos volvimos hacia nuestros súbditos. Me coloqué junto a Alaric, bajo el gran escudo de armas rexiano, con la mano apoyada en la suya.
Alaric se hizo con la atención de los presentes.
—Hoy nace una nueva Rexian. En primer lugar, es un placer para mí anunciar que las negociaciones de paz con Lunethra han concluido y que el reino es ya un estado vasallo de Rexian, con su corte real reconstruida bajo mi autoridad.
La multitud estalló en vítores y yo apreté la mano de Alaric. Estaba muy orgullosa de él. Cuando los vítores se apagaron, continuó.
—Pero no es la expansión de nuestro reino lo que hace este día tan especial. Durante generaciones, nuestras leyes y nuestra cultura han dividido a nuestro pueblo según la fuerza de sus lobos y la sangre de sus venas. —Su mirada encontró la mía—. Eso termina hoy.
Sabía que esto iba a pasar, pero el corazón se me aceleró igualmente. Un murmullo recorrió la multitud.
El poder de Alaric los hizo callar.
—De hoy en adelante, los Omegas tendrán los mismos derechos y la misma protección que cualquier otro ciudadano de Rexian. Su designación no volverá a determinar nunca más su valor, su libertad, su herencia ni su lugar en nuestra sociedad.
Se me cerró la garganta. Alargó la mano hacia el cetro real. Había pasado de rey en rey durante generaciones, el símbolo único de la autoridad absoluta.
Alaric lo levantó y, ante toda la corte, lo rompió en dos y separó la esfera de oro y piedra lunar del ornamentado mango dorado. El chasquido resonó por toda la sala. Puso la esfera en mis manos.
—Seraphina Rexian, mi reina, mi compañera y mi igual —dijo, con una voz que llegó a cada rincón de la sala—. A partir de hoy, serás reconocida como cogobernante del reino.
Me escocían los ojos por las lágrimas y la corte estalló en un aplauso jubiloso. Los plebeyos vitoreaban desde las galerías. Los nobles se pusieron en pie. Incluso Penroy y Brenner aplaudían con ganas.
Alaric me apretó la mano y, de repente, comprendí lo que me estaba entregando. No era solo un símbolo ni un permiso para estar a su lado. Tenía una parte del trono, una voz y poder.
Se volvió hacia la pared, bajo el escudo de armas de los Rexian, y descolgó el cordón de seda anudado de nuestra boda.
Recordé a la mujer que había sido cuando nos ataron las manos con aquel cordón. Asustada y sola, con una pena tan pesada que creí que me destruiría. En el fondo del corazón, sabía que Lyra estaba orgullosa de mí.
Alaric ató el cordón alrededor de las dos mitades del cetro.
—Que esto se quede aquí —dijo—, como recordatorio de que un reino es más fuerte cuando su gente se mantiene unida.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero logré contenerlas hasta que terminó la ceremonia. Durante tanto tiempo, la vida me había enseñado que el poder pertenecía a personas como Arabella. Que la fuerza se medía por la sangre, el rango y la clase de lobo que llevara cada uno.
Pero Alaric acababa de plantarse ante todo su reino y declarar que nada de eso determinaba el valor de nadie. Me había elegido a mí, en público y por completo.
Más tarde, cuando la sala se vació y el palacio por fin quedó en silencio, encontré a Alaric de pie en el balcón que daba a los jardines. Me situé detrás de él. Se volvió de inmediato.
—Has desaparecido —dijo.
—Necesitaba un momento. —Sonreí.
Me atrajo hacia sus brazos y apoyé la mejilla contra su pecho. El vínculo entre nosotros vibraba suave, lleno de serenidad y de una sensación profunda e inquebrantable de hogar.
—¿Eres feliz? —preguntó.
Alcé la vista.
—Más de lo que sé explicar.
Dejé que lo sintiera a través del vínculo. Me pasó el pulgar por la mejilla.
—Bien.
Me besó despacio, profundamente, porque ahora teníamos todo el tiempo del mundo. Nunca volveríamos a separarnos.
Cuando se apartó, apoyó la frente contra la mía.
—De verdad hueles diferente. Más dulce.
Me reí.
—Me preguntaba cuándo volverías a sacar el tema.
Frunció el ceño.
—¿Qué es lo que no me estás contando?
Le tomé la mano y la coloqué sobre mi vientre. Me miró fijamente, con los ojos muy abiertos.
—Amor mío, ¿estás...?
Asentí.
—Estoy embarazada.
Se le cortó la respiración.
—¿Estás segura?
Me reí entre las lágrimas que me asomaban a los ojos.
—Muí segura. Lo confirmé con mi propia poción.
Apretó la mano con más firmeza contra mi vientre, casi con reverencia.
—¿De cuánto estás?
—De unas seis semanas —dije, y cubrí su mano con la mía.
—Entonces fue después de que me curé —confirmó, y se le relajaron los hombros. Aunque ya teníamos una cura para la plaga de sombras, nuestro bebé no tendría que tomarla.
—Hay más. —Sonreí—. Le hice algunas mejoras a mi poción para detectar embarazos. Vamos a tener una niña.
—¿Una hija? —El asombro se extendió por su rostro.
Me atrajo contra él tan rápido que me eché a reír, y sus brazos me rodearon con un cuidado infinito. Su amor estalló a través del vínculo con tal fuerza que me dejó sin aliento.
Alaric me besó la sien.
—Va a estar muy consentida.
—Mientras no la conviertas en una malcriada. —Sonreí contra su pecho.
—Jamás. —Se rió—. Pero apuesto a que Noah le enseñará todas sus malas costumbres.
—Entonces estará consentidísima —dije, con la felicidad burbujeando dentro de mí como un globo que intentara salir volando.
Habíamos pasado por tanto dolor y tanto peligro, pero ahora estaba en brazos de mi compañero, con nuestro hijo durmiendo a salvo en el palacio y nuestra hija creciendo bajo mi corazón.
El pasado siempre formaría parte de nosotros. Nunca olvidaríamos a Lyra, ni los años que Alaric había perdido por la plaga de sombras, ni la infancia que yo había pasado creyendo que había algo malo en mí.
Pero esas cosas ya no definían nuestro futuro. Habíamos sobrevivido a todo eso. Juntos. Esta felicidad no iba a desaparecer; solo crecería, igual que nuestra familia.