La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

Le puse la mano sobre el corazón. El pecho no volvió a elevarse.

—No.

Lo sacudí.

—¡Alaric, por favor!

Su cuerpo permaneció inmóvil.

—No, no, no. —Apoyé la frente contra la suya—. No puedes hacerme esto.

Las lágrimas me caían sobre su cara.

—No puedes decirme que me quieres y luego dejarme.

Cerré los ojos y me aferré a mi hijo enfermo y sedado.

Noah no sabía siquiera que Alaric era su padre.

Dentro de mí, mi loba gritaba. Busqué el vínculo.

El hilo invisible que siempre había existido entre nosotros.

Nunca se había sellado del todo. Lo había sentido.

Lo había combatido. Me había escondido de él. Ahora lo agarré con todas mis fuerzas.

Por favor.

Deseé con todas mis fuerzas que se recuperara, que la magia de la poción surtiera efecto. No pasó nada.

Por favor, por favor.

Lo busqué. Busqué a su lobo. Su olor. Ese pedacito de él que siempre había estado dentro de mí, incluso cuando estábamos separados.

Vuelve a mí.

Seguía sin pasar nada. El corazón se me hizo añicos.

Por favor, Hados. No me importaba sonar desesperada.

—Os daré lo que queráis.

Le agarré la mano, resbaladiza por mi sangre.

El vínculo chasqueó en mi pecho; no se rompió, sino que se abrió en un abismo que absorbía la gravedad.

El poder me atravesó en una oleada de luz ámbar y blanca que nos envolvió a los dos.

Grité mientras aquello se retorcía y giraba, se entretejía, me recorría por dentro y pasaba a mi compañero hasta formar un lazo entre los dos.

El cuerpo de Alaric se arqueó bajo el mío. El pecho le dio una sacudida. Inspiró. Una bocanada entrecortada, desesperada.

Una onda de choque de energía brotó de los dos, poder Alfa y Omega fusionados. Resonó por el campo de batalla en silencio con un rugido descomunal y sacudió los árboles a uno y otro lado de nosotros.

Lo miré fijamente. Otra respiración. Y otra. La herida empezó a cerrarse. Ante mis ojos, las venas negras de la plaga de sombras retrocedieron. La sangre dejó de manar y la carne desgarrada se unió de nuevo.

Abrió los ojos. Ámbar. Claros. Vivos. Me miró y su lobo se estrelló contra el mío. El vínculo explotó por todo mi cuerpo en una oleada de calor que no quemaba, un poder que no abrumaba y un amor tan intenso que me habría tumbado si no hubiera estado ya de rodillas.

Fue como si me hubiera alcanzado un rayo: la piel me zumbaba y me hormigueaba.

El vínculo de compañeros al que me había resistido durante años me recorrió de pies a cabeza como si ya hubiera recibido su mordisco de apareamiento.

Como si alguna parte ancestral de nosotros hubiera estado esperando todo este tiempo a que yo lo aceptara por fin.

Tomé aire de golpe.

Alaric alargó la mano hacia mí.

—Seraphina.

Me dejé caer contra él, con Noah entre los dos. Nos rodeó con los brazos, fuerte, cálido y tan hermosamente vivo.

Sollocé contra su pecho.

—Has vuelto.

Me hundió la mano en el pelo.

—Tú me llamaste.

Me aparté.

—¿Qué?

Parecía casi tan aturdido como me sentía yo.

—Te oí.

El corazón se me detuvo.

—¿A través del vínculo?

Él asintió.

—Me encontraste.

Me miré las manos. La herida ya estaba cerrándose. Había leído una línea en los márgenes del tomo de pociones. Las madres de hijos Omega que habían padecido ciertas enfermedades de transmisión sanguínea se recuperaban a veces.

Me había dado miedo creerlo. Mi madre había enfermado mientras me llevaba en el vientre.

Todos me habían dicho que mi sangre Omega era distinta.

Que la había envenenado. Que yo la había matado.

¿Y si lo habían entendido al revés? ¿Y si mi sangre no la había debilitado?

¿Y si la había mantenido con vida? La enfermedad de mi madre duró años.

Muchos más de los que los médicos habían previsto.

Mi sangre Omega no había sido un veneno. Era la respuesta. Mi madre no había muerto por mi culpa. Había sobrevivido años gracias a mí. Me había pasado la vida entera cargando con una culpa que nunca fue mía.

Una risa se abrió paso entre mis sollozos. Apoyé la frente contra la de Alaric.

—Te he salvado.

Su mirada se enterneció.

—Me has salvado.

Miré la herida de su costado. No quedaba nada. Ni sangre ni cicatriz. Ni siquiera la sombra bajo la piel. La plaga de sombras había desaparecido. Le toqué el pecho con dedos temblorosos.

Mi sangre lo había curado. Mi sacrificio lo había traído de vuelta. Y la magia ancestral de nuestro vínculo de compañeros había hecho el resto.

A nuestras espaldas, la batalla había enmudecido. Cassian estaba muerto. Zinnia estaba muerta. Thorne había sido capturado. Y Noah estaba vivo. Nuestro hijo estaba vivo.

Sentí algo que no me había permitido sentir en muchísimo tiempo, puede que desde el momento en que encontré el cuerpo sin vida de Lyra. Esperanza.

Rodeé a Alaric con los brazos. Él me abrazó más fuerte. Dejé que el vínculo me arrastrara. Me permití amarlo. Mi compañero había vuelto a mí.

Aún quedaban amenazas que afrontar, aún quedaban enemigos que vencer, pero tenía a Noah y a Alaric. Con ellos podía enfrentarme a cualquier cosa.