La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Seraphina

Una hora después del amanecer, las trampas ya estaban colocadas y el pelotón de Alaric esperaba preparado cuando se abrieron las puertas. Nos mantuvimos atrás, al amparo de los árboles, mientras salía un escuadrón de soldados lunetranos seguido de un carruaje.

Entre la maraña de olores, con los potentes aromas Alfa de Zinnia y Cassian destacando por encima de todo, capté jengibre y cítricos. Noah iba en el carruaje con ellos.

Alaric soltó un gruñido bajo y yo asentí. Recuperaríamos a nuestro hijo.

—¡Ahora! —rugió Alaric.

Salió disparado de entre los árboles con la mitad de sus soldados, mientras yo me quedaba atrás con el resto para cumplir mi parte. De inmediato atrajeron la atención del escuadrón lunetrano que escoltaba a su rey y a su princesa. Se lanzaron hacia nosotros, justo como habíamos previsto.

El cable trampa se rompió y, con un destello de luz y un estruendo atronador, detonó la carga. Seis soldados enemigos cayeron entre una nube de tierra y humo. El corazón me golpeaba las costillas. Funcionó, pero era solo el principio.

Con los doce soldados a mi lado, aprovechamos la cobertura de la explosión para deslizarnos por el bosque hacia el puesto fronterizo, siguiendo la línea del camino. Más soldados lunetranos salían a raudales por los grandes portones. Esperamos entre las sombras a que vaciaran la guarnición.

Cuando dejaron de salir, corrimos hasta el camino unos diez metros más allá del puesto, flanqueándolos y bloqueando la salida del carruaje. Teníamos a Cassian y a Zinnia atrapados a medio camino entre el grupo de Alaric y el mío. No podían huir con Noah sin pasar por encima de nosotros.

Los soldados enemigos ya combatían contra Alaric y su grupo a unos treinta metros de nosotros. El acero chocaba contra el acero. Los lobos se transformaban y gruñían.

Alaric estaba en plena refriega. Incluso rodeado de soldados, era inconfundible.

El rey Alfa se movía como algo nacido para la guerra.

Un soldado se abalanzó sobre él. Alaric le agarró el brazo de la espada y lo lanzó contra otro hombre.

Un segundo atacó por la espalda. Alaric se giró antes de que la hoja pudiera alcanzarlo y le hundió el puño en el pecho con un golpe tan brutal que lo mandó al suelo despatarrado.

Mi loba se estremeció de gozo al verlo. Mi compañero. Mi rey. Mi compañero aterradoramente poderoso.

Nos tocaba entrar en combate. Lancé frascos contra los lunetranos más cercanos, que seguían de espaldas a nosotros mientras avanzaban para enfrentarse a Alaric. Las pociones estallaron al impactar y envolvieron en llamas a los enemigos.

Los lunetranos se apresuraron a repartir sus fuerzas entre las dos amenazas y quedaron desperdigados en una línea raquítica a lo largo de los treinta metros de campo de batalla, encajonados por el espeso bosque que bordeaba el camino a ambos lados.

Aprovechamos su confusión. Los soldados que iban conmigo se lanzaron al ataque y abatieron a tantos como pudieron antes de que lograran reagruparse.

Me escabullí de nuevo hacia la línea de árboles del lado opuesto de la guarnición y avancé hacia el centro de la refriega, donde estaba el carruaje; los caballos relinchaban y tiraban de las riendas. El cochero debía de haberse unido al combate, porque nadie los controlaba.

Escudriñé el tumulto, pero aún no había señal de Cassian ni de Zinnia. Se me fueron los ojos a Alaric. Tres soldados avanzaban hacia él por la espalda mientras combatía contra otros dos.

Metí la mano en el morral y saqué un vial. Lo lancé y el cristal se hizo añicos a sus pies. Una espesa nube blanca estalló hacia arriba. Los soldados trastabillaron, tosiendo y frotándose los ojos.

Alaric me miró de reojo. Yo señalé.

—¡A la izquierda!

Se movió al instante. Su hoja relampagueó. Uno. Dos. Tres. Todos abatidos.

Se volvió a mirarme y yo sonreí de oreja a oreja.

—¿Útil?

—Muchísimo.

Otra explosión sonó a mi espalda. Me giré. Una de mis trampas se había activado antes de tiempo. La deflagración lanzó tierra y ramas por los aires.

Maldita sea. Había calculado mal el viento. El humo se extendió por el campo de batalla y ocultó por igual a amigos y enemigos. El corazón me latía desbocado. No veía a Alaric. Solo oía el entrechocar agudo del metal, rugidos de rabia y aullidos de dolor.

Necesitaba concentrarme y pensar. No podía preocuparme por mi compañero y por la batalla al mismo tiempo. El campo seguía lleno de humo; quizá pudiera sacarle partido.

Pegada al suelo, agucé el oído en busca del golpeteo irregular y aterrado de los cascos.

Distinguí la silueta de los dos caballos justo a tiempo para esquivar a uno cuando se encabritó y forcejeó contra el carruaje.

Con el cuchillo en la mano, corté rápidamente las correas de cuero que los sujetaban.

Con una palmada en la grupa, los mandé al galope en dirección a Lunethra.

Les siguieron aullidos de dolor mientras arrollaban a la gente en su pánico.

Esperaba que no fueran nuestros soldados, pero no tenía manera de saberlo.

El humo empezó a disiparse y vislumbré a Alaric. Seguía en pie, seguía luchando. El alivio casi me doblegó las rodillas. Agarré otro vial.

Piensa. Nada de pánico. El pánico mataba gente. Me había pasado la vida entera intentando poner la lógica por encima de la emoción. Así que observé.

Los soldados lunetranos intentaban reagruparse. Los guardias de Cassian se revolvieron contra mí. Dos soldados avanzaron hacia mí al acecho. Uno levantó la espada.

Le lancé un vial a los pies. No pasó nada. Se me cayó el alma a los pies. Mezcla equivocada. El soldado sonrió.

Se abalanzó sobre mí y yo me tiré de lado. La hoja me rajó la manga, pero no me alcanzó. Golpeé el suelo con fuerza. Cerré la mano en torno al segundo vial. También me había preparado para el combate cuerpo a cuerpo. Se lo lancé al pecho.

Sonrió al ver que no explotaba ni lo quemaba de inmediato. Yo le devolví la sonrisa. Sabía lo que hacía esa poción y sabía que se había activado. El soldado inhaló. Abrió mucho los ojos. Se desplomó. Solo me quedaba una de esas pociones, y la estaba guardando para otra persona.

Retrocedí a gatas y esquivé por los pelos la hoja del segundo soldado. Alaric se estrelló contra él con un rugido feroz y le arrancó la garganta antes de que pudiera tocarme.

Me puse en pie de un salto, con el pulso desbocado. Los ojos de Alaric ardían con un ámbar lobuno. La sangre le corría por la mejilla y le empapaba la ropa. No toda era de nuestros enemigos.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí.

Estaba en mejor estado que él.

Su mirada me recorrió. Apretó la mandíbula al ver el corte de la manga, pero antes de que pudiera decir nada, levantó la cabeza de golpe. Yo también lo sentí, como si la gravedad se hubiera duplicado de repente.

El rey Cassian salió del carruaje, con los ojos de un ámbar llameante, más oscuro que el de Alaric. Paseó la mirada por el campo de batalla con una mueca de desdén arrogante antes de posarla en Alaric.

—Ya sabes qué hacer —me murmuró Alaric.

Asentí con una seguridad que no tenía. Se me había entumecido todo el cuerpo.

Alaric dio un paso al frente con la espada en alto, se adentró en el centro del camino y atrajo la atención de Cassian.

—Pagarás por lo que has hecho, Cassian —gritó.

Zinnia bajó también del carruaje, tal como esperábamos.

—Eres tú quien va a pagar, Alaric —gruñó Zinnia.

Cassian levantó la espada.

—Podrías haber tenido la alianza más poderosa que nuestro mundo haya visto jamás y lo tiraste todo por la borda a cambio de una Omega y un hijo enfermizo. Siempre has sido un rey débil.

Alaric alzó el mentón y abrió los brazos, ofreciéndose como blanco.

—No soy yo quien se acobardó dentro de su carruaje mientras un ejército con la mitad de hombres que el suyo masacraba a los suyos.

A nuestro alrededor, los soldados seguían luchando, pero Alaric tenía razón. Había más lunetranos muertos que rexianos. Cassian avanzó unos pasos. Zinnia fue tras él.

«Ya casi; solo unos pasos más…».

—No eres rival para mí —rugió Cassian, y se lanzó hacia delante.

Chocó contra Alaric con una fuerza tal que varios de los soldados que los rodeaban salieron despedidos por el enfrentamiento de sus poderes Alfa.

El aire fresco del bosque quedó sepultado bajo el ozono y el azufre cuando las espadas de Cassian y Alaric se encontraron, ambos con los colmillos al descubierto.

Alaric desvió un golpe dirigido a la cabeza, pero Cassian le soltó una patada brutal en el costado que lo hizo tambalearse.

Alaric contraatacó con fiereza y describió un amplio arco con la espada que obligó a Cassian a saltar un par de metros hacia atrás para esquivarlo.

Alaric lo estaba alejando cada vez más del carruaje.

Zinnia también se movió, distraída mirando a su padre pelear contra el hombre con el que un día había planeado casarse, con un ansia sanguinaria brillándole en los ojos. Estaba a más de nueve metros del carruaje, de espaldas a él.

Era mi oportunidad. Corrí hacia el carruaje, hacia Noah. Zinnia estaba demasiado absorta en la pelea para darse cuenta.

Subí al compartimento con el corazón en la boca. Noah yacía en el asiento, el cuerpo atrapado en un espasmo terrible.

—Te tengo, mi amor —susurré con urgencia.

Se estremeció al oír mi voz.

—Mamá está aquí, Noah.

Rebusqué a toda prisa en mi morral y saqué una poción contra la plaga de sombras.

Le clavé los dedos en los puntos de presión de la mandíbula para abrirle la boca y se la vertié en la garganta; sentí un alivio enorme cuando tragó.

Lo cogí en brazos. No había tiempo que perder.

Fuera, los gruñidos lobunos y temibles de dos Alfas resonaban por todo el campo de batalla.

Salté del carruaje. La poción estaba surtiendo efecto, pero su cuerpecito pesaba contra el mío, inerte de un modo que daba miedo, con la cara hundida en mi hombro.

Notaba el calor de su piel a través de la ropa.

La poción había detenido los espasmos, pero no había hecho nada contra la fiebre de la plaga de sombras.